Quiero decir: es el espíritu de Proust que atraviesa las ciento ochenta páginas del libro de Posada Trujillo. Gran  lector de prosa y poesía, aparte, claro, de  las obras científicas imprescindibles para  su formación profesional, el médico está dotado de un lenguaje limpio y desprovisto de adornos…

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

El médico Rodrigo Posada Trujillo recuerda con nitidez el día que recibió su título de especialista en otorrinolaringología.

Fue en Barcelona, España. En el pergamino entregado por la Universidad Autónoma de Barcelona  se lee esta frase: “Don Rodrigo Posada Trujillo, nacido en Betulia, Antioquia, Colombia”.

Betulia. El ombligo de su mundo personal. El centro. El lugar donde empezó todo.

Betulia, un pueblo colgado en las montañas de Antioquia  cuyos hijos padecieron, igual que tantos, los horrores de la violencia entre liberales y conservadores.

Betulia. Con ese nombre sonando en  lo más hondo de  sus recuerdos, Posada  Trujillo emprendió  la escritura de su libro Manuel Salvador Posada. Imagen de un padre visionario. Un  intento de aprehender lo más esencial de su condición al paso que les rinde un tributo a sus mayores.

A su capacidad para sobreponerse al infortunio.

Pero sobre  todo a su tozudez para implantar en los suyos la idea de que es necesario emprender la transformación del propio  ser, como una  manera de dignificar y en esa medida mejorar la vida de los otros.

Y en ese propósito juegan un papel trascendente las buenas lecturas y su resultado ineludible: la educación, el cultivo del espíritu.

Ese viaje a la memoria implica desandar los pasos que conducen a la infancia. A sus momentos de dichas y pavores.

Lo familiar se torna en certidumbre de un pasado que habita en mi presente, con esa intensidad asombrosa de los días en que retornamos a la raíz y brotamos de ella gratificados con un devenir hecho de logros y satisfacciones. Lo familiar me une al recuerdo de los otros y me hace bien, sobre todo cuando al cambiar de acera, al esquivar las recuas de  mulas que bajan sudorosas de las fincas, cargadas de café; al andar a la tienda donde se exhiben los abarrotes en hondos cajones de madera y me dejo envolver por el inolvidable olor del maíz mezclado con el Jabón Rey y la naftalina, se produce una revelación súbita que mis palabras no alcanzan a describir. 

Solo la voz regia de la  dueña de la tienda me regresa al presente.

Es Proust.

Quiero decir: es el espíritu de Proust que atraviesa las ciento ochenta páginas del libro de Posada  Trujillo. Gran  lector de prosa y poesía, aparte, claro, de  las obras científicas imprescindibles para  su formación profesional, el médico está dotado de un lenguaje limpio y desprovisto de adornos: no por casualidad recibió de su padre Manuel Salvador el legado de las buenas lecturas.

Aquí va una muestra de su gratitud por esa herencia:

Mi padre era temperamental y terco. Heredó mucho del carácter de  mi abuelo Eduardo Posada, con quien tenía serias diferencias en cuanto a la visión de las cosas simples de la vida. El abuelo solo toleraba en su horizonte que su hijo trabajara la tierra y que en ella depositara todo su empeño, como lo habían hecho sus ancestros. Pensar un destino distinto al de agricultor resultaba una herejía, como si de la noche a la mañana a su hijo se le ocurriera cambiar de religión. Tal vez por eso papá hizo de la lectura una experiencia y de la conversación con sus amigos una forma de la solidaridad, es decir, de compartir  ideas, temores y sospechas. Quien lee amplía el horizonte de vida, imagina, crea, codicia y pone en práctica en su realidad algo de eso que busca lugar en su imaginación. No de otro modo es posible avanzar en el autoconocimiento que le permite a uno ser otro, acaso más arriesgado y decidido.

Ese fervor por los libros  hizo del viejo Manuel Salvador un hombre de sólidos principios liberales.

Por eso, a pesar de las limitaciones económicas, se formó el propósito de brindarle a su descendencia la oportunidad de mejorar su  vida a partir de la educación profesional. Fue así como su hijo Augusto acabó estudiando medicina en Córdoba, Argentina,  imponiéndole de paso el compromiso de ayudar a su hermano Rodrigo, una vez concluida su carrera.

Fue ese tesón el que los llevó a salir de una condición descrita por Rodrigo en su libro con el tono distante de quien se sabe a salvo de  grandes peligros.  Evocando a su padre nos recuerda que:

La primera adversidad está en el número de parientes a su cargo. En la casa de Tarquí, una finca lejana en la que mi hermano mayor pasó parte de su infancia, se alojaba una especie de ejército derrotado, sin más armas que  la comunión familiar y sin más contingencia que la inmovilidad espiritual. Ahora que mi hermano ha venido de Costa Rica a visitarme a Pereira y que ha accedido a recordar pasajes de su vida para este libro, me recuerda que en la casa de Tarquí vivían, inicialmente, siete personas, pero ese número fue aumentando con los meses, dice, como aumenta el número de víctimas con el correr de las horas en un desastre natural.

Ese desastre natural era, cómo no, uno de los muchos coletazos del monstruo que llamamos Historia de Colombia.

Los recuerdos son como nubes. Algunos pasan allá, muy alto, y apenas si atinamos a decirles adiós con la mano mientras se disuelven en hilos dorados al ser atravesados por un rayo de sol.

Otros en cambio, son de vuelo bajo y basta con pulsar un sonido, un rumor, un aroma, para que se materialicen ante nosotros con una densidad un poco mayor a la de los fantasmas.

Justo en ese  momento debemos atraparlos con la red de  las palabras, para darlos en ofrenda a los otros como prueba de nuestro común paso por  el mundo.

A esa gozosa tarea se consagró el médico Rodrigo  Posada  Trujillo, y aquí está de vuelta con un libro escrito en una prosa limpia y sin alardes, en el que da cuenta de su particular viaje a lo más profundo de la memoria.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada: