MIGUEL ÁNGEL RUBIO OSPINAVulnerabilidad, en tanto humanidad, desnudez ante el otro, es el poeta del canto a mí mismo withmaniano, sin aspiración diferente a contar, a contarse, un  capturador de narrativas al vuelo.

Por: Miguel Ángel Rubio

La literatura sí tiene que servir para algo, será para hacer amigos y para mantenerlos. Muy pocas veces propicia el vicio literario el encuentro de almas que comparten una pasión común: las letras,  la poesía, el relato, la conversa suave, desprevenida, cordial.

En mi caso, la literatura siempre ha sido un ámbito privado que apenas sí empieza a asomarse entre los rescoldos de una tímida crítica literaria y una que otra escaramuza de  análisis de autores y textos.

Pereira es una ciudad hermética en este sentido. Encontrar una charla amena en torno a un café o en una tarde lluviosa es lo más difícil del mundo. Hablar de literatura en Pereira es solo un momento que consiste en una conferencia de un gran autor, o en foros en la Universidad, o en festivales donde “voces autorizadas” deambulan por auditorios vendiéndonos sus verdades librescas. O bien, puede ser el ejercicio más tortuoso del mundo, sentarse a tomar un café, con alguien que ha perdido su capacidad para conversar y solo es un citador automático de libros, autores, ideas ajenas y muy poca reflexión propia. Ese café puede volverse un amargo momento de cita academicista y literatura de cartilla.

Así que uno decide voltear la esquina y guardar silencio. Ya vendrá el momento de charlar de literatura. Por ahora solo queda seguir en el oficio de lector, en el quehacer de la escritura y en la vana cosa llamada vida.

No es el caso de Luis Carlos Ramirez Lascarro. Poeta y cuentista colombiano de residencia esporádica en Pereira, cuya capacidad para conversar hacen de una charla sobre literatura un vallenato digno de escalona o Leandro Díaz. Su obra poética apenas empieza a conocerse en la ciudad y proyecta ser en pocos años como una de las voces más sólidas del país.  En Luis Carlos es fácil reconocer el personaje desparpajado, que va lanzando las cosas con la naturalidad del caso: “entre el Pibe Valderrama y Barrabás Gómez  hay mucha diferencia”. Me lanza perlas  de ese tipo, sorprendentes y traídas de un humor muy fino, pensado, pero rápido, al hablar de la sutil línea que separa la estupidez del talento.

Lascarro, como suele llamársele, nació en Guamal, departamento del Magdalena, en 1984. Se dedica a un oficio profesional que poco o nada tiene que ver con la poesía. O sí. En este cuento cualquier analogía es posible. Técnico en electrónica y estudiante de ingeniera en telecomunicaciones, la poesía en él es su vocación y su manera de hacerse vulnerable en un mundo que siempre nos vigila en casi  todo.  

Vulnerabilidad, en tanto humanidad, desnudez ante el otro, es el poeta del canto a mí mismo withmaniano, sin aspiración diferente a contar, a contarse, un  capturador de narrativas al vuelo. Lascarro es uno de esos talentos costeños que de cuando en cuando se encuentra uno en tertulias, que caminan por la ciudad, inadvertidos, silenciosos, esperando algún cachaco incauto a quien atrapar con un relato.

Ando inmerso en la lectura de su poesía, su primer texto el Guamalero. Memorias de un robavión, del que pronto escribiré una reseña, y que de seguro leeré mientras evoco como Aureliano uno de tantos textos, ese vallenato de 350 páginas, dinastías y juglares, mitos y leyendas en las que los hombres desafían a la muerte con acordeón en mano.

Les prometo un poeta de mochila, un poeta en bolas, de una honestidad brutal y una fácil capacidad de palabra.