Sus cifras, de modo superfluo, benefician a Colombia en el número de efectivos armados y experiencia de combate, pero es amable con Venezuela en lo que se refiere a infraestructura militar y tecnológica.

 

Por: Jhon Alexander Herrera*

La guerra sucede como esas cosas que pasan en la vida a las que uno no les presta mucha importancia, uno de repente se ve envuelto por ellas, y llega un punto en el que resulta imposible salir sin encontrar esos extremos sentimientos que impiden hacerlo bien, o salir sin heridas por algún lado.

A la guerra se llega por vías fáciles. Que sean eventuales no quiere decir que sean difíciles de realizar, sino que habla bien del espíritu humano que se esfuerza de forma considerable por evitarla, tan fácil y simple que resulta.

La vida misma es un buen ejemplo de ello. Enojos desabridos que terminan en enormes disputas cuyas causas se remontan en el olvido, pero cuyas consecuencias se mantienen bien presentes en la memoria de sus portadores, que sirven como combustible a la sarta de odios acumulados, unos tras otros.

Entonces, las causas del odio empiezan a carecer de importancia, y las motivaciones se vuelven simples revanchas que escalan los conflictos a peores dimensiones. Los pueblos venezolano y colombiano han tenido en suerte una historia en común que les ha marcado destinos distintos y horizontes de vida nacional bien dispares, pues la figura de un Bolívar Guerrillero, comandante eterno de la ideología venezolana, en Colombia es visto como el padre del partido conservador, mientras que el emblema del nacionalismo colombiano, el salvador, nuestro Santander, para los entendidos venezolanos no fue más que un traidor al ideario libertador.

Parece la teodicea de dos hermanos que buscan a dios con distinto nombre (¿cuál se habrá vendido por el plato de lentejas?). Desde la fundación de estos dos estados nacionales la cosa ha estado más o menos así. Unos llamando traidores al otro, y el otro viviendo del recuerdo fragmentario de un libertador caído en un instante de delirio conservador.

Han aprovechado los peores instantes para darse de jetas, simbólicas, pero siempre regresan, como siempre regresa lo que nunca ha podido partir. Es así como el pueblo venezolano ha llegado a acoger a más de 6 millones de colombianos, y el pueblo colombiano a otros tantos –nunca tantos–.

Las cifras oficiales hablan de un millón ciento setenta mil, pero con las cifras trocheras podríamos estar superando holgadamente el millón y medio. Por supuesto, lejos de los seis millones que en su momento acogió el pueblo venezolano.

Es evidente una rabia creciente por parte del estado venezolano hacia el colombiano, especialmente a partir del año 2009, cuando el gobierno de Uribe firma el tratado con el presidente Barack Obama. Fotografía / Archivo.

Un poco de historia y de dientes

Ahora bien, es importante señalar que la principal causa de conflictos bélicos entre naciones ha estado expurgada desde el principio. Sus límites territoriales han estado claramente definidos y nunca han sido objeto de reclamaciones diplomáticas por parte de ninguno de los dos estados, salvo el eterno conflicto sobre el archipiélago de Los Monjes.

Pero lo anterior no quiere decir que no hayan existidos tímidas menciones de avezados cancilleres venezolanos que se hayan sentido tentados a expresar su deseo de salir al océano pacífico, lo que, en todo caso, nunca ha dejado de ser sólo menciones alegres que endulzaron algunas reuniones sociales, pero que llevadas al mapa siempre señalan esa salida por el Caribe y el Chocó colombiano.

Sin embargo, es evidente una rabia creciente por parte del estado venezolano hacia el colombiano, especialmente a partir del año 2009 cuando el gobierno de Uribe firma el tratado con el presidente Barack Obama como parte de un acuerdo bilateral para combatir el narcotráfico y el terrorismo.

Lo anterior ha supuesto una violación a la soberanía colombiana, lo que curiosamente dentro del país se mira menos por la presencia militar que por la imposibilidad de juzgar a los militares dentro de la jurisprudencia nacional, y se tengan que entregar a su cadena de mando.

Sin embargo, esta acción en Venezuela tiene otras consecuencias, sobre todo si se mira a la luz de declaraciones de senadores estadounidenses, como la de Paul Cordwell, quien afirmó en el marco de las discusiones del tratado bilateral que, para controlar a Venezuela, era necesario ocupar militarmente a Colombia.

Esto, más allá de su efectividad o no, a lo largo de sus 10 largos años de ocupación, por lo menos demuestra que el tema de una eventual guerra contra Venezuela sale de la órbita regional e implica un panorama internacional mucho más complejo que el de la irresoluble pataleta de dos hermanos vecinos.

No se trata, pues, de una guerra entre Colombia y Venezuela, como se quiere ver, sobre todo del lado colombiano, sino de una guerra en la que Colombia sirve como chivo expiatorio y plataforma interventora. Entonces resultan irrelevantes las cifras de cuántos efectivos tenga cada nación para morir por las causas patrioteras o la infraestructura militar de cada uno.

Sus cifras, de modo superfluo, benefician a Colombia en el número de efectivos armados y experiencia de combate, pero es amable con Venezuela en lo que se refiere a infraestructura militar y tecnológica.

De lo anterior, en una eventual guerra con el carácter geopolítico que esta podría llegar a tener, sí es importante destacar los 630.000 efectivos colombianos frente a los 235.000 venezolanos, y la fuerza aérea venezolana, encarnada en los temibles aviones Sukhoi, de los que hace gala permanente el régimen de Maduro, sumados a las muy efectivas baterías antiaéreas rusas cuya efectividad se ha demostrado en el conflicto de Siria.

