Como todas las regiones mineras, los lugares donde  discurren los protagonistas de Mapa con abejas y tambor están surcados de  principio a fin por las distintas formas de la magia. Y de esos elementos se vale el narrador para proponernos una urdimbre en la que la naturaleza es lenguaje cifrado: las abejas como símbolo del alma y los tambores como agentes de invocación a las fuerzas primordiales que nos mueven.
Por: Gustavo Colorado Grisales
“Todo arde si le aplicas la chispa adecuada”, reza una canción de la banda de rock española Héroes del Silencio, que  podría servir de epígrafe a la novela Mapa con abejas y tambor, del joven escritor risaraldense Jáiber Ladino.
Porque el viejo simbolismo del fuego cruza las ciento sesenta y dos páginas de este libro armado como las piezas de un rompecabezas que, además, supone una  puesta en duda de los límites de la realidad: todo el tiempo el lector está cruzando un umbral que  hace inciertos los géneros literarios como herramientas para aprehender el mundo.
La vida siempre se nos escapa. Y cuando creemos haberla atrapado ya estamos muertos y olvidados.
Si corremos con suerte quedará por ahí un manuscrito abandonado que le hable al mundo de nuestros estremecimientos.
Es el caso de Juanté, a quien la muerte asedia a edad temprana y lo obliga a enhebrar una sarta de palabras para dar cuenta de su paso por el mundo.
El cuaderno Guacamayo es el título de ese relato cifrado.
Su legado puede ser un diario privado, una bitácora, una crónica, una novela o la suma de todos los anteriores.
Y siempre el fuego como gran motivo del relato.
No por casualidad se dice que la danza enciende los cuerpos, la palabra aviva el ánima del mundo y la mística ilumina los recintos más recónditos del corazón.
Mapa con abejas y tambor está tejida a partir de esos elementos.
En lo anecdótico, asistimos a las peripecias de una imagen del Niño Jesús de los pies Esclavos que llega a las costas de América en las manos de la esposa de un buscador de oro atraído por el resplandor de las minas de Marmato.
En el trasfondo está la mística, la voluntad de hacerse uno con  la divinidad que alienta en el fondo de todo sentimiento religioso.
De ahí la presencia constante de la poesía de santa Teresa de Ávila.
Y, gravitando sobre todas ellas, la omnipresencia de la danza.  Cada uno a su manera, los protagonistas de la novela tratan de trascender los elementos meramente folclóricos de los bailes colombianos, para adentrarse en su condición ritual: aquella que los vincula con el origen de los mitos y las religiones.
La danza como invocación a la divinidad. Eso es lo que encontramos en la página ciento diecisiete del libro, al asomarnos al Cuaderno Lorito Guerrero, escrito por Mauricio en su intento por seguir los pasos de su maestro Juanté:
“Se acerca el concurso de Omach. Durante las vacaciones me propuse investigar en torno a dos ritmos que a Juanté le hablaban de su espiritualidad. En las Farotas encontró la farsa para defender a su santa Teresa a ritmo de  carnaval. Y, como un santo necesitado de enfrentarse al demonio, la danza de los diablos espejo le  brindó esa oportunidad. En el viaje, los diablos se me escabulleron. Sólo me  quedan las fotos de una máscara descuidada, de una cabeza de cucamba maltrecha, y de un diablo en una pared que, cuando veo en el álbum, se ríe de mi inexperiencia”.
Como todas las regiones mineras, los lugares donde  discurren los protagonistas de Mapa con abejas y tambor están surcados de  principio a fin por las distintas formas de la magia. Y de esos elementos se vale el narrador para proponernos una urdimbre en la que la naturaleza es lenguaje cifrado: las abejas como símbolo del alma y los tambores como agentes de invocación a las fuerzas primordiales que nos mueven.
El tambor como réplica de los latidos del propio corazón. Un instrumento para seguir los ritmos del mundo. Los de la sexualidad y los de las búsquedas espirituales resumidas en la danza de las abejas, como podemos leer en la página ciento diecinueve:
“Un lenguaje muy sexual y hermafrodita el de este tema. Místico y cierto. Los diablos no son tan malos. Los necesitamos para saber que amamos. Sin diablos, tendríamos la seguridad de hacer lo correcto,  no habría necesidad de discernir. Eso lo odiaría cualquier alma consagrada a Dios. Sin diablos somos abejas que pierden la memoria y perecen en los caminos.”
Para no perder la memoria y perecer en los caminos escribimos o intentamos escribir historias.
Y allí reside la clave de esta novela de Jáiber Ladino, propuesta como un viaje al corazón del fuego.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.
https://www.youtube.com/watch?v=mdpaDIwWrPo