CARLOS VICTORIAEl actual paro cafetero se inscribe en una perspectiva que viola derechos y compromete la vigencia de la propia democracia liberal, por una cada vez más contestaría y difícil de controlar por los grupos hegemónicos. Seguramente desde el ámbito de la resistencia social se recompondrá, a futuro, el mapa político hacia 2014.

 

Por Carlos Victoria

La globalización neoliberal destruye empleos y vidas humanas, ecosistemas y culturas locales. Los estados nacionales quedan a su antojo. Indefensos y raquíticos ante el reclamo de las víctimas del modelo. Para estas hay gases lacrimógenos y cárcel. Desde los años noventa se vaticinó la tragedia social y ambiental que surgiría de la internacionalización de la economía, dejando a su paso no solo más desigualdad y hambruna, sino nuevas luchas, y actores que demandan justicia y dignidad. Las resistencias también se globalizan, ante la inequidad y miseria  cosechada por las fuerzas incontroladas del mercado.

Es en este contexto desde el cual es necesario leer la actual encrucijada que enfrenta a gobierno y caficultores. Mientras para el presidente Santos el asunto corresponde a la noción de orden del régimen (levantar bloqueos antes de dialogar), para los cafeteros el tiempo político y económico pasa por recuperarse de la quiebra. Nación y región se enfrentan, como ayer, tras visiones y concepciones diametralmente opuestas. Santos el desarrollista neoliberal a nombre de la primera, en cambio los cafeteros, desde sus territorios, pugnan por no desaparecer como agentes económicos.

Tres lecturas vienen al caso. La una por cuenta del célebre economista checo Joseph A, Schumpeter quien en su texto ¿Podrá sobrevivir el capitalismo?, anticipó el carácter destructivo de este tras los procesos de innovación en una economía de mercado “en el que los nuevos productos destruyen viejas empresas y modelos de negocios”, arrasando consigo las instituciones sociales en las que se sustentan; la FNC, por ejemplo, perdió toda legitimidad y representación entre el grueso de cultivadores. La cacareada competitividad, pieza de la liturgia neoliberal, en el jabonoso espacio de los tratados de libre comercio destruye lo antiguo por lo nuevo: conquista de mercados, oportunidades, eficiencia, etc.

Por su parte Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire, la experiencia de la modernidadapoyándose en las tesis de Marx, subraya que el problema del capitalismo es que destruye las posibilidades humanas que crea, porque “…los pueblos y ciudades, las regiones y hasta las naciones que los albergan, todo está hecho para ser destruido mañana, aplastado o desgarrado, pulverizado o disuelto”. ¿No es acaso este carácter contradictorio del modelo  el que hoy se traduce en la destrucción de la industria nacional y el sector agropecuario por cuenta de la guerra de monedas a la que asistimos, y que hoy tiene el precio del café en el piso?

La tercera lectura que viene al caso es El precio de la desigualdad, del premio nobel de economía Joseph E. Stiglitz, quien de un tajo sostiene que “la globalización perjudica a los de abajo”, en la medida en que la apertura de fronteras de un país lo expone a todo tipo de riesgos, desde la volatilidad de los llamados capitales golondrinas, hasta la de los mercados de materias primas. Es por esa volatilidad, en el campo de la globalización financiera, que algunas actividades resultan menos rentables. En países como México “los cultivadores de maíz más pobres han visto como disminuían sus ingresos”. Para Stiglitz el precio de la desigualdad se ve expresado en una mayor proliferación de conflictos civiles. El actual paro cafetero se inscribe en una perspectiva que viola derechos y compromete la vigencia de la propia democracia liberal, por una cada vez más contestaría y difícil de controlar por los grupos hegemónicos. Seguramente desde el ámbito de la resistencia social se recompondrá, a futuro, el mapa político hacia 2014.

Como vemos lo que está en crisis no es la caficultura sino el modelo de mercado a ultranza, y particularmente de especulación financiera en que se sustenta, y que se entronizó tras la ruptura del pacto de cuotas de la OIC. Neoliberales como Santos y Cárdenas no tienen nada más para ofrecer que subsidios, y no un viraje radical como  lo plantea el pliego del paro con el objeto de  restablecer la rentabilidad del grano. Lo antipático del asunto es que en el pasado las élites rescataron, con nuestros impuestos, la quiebra de los banqueros. Lo mismo hizo Obama en Estados Unidos. Esta discriminación, además, es la que le da vida a una cada vez mayor indignación ciudadana bien como desobediencia civil, bien como desconfianza ante todo lo que huela a Estado.

El credo de la innovación y la competitividad es un falso repertorio de salvamento de la industria cafetera, mientras no se apele a una política proteccionista que cubra a los campesinos de los huracanes desatados por la crisis global. Ya  Schumpeter lo profetizaba: el principal enemigo del capitalismo es el capitalismo mismo. La apuesta desarrollista de Santos al privilegiar la economía extractiva a través de la entrada masiva de dólares para exploraciones y explotaciones de minería a cielo abierto, es una clara demostración que este el gobierno, como el anterior, nos lleva a agudizar el abastecimiento de alimentos, la pérdida de empleos rurales, el desabastecimiento de agua y el marchitamiento de los derechos en su conjunto. La destrucción creativa del desarrollismo nos hace más vulnerables e indefensos.

La resistencia de los caficultores y la solidaridad espontanea que ha surgido a lo largo y ancho del país, es un episodio más de la larga lucha social que millones de colombianos han emprendido para “escapar de la pobreza crónica”, como señala Marshall Berman, pero también da cuenta de los nuevos procesos anti hegemónicos a todo nivel por el derecho al trabajo, a la vida y en suma a la dignidad. La aureola del gobierno ha quedado desdibujada y su cuerpo absolutamente desnudo al tratar de reprimir y engañar la protesta de los cafeteros. El tiempo de Santos está en clave de reelección, pero el tiempo del movimiento social en función de reconstruir la economía nacional destrozada por un modelo pro rico, corrupto y excluyente. Amanecerá y veremos. Otra caficultura es posible. ¿Saldrá de las ruinas como resultado de la destrucción creativa?

(La grotesca manipulación informativa de los grandes medios adeptos a Santos solo confirma una cosa: cuando los gobiernos están débiles se apela la mentira, la cual posa de verdad. El fin del paro, titulado por periódicos como El Espectador en el día de ayer, es el fin pero del poder mediático).