Los colombianos, de repente, nos sentimos ofendidos por lo que hemos construido a lo largo de tantos años.  ¿Nos ofendimos, por ejemplo, de los malos resultados de las pruebas de educación que se han venido realizando con estudiantes nacionales? ¿Nuestra indignación pidió explicaciones a la ministra y logró su despido?

SIMON BLAIR (IZQ)Por: Simón Blair

Es cierto que el fútbol crea demasiadas cosas buenas en estos tiempos de mundial de fútbol; lo he dicho antes, por supuesto: alimenta amistades, acerca familias y se viven horas de júbilo maravilloso. Pero también es cierto que ha exacerbado el nacionalismo hasta mostrarnos lo patético que podemos llegar a ser.

Y es fácil reconocerlo: además de salir a la calle y ver la manera como todos nos vemos involucrados (incluso los que no son amantes del fútbol) a la brava, existe otro método para probarlo: el debate sobre lo políticamente correcto e incorrecto.  Todo el mundo se está ofendiendo porque a alguien se le ocurre publicar libremente lo que considera buen humor o, simplemente, porque está ejerciendo su derecho a ser libre y publicar sin ser molestado. Y es que todo el mundo está haciendo bromas: McDonals, Cocacola, cantantes, actores y modelos de todas partes del mundo. Y las reacciones no se han hecho esperar.

A mí me parece que las personas que se ofenden por cualquier imagen, y más cuando es algo tan trivial, como el sonado caso de la modelo holandesa que trabajaba como embajadora de buena voluntad de la Unicef, no hacen otra cosa que echarle más leña a la fogata. Los colombianos, de repente, nos sentimos ofendidos por lo que hemos construido a lo largo de tantos años.  ¿Nos ofendimos, por ejemplo, de los malos resultados de las pruebas de educación que se han venido realizando con estudiantes nacionales? ¿Nuestra indignación pidió explicaciones a la ministra y logró su despido? No, por supuesto que no.  Pero nuestra furia demoníaca logró que alguien que trabajaba por los derechos de los niños renunciara a su trabajo y, como si fuera poco, a través de amenazas de muerte que están regadas por todas las redes sociales.  Además, ¿dónde está escrito que “ofender” no sea permisible? Callar a la gente y desvirtuar todo lo que publican (sin notar la ironía, el sarcasmo o incluso el humor) puede convertirse después en un arma letal: la censura.

La censura a favor de lo políticamente correcto. O sea, la censura para no ofender los tristes corazones de los colombianos que no reconocen su propia historia y se indignan porque, sin duda alguna, vincula uno de los momentos más gloriosos del fútbol nacional. No creo que exista otro motivo de inquina. También me imagino la cantidad de imágenes que han corrido por las redes sociales sobre el problema de drogas y narcotráfico que enfrenta Colombia sin que suscitaran las revanchas contra la modelo holandesa.

Lo mismo sucedió con un caricaturista brasileño. Su dibujo es muy parecido al de  Nicolette Van Dam, sólo que allí no aparecen las caras particularmente famosas de James Rodríguez y Falcao García. Recordé que Rafael Correa censuró e indultó a un caricaturista de su país por criticar una de sus políticas de estado y no creo que la diferencia ahora sea mucha: esta vez no es un gobernante, sino un país que pide y pide que se retire la caricatura porque los “ofende”. A ver, ¿cuándo se ha pedido el retiro de series como El capo, El Patrón del Mal  o El Mexicano? Por el contrario, reportaron los índices más altos de teleaudiencia. Por supuesto, yo no estoy de acuerdo en que se censuren ese tipo de series, porque simple y llanamente reflejan, lastimosamente, parte de nuestra historia y debemos conocerla. El culto al antihéroe es lo que debe llevarnos a profundas reflexiones sobre la manera de hacer entender problemáticas a un público joven que idolatra todo lo que sale en la televisión porque denota celebridad. Un problema duro, sin duda, pero que debe llevarse a cabo.

Ofendernos por cualquier comentario y pedir, de paso, medidas exageradas para su creador, puede, desde el ángulo que se mire, llevar hasta el patetismo. Veamos un famoso ejemplo: la compañía aérea Royal Dutch Airline publicó una foto donde aparece el símbolo de los aeropuertos “departure” y una leyenda: “Adiós, amigos!”, refiriéndose pues, al eliminado equipo mexicano.  El genial actor Gael García respondió con el patetismo y la grosería más ensañada: “I’ll never flying in this shitty airline again”. Como era de esperarse, la compañía eliminó el tuit. De repente, está prohibido hacer un poco de buen humor.  Hace unos meses escribí una columna en que comparaba en ciertos aspectos la religión con el fútbol y cada día veo más clara esa analogía. Nos reímos del Islam pero no del cristianismo, tal cual. Nos burlamos de la mordida de Suárez (por cierto, incluso los gobernantes como Pepe Mujica han dicho babosadas al respecto) porque no es de aquí, pero si fuera uno de los nuestros estaríamos muy enojados; tanto como los uruguayos. ¿De qué otra manera podríamos explicar, por ejemplo, el silencio ante otras burlas que a todas luces son igual de “ofensivas” que las propias, pero se hacen de otros países?

El punto después de todo, es que creemos que solucionamos el problema, pero lo empeoramos; censuramos la libertad de prensa o expresión, ensañamos odios y avivamos ese monstruo estúpido que llaman nacionalismo.