IMAGÍNESE USTED

Esta es la tesis: porque los pobres son y han sido necesarios –económica, social, política, moral, religiosa y militarmente– para la supervivencia del mundo moderno.

 

Por / Diana Marcela Brochero Sepúlveda

El sufrimiento de uno puede ser provocado por la ambición de otros

Madre Teresa de Calcuta

 

Existe desde tiempos inmemoriales una epidemia que afecta a millones de personas en nuestro planeta; en el mundo, cerca de 1.400 millones de personas viven en pobreza extrema y casi 900 millones sufren hambre, no tienen acceso al agua potable y a otros servicios básicos como la salud y la educación.

En palabras de Francisco Checa, profesor de la Universidad de Almería, la pobreza, la marginación, la miseria y las desigualdades sociales no son algo históricamente superado. De los más de 7.700 millones de humanos que pueblan la Tierra, sólo 1.200 millones viven en países desarrollados; el resto lo hace en países del Tercer Mundo, subdesarrollado. En sus investigaciones, pobreza se refiere a empobrecimiento (capitalista).

No se trata tanto de sus formas cuantitativas (“medir pobres”), sino de reflexionar sobre los orígenes de la pobreza y los procesos del empobrecimiento. ¿Por qué no se erradica en la actualidad la pobreza, si es objetivamente evitable? Esta es la tesis: porque los pobres son y han sido necesarios –económica, social, política, moral, religiosa y militarmente– para la supervivencia del mundo moderno.

En la actualidad la mayoría de las Naciones del mundo se encuentran inmersas en un inevitable proceso globalizador que viene acompañado de una dinámica capitalista en la cual necesariamente se genera pobreza; por ende, la desigualdad es un producto del capitalismo en el cual se le rinde culto al valor no sólo de los productos sino de las personas, siendo así las utilidades el mayor indicador de desarrollo para los Estados modernos.

Cabe resaltar que desigualdades humanas y empobrecimiento son conceptos diferentes, aunque ambos guardan una relación directa; las desigualdades establecen diferencias sociales (de estatus o clase social o diferencias étnicas, religiosas) y el empobrecimiento, además, genera hambre, miseria, necesidades primarias insatisfechas, injusticia y violencia.

Nadie nace pobre o rico en términos esenciales, son más bien lugares en los que después las estructuras sociales colocan al ser humano, nadie nace siendo algo en sí, sino que todas las dimensiones humanas se van constituyendo con el paso del tiempo. Por eso, resulta muy interesante la idea abordada en diversos estudios de filosofía política del siglo XX de remplazar ‘pobreza’ por la noción de ‘empobrecimiento’ a partir de acciones humanas concretas.

El pobre no puede elegir porque en realidad no existe el pobre sino el empobrecido. El empobrecido requiere de una voluntad que hace que la persona se transforme en pobre, porque hablar de pobre sería llegar a la cuestión de que al azar Dios nos pone donde nacemos y nos toca ser pobres o nos toca ser ricos; que exista la pobreza no es una decisión humana sino que responde más bien a las diferentes políticas ejecutadas dentro del espacio/tiempo que ocupa cada individuo.

Si hoy nos ubicamos en el territorio colombiano, según la información que terminó de revelar la semana pasada el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), hay 9,69 millones de colombianos en pobreza multidimensional y según el docente de economía de la Universidad Nacional, Édgar Bejarano, la pobreza multidimensional tiene que ver fundamentalmente con las políticas públicas. “Cuando se ve que en una región de Colombia hay mucha pobreza multidimensional, hay un componente que tiene que ver fundamentalmente con la acción del Estado, que hace una intervención importante y permite o no que la gente tenga acceso a cierta cantidad de bienes, como salud, educación, acueducto, alcantarillado, alumbrado público, entre otros”.

La brecha de desigualdad es cada vez más notoria en el país y lo que se ha podido observar en los últimos meses, a raíz de la situación de emergencia por la pandemia, ha dejado expuesto el problema de fondo que la falta de oportunidades y la informalidad laboral han generado en la población menos favorecida de los diferentes rincones del territorio nacional; la pobreza extrema, la miseria, el abandono del Estado, un irrisorio salario mínimo y, lo peor, un desconocimiento tal vez “involuntario” o tal vez un juicio mezquino del gobierno hacia la sociedad civil que habita los territorios que han clamado ¡auxilio! durante años a los diferentes gobiernos de turno.

Lo llamo juicio mezquino porque apreciaciones como “la población no puede estar atenida a las ayudas del Estado”, “si se murió o quedó herido en la explosión es su culpa por muerto de hambre” o “que se llenen con pescado, ahí tienen el milagro que se les debía de semana santa” –realizadas por las figuras políticas que lideran el país– es algo completamente denigrante y atrevido luego de todos los desafortunados sucesos ocurridos durante los últimos meses y que responden a un abandono estatal que no propicia las políticas públicas que garanticen una vida digna para todos los colombianos.

Ahora, imagínese usted nacer en una familia que vive en un tugurio, que no tiene un empleo formal, que vive de lo que consigue al diario, que aguanta hambre cuatro de los siete días de la semana; imagínese usted nacer en un pueblo de pescadores a la orilla de la ciénaga, que luego de la contaminación toda la comunidad pierda sus medios de subsistencia y que además ni salud, ni educación, ni vivienda, ni nada parecido a derechos y dignidad se asumen por su pueblo; imagínese usted nacer en un lugar donde no hay empleo, donde sólo se piensa en la activación del turismo para las grandes cadenas que tributan impuestos al Estado, donde el campesino, el artesano, el pescador y las familias que los acompañan no tienen ninguna oportunidad de mejorar su calidad de vida.

Imagínese usted después de semanas de tener un trapo rojo colgado en la puerta de su casa, de vivir la desesperación de no tener como llevar un bocado de comida para usted y los suyos, de sentir el resentimiento por aquellos que prometen cambiar el panorama de su realidad durante una campaña política y luego lo olvidan y denigran hasta las próximas elecciones. ¿Se imagina saqueando un supermercado, robando combustible o tal vez pescado? ¿Usted qué haría?

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