Este trabajador de los símbolos y humanizador de las pasiones ha sido invisibilizado. A su propia suerte se disputa la sobrevivencia en cualquier institución educativa, y los que alguna vez fuimos parte de este “subproducto” del régimen de contratación docente casi siempre olvidamos los rasgos de sus pequeñas o enormes miserias.

 

Por: Alexander Martínez Rivillas*

El libro Realidad laboral del catedrático universitario, números y análisis (de Oscar Abel Cardona Hurtado, Juan Pablo Yáñez Puentes y Jaime Adalberto Flórez Sandoval) es una “caja de herramientas” para activar la lucha por la dignificación del trabajo docente. Ni más ni menos. Son innumerables las razones por las cuales el trabajo docente se encuentra disminuido, desvalorado, e incluso, olvidado por las acciones sindicales de los trabajadores en el orden nacional. Esta obra representa también un grito de denuncia sobre el desprecio generalizado hacia el profesor vinculado temporalmente.

Este trabajador de los símbolos y humanizador de las pasiones ha sido invisibilizado. A su propia suerte se disputa la sobrevivencia en cualquier institución educativa, y los que alguna vez fuimos parte de este “subproducto” del régimen de contratación docente casi siempre olvidamos los rasgos de sus pequeñas o enormes miserias.

A contrapelo de todo, el catedrático se somete a incontables horas de trabajo. Resuelve su día a día en medio de las precariedades y aun así se remoza en nuevos proyectos científicos o estéticos. Su desgastada figura es nuestra imagen en fuga, pues “todos fuimos catedráticos”, lo que suele decirse desde la abrigada planta docente; también hoy al borde de toda suerte de inseguridades laborales.

El catedrático y el docente ocasional son figuras jurídicas que se han instrumentado para negar la sustancia que justificaba la especificidad de sus contrataciones, por lo cual terminaron empleándose para encubrir sistemáticamente su verdadera condición fáctica: son profesores que realizan actividades misionales de planta. Siempre es posible, previos arreglos legales que debemos proscribir para siempre, someterlos a más de 18 horas de clase y otro tanto de 20 a distintas actividades administrativas e investigativas.

Las universidades públicas han desplegado una compleja red de reglamentaciones destinada a abaratar infamemente el trabajo del catedrático u ocasional, con algunas excepciones, tal como registra el libro. La idea central es disminuir al máximo el coste marginal del profesor temporal. O sea, incurrir en menos gastos por cada profesor adicional que se vincule a la institución. Ciertamente, el canon de toda empresa capitalista se refleja claramente en sus programas de ampliación de cobertura, lo que en efecto trae consigo la renuncia progresiva al aumento de la financiación por parte del presupuesto nacional.

Es despreciable aquella socorrida tesis del aumento de matrículas a cualquier costo económico o valor académico. La calidad académica, la cualidad innegociable del servicio educativo, o la contribución a la formación de ciudadanos decentes en capacidad de practicar con relativa eficiencia un arte, no es nunca la preocupación central.

El Ministerio de Educación Nacional y las rectorías del sistema estatal de universidades casi siempre coinciden en reproducir esa letanía del aumento de la calidad sin fondos públicos, o haciendo uso de esfuerzos propios. De hecho, las demandas de nuevos recursos por parte de los últimos rectores de la Universidad Nacional y de la Universidad de Antioquia son respuestas casi reflejas a la asfixia brutal que soportaron por décadas.

Ante estas crisis estructurales siempre será más prudente exigir aumentos de fondos permanentes, antes que ingresar en las típicas aventuras de recaudos inciertos y ahorros severos que terminan por destruir la calidad del servicio educativo y socavar la dignidad del catedrático.

Esta obra es el crudo retrato de los desaciertos e improvisaciones del Estado y de las propias instituciones educativas, el cual suscribo a cabalidad e invito a leer con la convicción de que ASPU seguirá ampliando espacios de participación para estas mayorías de trabajadores docentes que cargan sobre sus hombros la educación superior; realidad que apenas estamos aceptando en nuestra organización sindical.

*Representante Profesores Consejo Superior Universitario. Universidad del Tolima