Ser mujer en el trabajo

Los obstáculos que se le presentan a la mujer son varios. Partiendo de la educación, el género, el sexo, hasta las opciones laborales que siguen modelos heterónomos y reglados para escoger personal según su fuerza física, no según capacidades intelectuales u organizativas.

 

Por: Diego Firmiano

Si preguntara a un grupo de personas qué sexo y función asignar a alguien con corbata, portafolio y sombrero, seguro por unanimidad dirían que ese rol lo desempeña un hombre y la afirmación tendría un adjetivo: hombre ejecutivo. Si  como interlocutor afirmara que ese puesto o rol laboral también lo puede desempeñar una mujer, se podrían suscitar contradicciones verbales o disociaciones sexo-ortodoxas, es decir, se aduciría que la mujer sí puede ser parte del mundo laboral pero en puestos femeninos, lo cual ya evidenciaría una discriminación de género en el trabajo.

En países como Chile o Brasil o Norteamérica, la fuerza laboral femenina tiene un campo amplio y diverso con todas las garantías de funciones y derechos sin minimizar al otro identidad, sexo o raza.  Pero en contextos como en los países andinos, principalmente, una de las problemáticas ha sido el desequilibro entre lo que una mujer hace y lo que debe esperar o reclamar por derecho ante las leyes de cada país. No es una generalidad, pero es el panorama más realista.

Así el salario mínimo, solo para tomar un factor, no se distribuye equitativamente entre hombres y mujeres como si ellas fueran menos, aunque su participación en el mercado laboral sea igual o con más responsabilidades. A esto se suman las barreras psicológicas asociadas a la preponderancia del liderazgo masculino, o la falta de decisiones empresariales de la cual acusan al género, alegando que lo sentimental no debe estar por encima de lo racional, cuando en realidad las mujeres entienden muy bien que con la cabeza se gobierna la empresa, con el corazón a su familia.

Los altos cargos ejecutivos también son otra brecha por subsanar. Han existido presidentas mujeres en Chile, Argentina, Panamá o Brasil, como un ejemplo a seguir, pero los prejuicios de baja escolaridad o de ver la mujer como un ser sentimental se han interpuesto entre la capacitación, las oportunidades y las altas aspiraciones de gestión o discursivas. No hay estándares que determinen que una mujer es menos y un hombre sea más, laboralmente hablando. Sí existen tales mediciones serán bajo el sesgo de políticas empresariales que intentan minimizar las participaciones equitativas.

Según índices de liderazgo entre hombres y mujeres, el género masculino puntea los rankings debido a su historial de éxito empresarial.  La mujer ha contribuido inconscientemente a estas definiciones y estadísticas, porque han sido subyugadas por medio de ideas patriarcales o sociales de que carecen de capacidades aptitudinales y actitudinales. Esto último no tiene fundamento. La historia tiene su historia, pues poco se habla de los matriarcados que existieron en la época precolombina.

Hoy la mujer, con una seguridad plena en ella misma y en su formación académica y profesional, puede acceder a una gran abanico u oferta laboral y de mercado. Los juegos y equivocaciones en el rol o género sexual no son determinantes para que ellas apunten a altas esferas de gobierno o dirección de empresas y otros proyectos industriales de gran escala. Mujeres arquitectas, mujeres presidentas, mujeres en posiciones de poder, que pueden hacer un trabajo sólido, consciente y coherente, igual que ciertos antecedentes masculinos  de construcción de naciones e imperios. Ser mujer en el trabajo. Esa es la cuestión capital de logro y gestión.