ADRIANAGONZALEZCOLUMNAUna ciudad cuyos gobernantes se preocuparan con sinceridad y seriedad de lo que sucede en su territorio, habría ameritado un “Consejo de Seguridad” para tomar medidas urgentes y a largo plazo con el fin de derrotar la inseguridad…

Por: Adriana González

La semana pasada salió por un importante medio de comunicación de orden nacional la noticia de que tres ciudades colombianas se encontraban en el ranking mundial dentro de las 50 más violentas del mundo; estas son Cali, Palmira y Pereira.

Según la ONG mexicana “Seguridad, Justicia y Paz”, que se dedica a realizar un análisis de las ciudades del mundo con más de 300 mil habitantes y con el número de homicidios más altos por cada 100 mil, ubica a Pereira desde el año 2011 dentro de las primeras cincuenta, léase bien: (50) más violentas del mundo. Esto es, que de cada cien mil habitantes en Pereira asesinan 32 personas al mes.

Las cifras son escandalosas por sí mismas, más escandaloso aún que llevamos cuatro años consecutivos dentro de este mismo ranking o análisis simple, que resulta de la información oficial en la cual se conocen las estadísticas de los números de homicidios por cada 100 mil habitantes –como se registra mundialmente–, pero más escandalosa es la actuación de las autoridades locales para enfrentar el problema.

Una ciudad cuyos gobernantes se preocuparan con sinceridad y seriedad de lo que sucede en su territorio, habría ameritado un “Consejo de Seguridad” para tomar medidas urgentes y a largo plazo con el fin de derrotar la inseguridad que se cierne sobre sus habitantes. Sin embargo, el silencio sepulcral de la nueva Administración deja un enorme sinsabor y unos interrogantes concretos.

No se llega a ser una de las ciudades más violentas del mundo porque sí. Esto es producto de una larga y grave descomposición social que no fue atendida a tiempo por sus dirigentes, una notable falta de oportunidades para quienes viven en los sectores más deprimidos de la ciudad y unos niveles de exclusión y marginalidad que solo se tienen en las urbes del mundo infradesarrollado.

Pero como dirían los españoles en su eterno estado de conformismo: “es lo que hay”. Así que al nuevo Alcalde de la ciudad, le correspondió gobernar  con “lo que hay”, una de las ciudades con los índices más altos del país en: desempleo, pobreza monetaria –esto es, dinero contante y sonante– y de pobreza extrema, y sin duda ahora con la cruz a cuestas de una de las 50 ciudades más violentas del mundo.

¿La solución es entonces pintar –para que los ciudadanos imaginemos– carriles bicis en las carreras 7ª y 8ª?, ¿quitar algunas zonas azules? y ¿lavar las calles de la ciudad con agua recién limpia del relleno sanitario de “Combia”? Los abuelos decían: “en el desayuno se sabe lo que será el almuerzo”. Esperemos que el almuerzo de los pereiranos pueda tener más contenido calórico que lo anunciado en el raquítico desayuno.

Por eso los cambios no pueden ser cosméticos, la ciudad tiene problemas graves que deben solucionarse con propuestas y acciones estructurales.