Manizales, en un cruce de caminos, como bien lo sabe el arquitecto Jorge Enrique Esguerra, está debajo de un gran sistema de páramos y cumbres hasta ayer nevadas y con glaciares. Permanece flotando entre neblinas y venteado por airecitos fríos y tibios que bajan del Ruiz y suben desde el Cauca.

 

Por: Andrés Calle Noreña

Acéptenme una palabra como de viajero de bus, de bus de escalera (que por aquí no se llaman chivas), de caminador.  O, cómo sería de maravilloso conseguir un relato de alguien que hubiera paseado chilingüiando en el cable aéreo, hacia Mariquita, hace unos 70 años.  A los expertos los necesitamos y los hay, como Gonzalo Duque y Gustavo Wilches, o León Octavio Osorno, o el jardinero zen, Jorge Ríos.

Gustavo Wilches me preguntaba en estos días qué por qué pasaban estas cosas en Manizales, que aquí había una gran experiencia en manejo de riesgos. Quiero responderle de la manera más sencilla, como quien abre los ojos y observa, contempla, y trata de alcanzar el grado de lo que llaman los japoneses: Mono no aware, el pathos de las cosas. O, con la enseñanza de la letra del pasillo ecuatoriano Invernal: ¡Y en tus ojos hay una devoción infinita para mirar las cosas!

También tenemos que ser críticos y despertar, confrontarnos con las contingencias, como esta semana, viendo el cerro de Sancancio chorreando derrumbes y abajo la gente llorando.

Es muy linda la palabra, y son encantadores muchos lugares que se llaman Entre Ríos, Entrerríos (en Argentina, en Antioquia, etc.). Como Mocoa, que queda entre ríos, y por eso pasó lo que pasó. A Manizales también la cruzan y la riegan ríos y quebradas, rezuma aguas y se emparama de neblinas. Pero Manizales, como en los cuadros japoneses o en los de Gonzalo Ariza, o como en la mitología de los Tule Kuna, queda entre mundos, entre ecosistemas, entre capas interdependientes, en lo que nombraba Félix Rodríguez de la Fuente, el epitelio de la tierra.

¡Por eso hay vestigios arqueológicos de pobladores de más de cuatro, cinco mil años! Porque el trópico de alturas es como un paraíso. Y también es un universo inestable y frágil. Estamos casi curados de temblores, pero ahora es el clima, la lluvia, las avalanchas: ¿qué nos pasa?

Así hemos vivido y podremos morar en el futuro, y no tenemos que pasar “la Aldea encaramada” para ningún otro lado. Aprender a vivir y reconocer dónde vivimos, eso es todo.

Hará unos 150 años que se introdujo en esta región el café, y antes el plátano y todo quedaba entreverado en el monte o debajo del sombrío. Y así vivirían por milenios otros que estuvieron antes que nosotros: con unas habitaciones de guaduas y cañas, como canastos, que son flexibles y no pesan, y según Simón Vélez, son sismo-indiferentes. No había grandes poblados ni estructuras de piedra, población dispersa, como la de hoy en día por las veredas; aprovechamiento vertical de los suelos, cierta errancia, aguas abundosas, y seguridad alimentaria ¡ni se diga!

Manizales, en un cruce de caminos, como bien lo sabe el arquitecto Jorge Enrique Esguerra, está debajo de un gran sistema de páramos y cumbres hasta ayer nevadas y con glaciares. Permanece flotando entre neblinas y venteado por airecitos fríos y tibios que bajan del Ruiz y suben desde el Cauca. Los gallinazos y los parapentistas disfrutan de las térmicas y planean a voluntad. Debajo de la ciudad, por más de un siglo, del que más conocemos y hay datos, tuvimos fincas con cafetales de sombrío y guaduales. Sí había ganadería, pero no tan extensiva ni intensiva. Todo esto se ha ido alterando de manera acelerada y así nos va.

El cafetal sí da mayor rendimiento expuesto al sol, y también se desequilibra el precio, se aumentan las plagas, se saturan los suelos de abonos y metales pesados, se baja el caudal de los ríos, se van los pájaros y se pierden las frutas, la comida, la gente abandona las parcelas, no hay mano de obra para recoger el grano y toda esa historia que conocemos. Y arriba los páramos están sembrados de papa, con pesticidas y abonos, se extienden las ganaderías y los alambrados, se tumban los matorrales de las orillas de las carreteras, de las cañadas; hay minería; tala, han quemado los pajonales y los frailejones.

No tenemos que criar vacas en laderas habiendo llanos; hay especies menores, pescados, que ni los probamos y otras cosas que no son solomitos para cenar.  

Dentro de la ciudad están construyendo por todas partes. Ponen las mangueras a llenar de pantano las cuencas y encima construyen apartamentos. Sí, hay normas y mucha experiencia en sismo resistencia. Pero lo que uno a veces ve, no se imagina que haya tenido curaduría.

De manera afortunada tenemos la reserva de Río Blanco, el Recinto del Pensamiento, El Bosque Popular, Los Yarumos, pero estos espacios tendrían que multiplicarse. También tuvimos ferrocarril y cables. Esto está inventado.

