Fuera del país hay alrededor de 5 millones de colombianos; de ellos, entre 500 mil y 1 millón 500, son personas con necesidad de protección internacional, y los restantes se encuentran en condición de migrantes. Aún así, con los procesos de paz y el sueño de construir una Colombia mejor, todos ellos le apuestan desde sus territorios a la generación de escenarios de armonía, mientras otros están retornando o piensan retornar para dar su grano de arena en la misma Colombia de la cual un día partieron para salvar sus vidas.


Por Wooldy Edson Louidor

El sociólogo Orlando Fals Borda y otros intelectuales colombianos, como Alfredo Molano, subrayan que el conflicto armado en el país ha dejado solamente dos opciones para quienes se aventuran en la lucha política como activistas políticos, académicos, periodistas, líderes sociales, o aquellos también que o son familiares de los anteriores o simplemente se encuentran en medio del fuego cruzado: desarraigarse fuera del territorio nacional o enfrentar la muerte como un destino casi inexorable.

Vale subrayar que la así conformada diáspora de la guerra colombiana refleja la heterogeneidad de la polarización política del país. Existen ‘exiliados’, cercanos a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia- Ejército Popular (FARC-EP) y a otras iniciativas de tipo sindical, obrero, de la ‘izquierda’ o de los movimientos sociales en general. Y están otros ‘migrantes forzados’ que son cercanos a estructuras y grupos de la contra-insurgencia.  

Pero también se encuentran otros miembros de la diáspora de la guerra colombiana que fueron también víctimas de la intolerancia por su opción sexual y su condición social, víctimas de la famosa “limpieza social” que ha afectado a homosexuales y a otros grupos considerados indeseables, o a veces familiares -hijas, esposas o hermanas- de algún “objetivo militar”. De hecho, es necesario reconocer que la guerra colombiana ha hecho de las mujeres y también de las poblaciones negras, indígenas y campesinas sus principales ‘blancos’.

Como resultado de lo anterior, esa diáspora refleja todo el espectro de las víctimas de los actores directos e indirectos del conflicto armado. Evidencia cómo la guerra colombiana -y sus víctimas- no se puede leer desde un solo prisma ideológico como si fuera una foto de blanco y negro cuando en realidad se trata de una completa escala de grises. Por eso, más allá del debate sobre qué nombre poner a este conjunto de colombianas y colombianos que tuvieron que abandonar su país a consecuencia del conflicto armado, más allá de determinar si acertadamente son ‘exiliados’, ‘refugiados’, ‘desplazados forzados transfronterizos’, o ‘víctimas en el exterior’, el hecho es que la guerra colombiana ha creado una diáspora heterogénea, es decir, otra Colombia fuera de Colombia.

Se trata de una Colombia que tiene en común una condición extraterritorial: está por fuera del territorio geográfico nacional. Además, es también una Colombia olvidada en su gran mayoría, al igual que la Colombia negra, la Colombia indígena, la Colombia campesina, la Colombia rural.

No contamos con estadísticas consensuadas y actualizadas sobre esta población: el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) hizo para el año 2016 un estimativo de 342.200 personas refugiadas, pero sin contar a aquellos colombianos y colombianas que requieren protección internacional -y que no han podido o querido solicitar formalmente el estatus de refugio-. Desde países vecinos, como Venezuela, Ecuador, Panamá, y otros más lejanos como Estados Unidos, Canadá y países de Europa (España, Inglaterra, Francia, Italia, entre otros), algunos se han organizado a través de iniciativas de gran envergadura, tal como el Foro Internacional de las Víctimas (FIV), o en colectivos de mujeres y otros con objetivos puntuales y específicos: reclamar su visibilización y la restauración de sus plenos derechos, su ciudadanía.

Muchos de ellos y ellas hicieron sus vidas en los países que los acogieron e incluso en los que procrearon -incluso se habla de hijos y nietos del exilio colombiano- y, como era de esperarse, desean contribuir a la construcción de la nueva Colombia pero desde donde se han radicado. Otros más –al parecer, una minoría, según los resultados de varias investigaciones realizadas en distintos países- están dispuestos a volver a su Colombia natal porque la situación en la que se encuentran en el extranjero es precaria en lo económico -pensemos en Venezuela, por ejemplo- y en lo jurídico –pensemos en quienes tienen un estatus de refugiado y no quieren perderlo ante un panorama de la paz tan incierto–.

Hoy en día esta Colombia fuera de Colombia está preguntando a la sociedad si queremos seguir construyendo el país con base en la exclusión social y utilizando el desarraigo como castigo político, cuando no la muerte, así como ha estado sucediendo con tantos líderes sociales asesinados en la historia y en lo que ya va de este año.