LA MUERTE HA MUERTO

¿Dónde quedarán la razón, la crítica, el arte y la locura en un mundo burocráticamente organizado por los siglos de los siglos?

 

Por / Christian Camilo Galeano Benjumea

Eran las tres y treinta cuando llegamos al cementerio Prados de Paz a llevar a mi padre a una de sus últimas moradas.  Después de pasar varios días en cuidados intensivos murió por las heridas causadas en un accidente de tránsito en el Viaducto.  El accidente fracturó su cuerpo en muchas partes; no era un cuerpo, eran muchos cuerpos que intentaban mantenerse unidos. Si no hubiera recibido los primeros auxilios hubiera muerto en el Viaducto e ingresado de inmediato en una lista no tan grande de muertes por accidente en el famoso puente que conecta a las ciudades de Pereira y Dosquebradas, y que es el lugar que buscan muchos suicidas para lanzarse por los aires.

Por fortuna, una ambulancia llevó a mi padre a un hospital, allí fue conectado a un respirador artificial, le aplicaron medicamentos, le hicieron radiografías, se buscó la forma volver a unir todas las partes de ese cuerpo fracturado. Aun así, al cuarto día, la gravedad de las heridas pudo más que la medicina y la voluntad de un Dios que al parecer no escuchó las oraciones de una familia.

A pesar de que en este caso la muerte venció a la ciencia médica y se llevó consigo a mi padre, en otro momento de la historia no se hubiera podido albergar la más remota esperanza de que se salvara y recuperara, después de algunas cirugías y tratamientos. Esto es lo que resalta Yuval Noah Harari en uno de sus best sellers, De animales a dioses, donde muestra cómo la medicina anclada a un aparato científico y económico ha tenido grandes avances en muy poco tiempo, avances que no se detienen y que terminarán por acorralar a la muerte. Una de las sentencias que mayor desconcierto genera es la que profesa “el proyecto principal de la revolución científica es dar a la humanidad la vida eterna”.

La muerte, entonces, termina por ser un problema técnico que pierde su aura metafísica y trascendental.

Solo basta ver las investigaciones en nanotecnología que buscan crear un sistema inmune que elimine del cuerpo bacterias, virus e incluso detenga el proceso de envejecimiento. O qué decir de la carrera desenfrenada por la vacuna de la covid-19, que en un tiempo muy corto pasó de una fase experimental a programar vacunaciones masivas en países desarrollados. Las utopías de mundos felices donde la muerte y todas sus metáforas (la vejez, la enfermedad, el dolor…) desaparecen, empiezan a materializarse poco a poco.

Atrás quedarán las reflexiones de Heidegger, quien consideraba la muerte como una estructura fundamental del ser humano que, lanzado al mundo, se proyectaba y podía configurar un sentido a su existencia. La muerte era el límite que recordaba que no todos los proyectos eran realizables, que podía haber un fracaso tras otro y estábamos destinados a toparnos con el vacío.

Ese punto muerto en el horizonte era la señal de que el paso por este mundo tenía un final y que permitía construir una vida auténtica o inauténtica. Ahora, en cambio, cuando la ciencia avanza a toda velocidad y parece no tener un sentido o finalidad aparente, la muerte pareciera tener menos espacios. Podemos modificar la proclama nietzscheana de “Dios ha muerto” y convertirla en “la muerte ha muerto”.

Quizá la suerte de la humanidad ya está echada, y podamos en pocas décadas hacer planes para dentro cien o doscientos años, pensar que en el próximo milenio terminaremos de pagar unas vacaciones a Europa o estemos condenados a pagar eternamente intereses a los bancos, pero en el fondo de todo, quizá la humanidad alcance la eternidad bajo la bandera del tedio. Al perder la fecha de caducidad y todo estar al alcance, esa vida, como la de los dioses, se fundará en un sinsentido. ¿Dónde quedarán la razón, la crítica, el arte y la locura en un mundo burocráticamente organizado por los siglos de los siglos?

Al ver la foto que preservo de mi padre, entiendo que con su muerte pudo descansar de los dolores provocados por los golpes y que el universo que configuró su existencia se apagó para siempre; los amores, las tristezas y sueños quedaron suspendidos en el vacío. El recuerdo que persiste de su vida en algunas décadas desaparecerá y su existencia, como la tantos otros, será como si no hubiera sido. El destino de mi padre, el que espero compartir, quizá en un futuro sea añorado por algunos hombres y mujeres sabedores de que una vida eterna no es una meta deseable; que toda muerte, por doloroso que sea, es necesaria para darle sentido a una existencia fugaz.

ccgaleano@utp.edu.co

Twitter: @christian1090