Estamos conmovidos con la magnitud de los desastres y, valga decirlo, con la resiliencia y la generosidad, la solidaridad de los ciudadanos y de los gobernantes. Hay hecho un trabajo impecable. Ahora esperemos que salga fortalecida la sociedad civil y que convirtamos esta respuesta en una cultura de prevención y de cuidado, de decisiones de gobierno y elecciones con más sabiduría. Además, que propongamos un modelo para habitar los trópicos de altura y de ciudades sostenibles, humanas, ecosistémicas y, qué lujo, productoras de arte y de cultura.

El paisaje cultural cafetero es una herencia y una vigencia. Hay que cultivarlo, restaurarlo y reinventarlo.

No podemos dejar crecer indefinidamente las ciudades. Lo sostenible y deseable son las conurbaciones, aquí por lo accidentado del terreno esto se da naturalmente. Para tener ciudades intermedias, poblados y veredas, interconectados, con servicios, seguridad, producción, empleo, abastecimiento de alimentos de la mejor calidad y de provisión cercana. Por ejemplo, podríamos tener un tren de cercanías hasta Armenia, hasta la Pintada; tirar cables dentro y fuera de la ciudad, instalar escaleras eléctricas en las laderas. Llenar la ciudad de parques y jardines, y también de huertas caseras, de paredes sembradas, de techos verdes. Pues claro, privilegiar lo público, que en vez de conjuntos cerrados, con vigilantes y perros, con setos de swinglea y eugenios, tengamos senderos abiertos, mercados campesinos y avistamiento de pájaros.

Todo se ve muy verde y fresco, en esta comarca, pero en realidad hemos perdido casi todos los bosques primarios. Dentro del casco urbano no quedan casi matas de guadua ni árboles importantes, como robles y nogales. El cerro de Sancancio sí está recubierto de rastrojos, pero habría que replantar un monte que fuera apropiado para resistir y contener los aguaceros y deslaves. La potrerización es realmente alarmante.

Ya sabemos de la delicia y de lo sustentable que son los cafés de denominación de origen. Con su acidez característica, que contrario al vino y al aceite, lo hace más deleitoso. Pero deberíamos tener cinco, diez productos, endémicos y foráneos, con un manejo y una elaboración que les otorgaran reconocimiento en la gastronomía y en el mercado. Deberíamos tener no aguas comerciales empacadas en plástico, sino líquido de marca pública, en envases de vidrio, recargables, con distribución gratuita en las escuelas, en los hospitales y hasta en las cárceles. Podríamos tener menos desperdicio de alimentos, reciclar y secar frutas y tratarlas con alta tecnología. Tiene que haber mentes geniales y capitales para desarrollar éstas y muchas iniciativas más.

Para terminar, siempre está lo paradójico. Gonzalo Duque llama la atención y dice que estos deslizamientos tienen causas humanas. Ha habido irresponsabilidad, los políticos han auspiciado y se ha lucrado de la construcción de proyectos inviables, ha habido corrupción, se han perdido recursos y se han descuidado programas. Pero por otra parte, se ha adelantado y se ha consolidado una cultura de la prevención y del cuidado, hay que resaltar iniciativas como la de los Guardianes de la ladera; también encontramos una decidida intervención de los jóvenes, de estudiantes que desde distintas formaciones aportan, con recursos novedosos )ver la línea del tiempo, al final), con tecnología, con el manejo de medios y también con toda su generosidad.

Vale la pena tener en cuenta, como lo dice Gustavo Wilches, el término ‘mitigar’. Es parte de la realidad, no podemos ser tan autosuficientes y nada podemos asegurar, mitigar es apenas lo esperable, tratar de que los riesgos no sean tan grandes, que haya posibilidad de anticiparse, que las catástrofes sean espaciadas, pero está siempre como futuro lo contingente. Tenemos en cuenta la trayectoria antigua de la ciudad y de la región, pero estamos abocados a enfrentar situaciones como el cambio climático, que hará más complejas todas estas situaciones.

Entre mundos, como si fuera un sueño, pero también como una realidad, es la hora de empeñarnos en este proyecto, de hacer de lo endémico, de la paradoja y la fragilidad, virtud, alegría, gozo de vivir.

Estamos en el trópico paradójico y único. Vendrán dificultades, es lo propio del equilibrio inestable, de los ecosistemas irrepetibles. Que las calamidades sean cada vez más lejanas y de menor impacto debe ser el propósito. Que la ciudadanía se vuelque a ayudar y que no se olvide de cuidar, que se mantenga en condición de servicio. Es la hora de convertir esta experiencia en una manera de vivir, en un modelo para la región, para el país. Entre mundos, entre contingencias, en una Aldea encaramada, debajo de los páramos y encima de cafetales y guaduales, los esperamos.

Línea de tiempo de las tragedias en América

Por Carlos Andrés Urrego Zuluaga y Alejandro Higuita Rivera

@mambresimplicio