Una cosa es la filosofía de la guerra, otra, filosofía y  guerra. Hay que aclarar los términos, ya que se piensa que los alemanes Kant, Kurnberger, Hegel, Arendt y Schopenhauer eran pacifistas por sus filosofías de “paz perpetua”. Craso error. Como dice Walter Benjamín, la burguesía forjó nueva armas de guerra bajo la forma de cosmovisiones mucho más peligrosas.

Por Diego Firmiano

Es 18 de septiembre de 1813 en Alemania y Arthur Schopenhauer se encuentra en su modesta casa de Vilnius con Atma, su fiel perro. Minutos antes ha terminado de meditar y de garabatear algunos apuntes, y la noche cae lentamente como si una persiana fuese descolgada por una mano invisible. En el cansancio por su disciplina intelectual, se levanta de su silla y al asomarse por una de sus ventanas ve como los canallas (las tropas napoleónicas que, en retirada de Rusia, van pasando por Alemania) cruzan un puente que contiene una barricada. El ejército alemán (compuesto por soldados austriacos o tropas prusianas) frena su avance disparando detrás de la casa del filósofo de tal forma que, el estruendo de las balas estremece los cimientos de la construcción.

El fuego cruzado dura solo un par de minutos para los soldados, pero una eternidad para Schopenhauer, su perro y su ama de llaves que se encuentra elevando una plegaria al cielo. De momento se hace un silencio inquietante. Sereno. Luego se dejan oír gritos detrás de la puerta principal  de su casa. El filósofo abrumado,  pensando que quizá fuesen los canallas que estaban heridos y necesitaban atrincherarse, se apresura a cerrar la puerta atravesando un palo como lo hacen los adultos mayores.

Después se escucha unos golpes suaves directamente en su puerta. La criada, que vive en la casa, dice con voz suave: “¡Son solo unos austriacos!”.  Inmediatamente el viejo destraba la puerta, con la confianza de que los soldados del antiguo imperio austro-húngaro están de su lado y defenderán el territorio a toda costa.  Abre, e inmediatamente sin palabra alguna, entran 20 bohemios (de Bohemia) a toda prisa con el sonido estruendoso del taconeo y toman posición detrás de las ventanas y comienzan a disparar a los soberanos sublevados.

Mientras disparan, los soldados hablan entre ellos como si la casa fuera una trinchera y llegan a la conclusión que las ventanas de la vieja casa no es una buena posición de ataque y defensa, así que el contingente sale a tropel en dirección al edificio colindante. El filósofo quien presencia todo el asunto, y se encuentra en el medio como un blanco fácil, está estupefacto; su perro ladra a los soldados y su ama de llaves intenta callarlo para no causar un incidente. 

El ejército alemán, apostado en el primer piso del edificio contiguo, ve la chusma que está escondida detrás de la barricada, y considera que no hay mejor posición de tiro y siguen disparando, mientras Schopenhauer en su casa, ha asegurado de nuevo la puerta con un palo, pero no sin antes abrirse a una mentalidad anti-revolucionaria a raíz del horror de la guerra que ha acabado de vivir en carne propia.

@DFirmiano