Hay que dejar de repetir hasta el cansancio el cuento del “instinto maternal”; parar de inculcar a las niñas la feminidad –que no es otra cosa que un eufemismo de debilidad-; dejar de enseñarles a las niñas que su valor reside en la belleza o en la virginidad…

 

Por: Gloria Inés Escobar Toro

A las mujeres nos han educado bastante mal. Nos han hecho creer, y por supuesto a los hombres también, que por tener todo lo biológicamente necesario para procrear, ese es nuestro destino, pero eso no es así.  Nuestra calidad de hembras de la especie humana ha sido puesta como un imperativo del cual no podemos salir, y lo peor, debemos seguir felices sin hacer el menor reparo. Esta es una gran trampa, tal vez la mayor que nos han tendido y de la cual cuesta tanto salir porque se ha aceptado no solo como algo natural sino además como una gran “bendición”. En efecto, la maternidad se ha exaltado tanto que ha llegado a ser mostrada como un enorme privilegio y una gran ventaja sobre los machos. La verdad, cedería gustosa, de poderse, tal privilegio a cualquier hombre. La maternidad es, para mí, un gigantesco obstáculo que no pocas veces ha malogrado la vida de brillantísimas mujeres como el caso de Mileva Maric, la gran física serbia, recientemente recordado por la serie Genius producida por Natgeo.

La mayor esclavitud a la que se ha podido someter a la mujer ha sido a través de la maternidad. Una mujer dedicada a ser madre deja en la mayoría de los casos, su vida en suspenso, es decir, los sueños, ambiciones, proyectos y oportunidades quedan relegados a un segundo plano y a una larga espera, muchas veces de toda la vida. Pero ante esta catástrofe para la mujer hay todo un discurso elaborado con el concurso de muchas voces, todas ellas provenientes del conservadurismo y la tradición religiosa, acerca del valor de las “cualidades esencialmente femeninas” como la abnegación, el sacrificio, la entrega, el servicio. En resumen, resulta enaltecedor para la mujer, vivir para el otro, no para sí misma. Pero por más romanticismo que se le ponga al asunto, el resultado siempre es el mismo, las mujeres quedan atrapadas en vidas ajenas, muchas, añorando aquello que quisieron ser y no pudieron por hacer lo que de ellas se esperaba. La maternidad roba tiempo, esfuerzo, energía y capacidad a la mujer. La ata de pies y manos, en muchos casos, para siempre.

De otro lado, no es cierto que ser madre sea un motivo de felicidad. Para algunas mujeres indudablemente sí, pero para muchas otras quedar embarazada es una catástrofe; para otras tantas, es una desgracia colosal; para algunas más, un impedimento y una limitante terrible en su desarrollo profesional y personal. 

De ahí que la lucha por el aborto sea tan importante para la liberación de la mujer pues mientras esta siga atada irremediablemente a la maternidad, no podrá realizarse como ser humano pleno. El poder controlar los efectos de la sexualidad, garantiza a aquellas mujeres que han decidido no ser madres, la posibilidad de construir una vida mucho más cercana a la medida de sus sueños. Tener acceso fácil, gratuito y oportuno a la anticoncepción, así como la posibilidad de practicarse un aborto en el caso en que las prevenciones fallen, asegura una gran porción de libertad a la mujer.

La maternidad, como el aborto, deberían ser opciones para las mujeres, en ningún caso imposiciones. Ni en nombre de la biología –porque estamos dotadas para eso– o la religión –porque para parir y acompañar a los hombres, fuimos creadas-, debe obligarse a la mujer, así sea sutilmente, a ser madre. Quien realmente decida que quiere serlo, que lo sea y sea felizmente acompañada por la sociedad y atendida responsablemente por el Estado en todo el proceso, pero quien no lo quiera, que igualmente sea respaldada en su decisión, respetada, no señalada y estigmatizada.

Lograr esto implica un monumental y mancomunado esfuerzo educativo desde la casa hasta la escuela, pasando por todos los espacios formadores que existen, especialmente los medios masivos de comunicación. Hay que dejar de repetir hasta el cansancio el cuento del “instinto maternal”; parar de inculcar a las niñas la feminidad –que no es otra cosa que un eufemismo de debilidad-; dejar de enseñarles a las niñas que su valor reside en la belleza o en la virginidad; darles libertad de movimiento y exploración; encaminarlas a desarrollar su intelecto y sus capacidades físicas; educarlas para afrontar la vida, no para que sean esclavas del hogar; dejar de ahogarlas en el mundo rosa de las muñecas y los juguetes de cocina; formarlas para que ejerzan una sexualidad libre de tabúes y de miedos; y lo más importante, explicarles que ser hembra no significa estar obligadas a ser madres pues una de las ventajas de pertenecer a la especie humana, es que en nuestro camino evolutivo la conciencia (¿debería decir inteligencia?) nos permite liberarnos de ciertas ataduras biológicas.