Habría que preguntarse entonces cuál es el verdadero impacto en la reducción de víctimas cuando se hacen este tipo de campañas virtuales, si el que va a asesinar a su exnovia meditará sobre su accionar y dará reversa.

 

 Giussepe Ramirez (col)Por: Giussepe Ramírez

Mientras leía 2666, la novela de Bolaño, solo me preguntaba cuándo iba a acabar la narración de tantos asesinatos de mujeres, si ese exceso tenía algún fin estético o político. El relato de las condiciones en que se encuentra cada cuerpo es frío, forense; aspira a la náusea, al enfrentamiento visceral de los hechos.

El fin de semana anterior, una persona a la que sigo en Twitter estuvo retuiteando por varias horas fotos de mujeres asesinadas. El tuit incluía el nombre de la víctima, la forma en que la asesinaron y su parentesco con el asesino. Hacía parte de una campaña para visibilizar el feminicidio y el riesgo agregado de ser mujer, a raíz de un caso de empalamiento en Argentina. No voy a posar aquí con una falsa corrección política: este spam me resultó incómodo (imagino que ese era uno de los objetivos).

De antemano entiendo que no es el objetivo de estas campañas complacer al espectador, hacerlo pasar un buen rato mientras aprende algo. Todo lo contrario.

Lo mismo pasa con asesinatos de afroamericanos, vulneración de derechos a la comunidad LGBTI. En fin, cualquier ejemplo de ataque sistemático a ciertos grupos de la sociedad es condenado masivamente en redes sociales.

Si internet brinda la posibilidad de lanzar comentarios destructivos desde el anonimato, también es el nido de la falsa corrección política.

La foto de un hombre sin camiseta portando un cartel que rezaba “Estoy semidesnudo, rodeado por el sexo opuesto… Me siento protegido, no intimidado. Quiero lo mismo para ellas” se hizo viral; resultó que el hombre había sido denunciado por violencia física.

Habría que preguntarse entonces cuál es el verdadero impacto en la reducción de víctimas cuando se hacen este tipo de campañas virtuales, si el que va a asesinar a su exnovia meditará sobre su accionar y dará reversa.

Antes de internet, la gente podía ir a un quiosco a comprar la prensa o esperar que la tiraran en su puerta u optar por ignorar cosas que estaban pasando, como el terrible asesinato de una mujer a manos de su pareja. Existía un gran margen para evadir realidades espantosas, para decir “aquí no pasa nada”.

Hoy ese margen se ha reducido. Internet nos ha puesto a lidiar con lo peor de la humanidad, con cosas que en el pasado descartaríamos enfrentar tan visceralmente. Todos debemos hacerle frente a esas situaciones.

Cualquier usuario es un potencial informador con un amplio auditorio que puede replicar la noticia a niveles que nadie imagina. Como en un cuento de Carver, nunca se sabe de dónde vendrá la violencia, precisamente porque está en todos los rincones.

Visibilizar es el primer paso para enfrentar un problema. Y en ocasiones ese paso implica hacer sentir al espectador parte de él, meterlo en la dinámica de las víctimas, bombardearlo con casos cotidianos que pasa por alto o simplemente quiere ignorar, ponerlo intranquilo para que despierte.

Pero estas campañas de concientización no bastan. Todo Twitter puede estar indignado y condenar el brutal asesinato de una mujer, pero hace falta que el establecimiento jurídico opere y evite la repetición.

 

@Giusseperamirez