Fuman para espantar el cansancio, el frio, el hambre, la sed y trabajar a una velocidad mayor; como decir: la marihuana es la gasolina que enciende sus motorcitos y no hay quien los apague, ni el mismísimo Cauca endiablado.

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Texto e imágenes por: Andrés Felipe Yaya

La Virginia es un pueblucho mal levantado rodeado de dos bestias insomnes, hambrientas, furiosas: el Cauca y el Risaralda. Dos ríos que buscan la muerte afanosamente en el mar. Dos animales que reclaman su territorio en época invernal, el territorio que un día fue de ellos y que ahora habitamos gozosamente. Nos metimos en sus patios como Pedro por su casa y ya es duro de que nos saque; ¿saque? ¡primero muertos a devolverle lo que le pertenece!… Y lo ha hecho en múltiples ocasiones, tapando casas por completo, sacándonos coroteados en volqueta, echándonos como perros hueveros; nos vamos con la cola entre las patas pero a los quince días volvemos para saber quién manda a quien y dejarnos de tanto problema. Y digo que es un pueblucho mal levantado porque a quién se le ocurre poblar el espacio que va dejando un rio a medida que el tiempo trastabilla delante de nosotros, con casitas de esterilla y bahareque, como quien dice “¡túmbanos la casa si es que podés riíto  hablador! ¡Muéstranos la U que llevás en las entrañas! ¿o solo correr es lo único que sabés hacer?”.

Pero dejando atrás como párrafo olvidado la pelea entre río y pobladores, voy a hablar de las personas que sobreviven de las dos bestias con pelajes de agua, más o menos unas doscientas que madrugan a diario a extraer de sus entrañas arena como oficio que les genera un estado de vida y que reciben el calificativo de areneros. Siempre se los encuentra uno, a cualquier hora del día, cuando contempla el Cauca desde el Puente Nuevo y el Puente Viejo; los ve uno a la orilla del río con sus espaldas coloradas, brillosas por el sol, paleando de forma casi mecánica. Allá abajo como criaturas infernales, bajo un cielo que se quiebra a sus espaldas. Siempre me imagino lo cruel de su oficio, el desgaste físico que genera: uno madrugar a las tres de la mañana a sumergirse en las profundidades del río, a la hora en que los muertos empacan sus maletas para regresar a su vida, es decir, a la muerte; a la hora en que el agua corre más rápido como escapando del despertar del hombre.

Con un balde de cinco kilogramos de peso se lanzan a extraer arena y después verterla en una canoa y trabajar en ese estado toda la madrugada y a eso de las seis de la mañana remar  hasta la orilla para descargarla y comercializarla a precio de huevo. Y seguir el resto de la mañana, la tarde, la semana, como la mecánica social que todos cargamos a cuestas.

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Algunos días realizo cortas caminatas a la orilla del Cauca por el sector de Puente Nuevo y ahí están los areneros, confundidos entre el humo de la marihuana y el humo de las volquetas. Fuman para espantar el cansancio, el frío, el hambre, la sed y trabajar a una velocidad mayor; como decir: la marihuana es la gasolina que enciende sus motorcitos y no hay quien los apague, ni el mismísimo Cauca endiablado. Los contemplo a todos como máquinas que no conocen el dolor del pellejo y en instantes pareciera que mi cuerpo fuera una máquina inservible.

Todos trabajan sin camisa, descalzos y con pantalones que llegan hasta las rodillas: mochos. Todos son iguales. Sé que hay en ellos centenares de historias que nunca han salido a flote. ¿Cuántos muertos que el Cauca carga han visto pasar sus ojos? No me place pensar más en ello porque el sentido de la pérdida termina en contra de uno mismo, hasta exterminarlo, y no es necesario empezar antes de tiempo. Sus ruidos, voces, silbidos, son como corazones de muertos que palpitan en el fondo de las aguas pantanosas del Cauca, son estruendos que a cada uno le pertenecen porque salen de sus bocas y no hay quien haga de su algarabía un silencio.