“La tenencia de la tierra, el empobrecimiento histórico del campo por cuenta de las políticas de desarrollo rural y el libre mercado, yacen en el corazón de la crisis agraria en Colombia”, según el mismo campesinado.

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Por: Cloro Fila

Pese a que a lo largo y ancho del país hierve la sangre de un volcán que promete estallarnos  en la cara, la Casa de Nariño se entrega a la negación de una emancipación inevitable. Comenzamos siendo no más de 30 sujetos, entre campesinos, universitarios, docentes, ciudadanos del común y, por supuesto, infaltables Judiciales vestidos de civil. Las primeras miradas de los asistentes relataban un cierto desinterés por mediar palabras,  hasta que en unos siete jeeps  en fila india, pasan sobre el trémulo puente del  río Risaralda  cargados de ollas,  plátanos, papa, yuca,  plásticos  y un centenar de indígenas multicolores. Llega la Guardia Indígena a Remolinos a descansar en los aplausos de un público conmovido.

Así se vivieron los primeros momentos de la concentración campesina en la que no hizo falta quién mandara ni quién obedeciera; organizando cambuches unos, recogiendo leña y adecuando cocinas otros, se fueron  distribuyendo las cargas de una protesta represada por años, según sus asistentes. “La tenencia de la tierra, el empobrecimiento histórico del campo por cuenta de las políticas de desarrollo rural y el libre mercado, yacen en el corazón de la crisis agraria en Colombia”, según el mismo campesinado.

Foto: Celine Billard

Foto: Celine Billard

En medio del tumulto estaba Don Efraín*,  un experto en  el arte del machete, quien  relata  a su joven público el día en  que  su abuelo le explicó los 32 disparos del machete. “A las pistolas se les acaban las balas, al machete no”, dice Don Efraín, seguido de una puesta en escena de técnicas de defensa personal con machete: “se coge  duro el machete desde la base, y cuando  el pisco  le tira al cuello,  usted ¡sube!  la peinilla  por el puro filo en dirección a la muñeca y él solito con su propio impulso se corta el brazo”. Los otros 31 disparos fueron interrumpidos por la estruendosa corneta de un tractor en tránsito. Se alzan las manos ampolladas por el trabajo y los miembros curtidos por el sol en un acto solidario de clase.

Este paro agrario ha sido todo un anecdotario social.  Como cada semilla, las ideas tienen un suelo particular sobre el cual aterrar y germinar su historia. Así hay mentes estériles y otras sumamente fértiles; tropicales, si se quiere. Es la impresión que suscita Don  Heliodoro, un viejo que a sus 73 años reparó días antes, sin ayuda de nadie, el viejo refrigerador a fin de procurarse suficientes helados para vender en las sucesivas  concentraciones campesinas, acaso siguiendo la estela de recuerdos que dejó su hijo un día como hoy.

Se instalaron cocinas provisionales sobre una vía tributaria al punto de encuentro, bordeada de árboles rústicos cuyas raíces superficiales formaban bancos perfectos para sentarse a tomar la sombra; fue ahí, al frente, que un vehículo rojo se detuvo de cara al único oficial cuya especial vestimenta delataba su rol, y con holgada tranquilidad acuden a los oídos de quien relata lo siguiente: “fresco coronel,  usted encárguese de la vía que yo me encargo de la seguridad del pueblo”. Acto seguido, el vehículo cierra sus ventanas, emprende la partida y el oficial queda con aire bonachón y rostro sonriente.

La pedagogía del horror

Como en Colombia las líneas que separan al Estado de la mafia continúan diluidas en un  mar de la violencia, no resulta trabajoso concluir que a amplios sectores de la fuerza pública, en particular su Escuadrón Móvil Antidisturbios, se les encomendó la tarea de legitimar a la fuerza, lo que algunos llaman “la pedagogía del Horror”, antecedida por un paramilitarismo de motosierras y fosas que gritan desde el fondo de la tierra. Dicha didáctica consiste, grosso modo, en poner el sufrimiento colectivo y los  restos del “otro” a narrar la  suerte de quienes  osen fastidiar a los señores del Statu Quo. Entre tanto,  hacia el centro del país, en Fusagasugá, es  asesinado Juan Camilo Acosta con  un cañonazo en la cara de cápsulas lacrimógenas, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH).

Así termina una de éstas jornadas de lucha, con olor a sangre, sudor y pimienta,  mientras la indiferencia del masivo demográfico busca respuestas al trancón y los saqueos en  la falsa neutralidad del periodismo oficial, en las fórmulas hipercomplejas de los economistas de gabinete o en la fila de algún banco con aroma artificial y música  “ambiental” de fondo;  pero en el corazón del pueblo colombiano se siguen dando cita el miedo, la esperanza, el odio y el amor.

*Se cambió el nombre de la fuente.