Frente a estos dos últimos factores, Colombia tiene una flota de 25 aviones supertucano y 30 aviones Kfir, eficientes pero muy viejos, como para hacer frente a la moderna tecnología venezolana, pues los Kfir valen la mitad que el avión más barato de la fuerza aérea venezolana, y 10 veces menos que un Sukhoi.

Lo primero que es necesario precisar, es que el régimen ideológico poco o nada tiene que ver con la causa del conflicto. Fotografía / Archivo

No sería una escaramuza

Sin embargo, vuelvo a reiterar, pensar una guerra en esas dimensiones es olvidar el verdadero alcance del conflicto, y la infusión de intereses geoestratégicos que se juegan allí, que van desde el orden geofinanciero hasta el dominio de la tecnología 5G, pasando por la contención de dos potencias imparables. Todo eso se juega allí, y Colombia poco o nada puede hacer ante ello, a menos que sea el triste observador de su propia desgracia merced a un mayor de edad.

Visto así, analicemos los factores que definen este conflicto como geopolíticamente relevante. Lo primero que es necesario precisar, es que el régimen ideológico poco o nada tiene que ver con la causa del conflicto.

La teoría del ajedrez, según la cual el peligro del socialismo era el modelo multiplicador que se replicaba en sus vecinos inmediatos, es una teoría que lentamente ha ido dejando el departamento de Defensa desde el punto de vista ideológico, pero que le ha servido como justificación y modelo de legitimación para la desestabilización de ciertos países cuyos sistemas necesitan debilitar, sea por efecto de contención de potencias enemigas o por efecto de apropiación de recursos importantes.

Dos casos pueden demostrar lo anterior: Irak y Siria. En el primer caso se trata de la sexta reserva de petróleo más importante del mundo, con un 10 por ciento del total mundial. Por lo que se trata de una intervención con el objetivo de apropiación de recursos.

Pero el segundo caso, el de Siria, es completamente distinto. Siria no tiene siquiera el 1 por ciento de la reserva mundial, y salvo arena y valiosísimas reliquias de la historia del hombre, no tiene mucho más que ofrecer.

Pese a ello, su intervención resultó urgente como forma de contención de la potencia rusa, que defiende sus intereses geoestratégicos de salida al mar mediterráneo a través del puerto de Tartús.

Un tercer caso, el de Libia, es una combinación de los dos anteriores: se apropia de un país con casi 4 por ciento de reservas mundiales de petróleo, pero al mismo tiempo genera inestabilidad en la región del Magreb (el norte africano), impidiendo la consolidación China en la región; recuérdese que China tenía inversiones en la Libia de Gadafi por alrededor de 100.000 millones de dólares. Entonces en Libia se aplica tanto el modelo de apropiación como el de contención.

No como en el caso de Libia, donde sólo China tenía intereses encontrados, o en el de Siria, donde sólo Rusia tenía los suyos. Fotografía / Archivo

En el nombre de la democracia

De tal suerte que cada vez que Estados Unidos pretende actuar en nombre de la democracia, la pregunta de rigor es si se trata de las democracias paranoicas que contienen, o de las democracias arropadoras cuya protección es muy parecida al robo y al saqueo.

En el caso de Venezuela hay una combinación de los factores anteriores y con matices agravantes en cada paso. Primero, en relación a las potencias extranjeras, no se trata de una de las dos emergentes, con cuyo peso individual Estados Unidos ha sabido más o menos derrapar.

No como en el caso de Libia, donde sólo China tenía intereses encontrados, o en el de Siria, donde sólo Rusia tenía los suyos. En el caso venezolano se trata de las dos potencias con los ojos bien puestos y dispuestos a proyectos estratégicos.

China ha invertido entre 10 y 15.000 millones de dólares, que sumados a los 70.000 millones de préstamos ya superan los 80.000 y se acercan a los 100.000 millones que también tenían en Libia, y que, por cierto, no han recuperado tras la diplomática invasión.

Por su parte, la inversión rusa ha sido mucho más mesurada, alrededor de los 7.000 millones, pero con una apuesta geoestratégica que los 100.000 millones chinos no han logrado: ante la falta de liquidez del gobierno de Nicolás Maduro, el gobierno de Putin exigió como garantía la participación accionaria en su empresa más poderosa en el extranjero: Citgo Petroleum Corporation, una refinería de petróleo, subsidiaria de PDVSA, ubicada en todo el corredor estratégico de Texas.

Lo anterior quiere decir que el gobierno de Vladimir Putin es dueño de la mitad de una de las refinerías más importantes de Venezuela, y la más importante en territorio estadounidense.

Rusia en casa, puerta de entrada de espionaje industrial, y un riesgo latente a la seguridad nacional estadounidense, reconocido por el mismo Departamento de Estado. Por cierto, la acción rusa no se ha restringido a esta empresa, pero es el más sonado por su ubicación. Por solo mencionar otro, también se ha hecho con el 40% de Petromonagas.

Sin embargo, el caso norteamericano llama poderosamente la atención, porque es la primera vez que Rusia se encuentra tan cerca de su archinémesis. Lo que no logró por vía de las armas, lo ha conseguido por la vía del comercio.

*Profesor Universidad Tecnológica de Pereira.