SIMON BLAIRVamos tanteando una identidad mientras sabemos que, como todos los seres humanos del mundo, somos los protagonistas de una realidad marchita y huidiza que escapa a los deseos más hormonales de la pubertad…

Por: Simón Blair

Tiene algo de extraño ser adolescente, sin entrar en detalles históricos que por supuesto desconozco, tiene esa cosa inminente de la vida vivida, de que uno es el protagonista de un mundo que no ha dejado de dar vueltas, que uno se da cuenta de las “vueltas” y que todo, absolutamente todo, es de uno y está para que nosotros, yo, los adolescentes, lo sintamos. No es una opinión sobrada en arrogancia y optimismo cegador; no, es más bien un asunto que destruye a los adolescentes, que nos haga sentir bien y creadores de un nuevo futuro que nunca alcanzaremos porque ni siquiera sabemos qué es ir armando estructuras o contando huellas sobre la arena reblandecida de nuestro presente; tan lejano como el pasado que lo pasamos pensando cómo tener una vida sobrevivida mejor, y el futuro, tan inmenso y recio que nos muestra una Tierra que nos ciñe con su abrazo caldeado, mientras nos dice que todo anda bien.

Vamos tanteando una identidad mientras sabemos que, como todos los seres humanos del mundo, somos los protagonistas de una realidad marchita y huidiza que escapa a los deseos más hormonales de la pubertad… ¿dónde estás identidad? ¿Dónde…? ¿Por qué en la situación actual del país, en medio de paros y protestas, los capturados por la policía son en su mayoría adolescentes? ¿Qué buscan? ¿Qué experiencias nuevas, que irse alejando de un ambiente harto conocido, y cuáles son las razones para buscar novísimas sensaciones?

La vida, nos lo ha enseñado todo el mundo -y yo lo llego a creer- no puede ser en sí misma si esta falta de emoción, de delirio y exaltación: una vida organizada, plena y equilibrada apenas nos logra colmar la existencia por un par de meses, en donde no pasa nada que nos amenace la plenitud de ser algo hasta convertirnos en un casi-nada o en la nada misma.

Estas músicas que nos saturan el cerebro de nostalgias y felicidades, que dónde Beatles y dónde Bob Dylan y dónde yo. Nadie lo sabe, pero la historia, tal vez tengan razón los experimentados, no se repite dos veces en un estado de consciencia (pues, cualquier idiota repite una guerra) y nos damos cuenta, adolescentes fulgurosos y llenos de energía, que no somos las gaviotas que nos repetimos en el espejo espumoso del mar bravo y pasivo. No somos, no seremos este o aquel, esto o aquello; soñar es solo un capricho, es solo un día que se vive más e ignora nuestra realidad objetiva que nos enlaza como hermanos en la misma madre Miseria y padre Incertidumbre.

Traídos al mundo, como nuestros ya acostumbrados adultos, pero no ignorados por la misma suerte de llegar a ser nada por algo; por el placer perecedero que da razón casi que nimia a la vida, para seguir creando ignorantes de su carne, de su opción y de sus puntos de referencia en un mundo que está totalmente perforado por la bruma blancuzca de los ciegos. Tal vez no seamos nada, ni nosotros los agrios adolescentes, ni los avezados adultos, ni nuestros aclimatados viejos que no ansían otra cosa que dejar la vida, pidiéndole a su dios propio, que les obstruya la hemorragia de la enfermedad que él mismo les puso. ¿Qué sentido tiene entonces eso? ¿Si nuestra vida es corta y sin sentido objetivo, qué se puede esperar de un dios que nos quita y nos pone, nos pone y nos quita? ¿No estamos muy acostumbrados al dolor como para querer más? ¿O al amor…?

Nuestros adultos son el espejo de un adolescente ya muerto, y nosotros los púberes vivos seguimos creyendo que en los viejos encontraremos nuestra imagen. Que construyamos nuestro proyecto de vida, nos dicen en las clases de ética y religión, como para que nos quedemos dormidos y sigamos creyendo en tonterías de retaliación y recompensa. Quizá solo seamos eso, solo seamos nosotros mismos y nada más.

Que dónde Verne, dónde Camus, dónde Joplin, dónde Ono y su Lennon, dónde Verlaine, dónde Picasso, dónde Miró, dónde Kubrick, dónde Caballero, dónde las musas violadas por nosotros en la masturbación, dónde París, dónde Berlín, Suiza, dónde un tren recorriendo la llanura de un pueblito alemán, dónde Camenzind, dónde Chopin, dónde Lucky Strike, dónde M. Phillip Morris y los anteojos de Bradbury, dónde la guitarra de Moustaki, dónde Christine Keeler, dónde los balnearios santiaguinos, dónde el otoño y el invierno y la primavera y el verano en esta tierra tropical de sudor y asco, dónde Toulouse, dónde los casas abandonadas  donde vamos los adolescentes a probar las drogas y el sexo, dónde la casa con escritorio y máquina de escribir, mientras afuera cae recia la nieve. Dónde, dónde, dónde, dónde el sueño y la vigilia, dónde las emociones completas de films, en cuyo tiempo no existe la nada que es la quietud. Dónde la quietud que lo es todo, dónde las no-contradicciones, dónde no encontramos a los adultos, dónde empezaremos a construir nuestros propios espejos con nuestras propias herramientas.  En qué lugar no caeremos en la compleja simpleza del Guardián del Centeno y la gritería insoportable de sus profesores. ¿Dónde podemos ser nada sin necesidad de ser todo?

Creo que nuestro “dónde” no es otro que un “qué” “cuándo” “a qué horas y nunca más”. Preguntas, de eso está hecha nuestra vida, responderlas es una cuestión de muerte y desgracia consabida –mírese nada más a Rimbaud- . Ay, los adolescentes, hacia qué ninguna parte vamos.