No importa el dinero que se tenga, el prestigio o la fama de la que se goce, el nivel educativo que se alcance, el origen étnico o geográfico de procedencia, el color de la piel, la cultura a la que se pertenezca, la edad que se tenga, las mujeres en todo el mundo han sido despojadas de su humanidad y como consecuencia de ello han sido tratadas como “cosas”…

 

Por: Gloria Inés Escobar

Más allá de la espectacularidad y resonancia mediática que han generado las campañas Me Too (Yo También) y Time’s Up (Se Acabó), surgidas en el mundo de las estrellas de Hollywood, estos movimientos son una evidencia más de lo común y corriente que lamentablemente es la violencia sexual de género. Han mostrado que el abuso sexual no es un fenómeno solo de los países pobres o de la gente anónima del pueblo, o de algunas pocas y desgraciadas mujeres. Han dejado al descubierto que el abuso es un fenómeno generalizado que persiste a pesar de las leyes y las campañas en su contra.

No importa el dinero que se tenga, el prestigio o la fama de la que se goce, el nivel educativo que se alcance, el origen étnico o geográfico de procedencia, el color de la piel, la cultura a la que se pertenezca, la edad que se tenga, las mujeres en todo el mundo han sido despojadas de su humanidad y como consecuencia de ello han sido tratadas como “cosas”, y como cosas se las usa de acuerdo a la disposición de quien se cree su propietario: se las insulta, se las controla, se las patea, se las toca, se las aísla, se las adorna y exhibe, se las encierra, se las viola, se las utiliza como instrumento de trabajo… y se las abandona cuando ya no sirven.

Estrellas de cine, presentadoras de televisión, deportistas de alto rendimiento, periodistas reconocidas, escritoras de renombre, líderes sociales… han dejado oír sus voces y han confesado que han sido abusadas sexualmente. Han dicho, nosotras también hemos sido ultrajadas como millones de mujeres en el mundo, cuyos nombres y rostros no aparecen en los medios.

Si se hurga en la vida privada de las mujeres, la mayoría lleva consigo recuerdos de abuso padecido sobre todo en su niñez, cuando aún resultan mucho más vulnerables, en la adolescencia e incluso en su vida adulta. El silencio ha ocultado sus tragedias con las que, sin embargo, han tenido que vivir.

Hay cientos de voces de mujeres que de no ser por miedo, por desesperanza, por falta de apoyo y solidaridad, por incredulidad en el auxilio que pueda prestarle el gobierno y la misma sociedad, por la impunidad de estos delitos, por una sensación de vulnerabilidad inevitable, por sentirse de algún modo culpables (la sociedad las ha llevado a llenarse de culpas), por vergüenza… y por muchas otras razones, se han quedado calladas y no han contado sus historias de abuso y dolor. Sin embargo son otras Yo También.

Ahora bien, dentro de ese numeroso grupo de mujeres abusadas que ha guardado silencio hay muchas que han sido víctimas de un tipo de ultraje del que poco se habla. Me refiero al que se comete bajo la bendición del matrimonio. En efecto, muchas mujeres han sido forzadas a realizar prácticas sexuales que no desean, a tener relaciones que no quieren, han sido violadas porque en contra de su voluntad han sido forzadas a tener sexo.

Para obligarlas a hacerlo se apela a muchas estrategias. Una de ellas, es la del llamado “deber conyugal”, al cual recurren muchos hombres para obligar a sus mujeres a “servirles” sexualmente, amparados por el manto de la religión que tan bien los protege. Otra es la violencia. Otra el chantaje económico y hasta el emocional.

Muchas de esas mujeres, la mayoría de ellas condenadas a la pobreza y a la ignorancia, ni siquiera son conscientes de su situación, pues se las ha educado en el convencimiento que ese es su destino, que esa es la “cruz” que les tocó cargar, que la resignación es la salida. De esta manera, soportan el abuso.

Pero pese a las particularidades de cada caso y al reconocimiento o no de ser abusadas, lo que es común a todas las víctimas de la violencia sexual es la tragedia que llevan dentro, el dolor que de por vida las acompaña y las carcome, el sufrimiento físico y psicológico que les generó el abuso.

Sí, hay millones de mujeres en el mundo con sus vidas rotas, sus pesadillas vivas, su dolor abierto. Algunas han hablado, pero la mayoría continúa en silencio.

Mientras el patriarcado siga existiendo esta pandemia no podrá ser erradicada.