MARITZA PALMAUn día sentí que querer era un golpe en la boca del estómago que te dejaba sin aire. Un año después supe que querer con sinceridad no era suficiente si no lograbas demostrarlo. Segundos más tarde me cuestioné que quizá nunca había querido.

 

Por Maritza Palma Lozano

El cuerpo y el corazón me parecen asuntos delicados puestos en contraposición desde el hombre y la mujer. Todos coincidimos en que ambos están compuestos por los dos, con la distinción que, aún en el siglo XXI, al hombre se le valora por el corazón pero se le determina por su cuerpo, y a la mujer en cambio se le valora por el cuerpo y se le determina por su corazón.

El hombre es un buen postor entre más uso le ha dado a su pene, la mujer es un peligro para los cultos si ha aprovechado su vagina. Vagina y pene no parecen ser medios de placer libres de prejuicios para ambos. Habrá unas más radicales y valientes que otras, pero la tranquilidad de sus vidas vaginales llega hasta donde empieza a funcionar la lengua de otra de su mismo género, que en primera instancia la llamará ‘perra’ y luego, si le corroe una leve sospecha de que la astucia de tal mujer es superior a la suya, la llamará ‘puta’.

A mí, por ejemplo, me harta la idea de buscar llegar al corazón a través de un pene o de sentir un orgasmo a través de un sentimiento. No concibo cómo se han logrado cruzar estos dos aspectos, haciendo a uno dependiente del otro para las mujeres, y distintivos entre sí para los hombres.

Alguien una vez me dijo “te darás cuenta que un hombre realmente ama a una mujer sino quiere tener sexo con ella”; ¿Y sobre las mujeres? Ah sí, que si era libremente sexual no generaba confianza para una relación mal-llamada seria. Serio esto de someter el placer y el amor a juicios de valor tan destructivos.

Trato de imaginar a una mujer que se masturbe pensando en el amor que le tiene a alguien, y no logro asimilarlo. El amor es tierno, el placer no. Por esto al momento del placer sexual no somos tan distintas a los hombres, ambos géneros piensan en cuerpos y no en corazones; el cuerpo es el vehículo del deseo, sumado a la manipulación del recuerdo. Lo demás es invento de princesas y telenovelas baratas.

Por otro lado está eso del sexo con amor, y si nos ponemos en esas podemos llegar a concluir que toda entrega sexual es un acto de amor o -para hacerlo más fácil- que el disfrute pleno no radica como tal en el sentimiento. Pero de cualquier manera eso es otra discusión sobre formas de follar y amar.

Las libertades de los cuerpos se han ceñido a un dictamen marcado como bueno o malo, las libertades de los géneros han estado condicionadas a las apreciaciones de su mismo género, y las libertades de los órganos de placer se han amarrado en un orden doble moralista a los sentimientos.

El feminismo surgió para reivindicar la independencia social de la mujer, y desde los años 60, en paralelo con el hippismo y el movimiento social negro, se manifestó la búsqueda de una autopercepción libre de los condicionamientos ideológicos del patriarcado: no más matrimonio, no más monogamia; desde la segunda era del feminismo queríamos ser oficialmente putas o, en otras palabras, queríamos la digna exploración de la libertad sexual, sin una cultura señalando y sin un cura absolviendo pecados.

Pero hasta en el camino de la libertad nos equivocamos. El llamarnos feministas ya nos clasificaba, nos distinguía del hombre aún por una diferencia biológica, y por un sometimiento cultural que nos categorizaba como objetos pasivos emocionales frente a sujetos activos racionales.

La historia nos tiraba a cuestas una serie de instintos reprimidos, una serie de obligaciones consumadas entre las convenciones de entendernos hombres y mujeres, por lo que se supone debemos ser y hacer en la vida. Dejamos de ser humanos con deseos, con psiquis mixtas (femeninas y masculinas), excluimos la posibilidad de identificarnos sexualmente entre cualquier variante de los géneros sin la culpa de ser más o menos hombres, más o menos mujeres, más o menos lesbianas, más o menos gay, más o menos sujetos vivientes; y las relaciones sexuales fueron el reflejo de esa dinámica social que aún no reconoce que las vaginas y los penes no condicionan nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestros sueños.

Aunque más vale decir que todo esto, al igual que las demás patrañas concebidas sobre el sexo y el amor, también son mentiras, mentiras creídas, mentiras queridas y hechas verdad.