El municipio de Marmato (Caldas, Colombia) es una de las mayores reservas de oro del mundo. Calculada en miles de millones de dólares según las multinacionales que hoy explotan sus recursos, desde la época de la conquista hasta la actualidad el preciado metal ha sido la causa de enfrentamientos, situación que ha motivado un conflicto por la tierra y por la vida de sus habitantes durante casi 500 años.

 

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Texto y fotografías por: María Paz Gómez

Hay un pueblo en el Eje Cafetero colombiano que parece pertenecer a esa estirpe condenada a cien años de soledad y conflictos. Conocido como “El abuelo de Caldas”, Marmato es tan antiguo como Cartagena de Indias y cuenta con una historia centenaria por ser uno de los primeros pueblos fundados en el país (1537).

Al pisar sus calles empedradas y sus carreteras de tierra, se camina por la historia de un territorio que ha estado en disputa desde la época de la conquista, cuando la comunidad indígena y posteriormente la afrodescendiente, proveniente del tráfico de esclavos africanos, vivieron el sometimiento y el violento saqueo del oro con el cual la corona española costeó sus guerras europeas desde el siglo XVI.

El mismo oro que hoy se extrae de sus montañas hace unos 500 años era un elemento sagrado para los indígenas Cartama. Para nuestra cultura ancestral el oro era conocido como “la piel de dios”, dándole un profundo valor religioso y un uso ritual. Con el metal precioso colgado sobre su piel, los indígenas sentían que un espíritu divino guiaba sus pasos sobre la tierra. Sin embargo, la suerte corrida por los habitantes de esta zona no fue distinta a la de otros indígenas de todo el continente. En un documento del archivo del Banco de la República puede leerse que para 1625 la extinción de los Cartama se había consumado en Marmato, según evidencias de los dueños de las minas de la época.

Hoy, la historia parece repetirse con ligeras variaciones. Este territorio, que bien podría ser el que inspiró la leyenda de El Dorado colombiano, es un lugar en el que la imaginación y la realidad se confunden, igual que se confunden el delirio y la codicia humana. Un lugar para ser narrado en clave de realismo trágico y de realismo mágico colombiano, al llevar a cuestas la memoria de nuestro pasado, marcado por el yugo español y un presente donde el oro sigue siendo causa de muertes y desafueros, ante la mirada indiferente y cómplice del estado y las autoridades.

Plaza principal de Marmato.

Cambiando oro por espejos

Los marmateños denuncian que hace 10 años una multinacional llegó a apoderarse de sus tierras pagando menos del 10% de su valor real, lo que permitió que la firma minera canadiense Gran Colombia Gold (GCG) se adueñara de casi el 80 por ciento de los títulos de la montaña de oro. Esta multinacional, a través del gobierno nacional y con apoyo de las fuerzas del Estado colombiano, ha utilizado sistemáticamente estrategias de violencia para desalojar a los mineros y habitantes de Marmato, quienes se oponen a dejar que la compañía realice labores extractivas de megaminería a cielo abierto; situación que incrementaría el valor de las acciones de Gran Colombia Gold en la bolsa de valores de Canadá, al módico costo del éxodo de un pueblo y la extinción de un municipio ancestral colombiano. Así lo denuncia Nelson Enrique Deossa, el fiscal de la Asociación de Pequeños Mineros de Marmato:

“Ellos [multinacional y gobierno] nos quieren sacar de las minas a la brava, con armas y violencia. Nos han puesto muchas veces entre la vida y la muerte, como cuando se metió el Esmad con sus tanquetas para desalojarnos de nuestras tierras. Ese día el gobierno dijo no al dialogo y sí a la guerra, pero nosotros no somos criminales, somos mineros tradicionales”.

Los hechos se remontan al año 2013, cuando movilizados por el Paro Nacional Minero, los marmateños decidieron expresarse contra la minería trasnacional. Unos 300 efectivos del Escuadrón Móvil Anti Disturbios (Esmad) y tres tanquetas ingresaron a Marmato para proceder con el desalojo violento, dejando como resultado mineros heridos y muertos.

Nelson es un “guachero” (minero artesanal) y desde los 12 años ha trabajado en una mina. Ahora tiene poco más de 30 años, su rostro sigue conservando un gesto jovial y pícaro, pero su voz en cambio tiene un tono excesivamente envejecido. Las palabras salen de su garganta roncas, casi heridas. Probablemente se trata de una afección por el deterioro físico que implica estar expuesto a químicos como el cianuro y diversos gases producto de los estallidos de pólvora en minas, a cientos de metros de profundidad.

Él, al igual que los habitantes del pueblo, resistieron aquel día el ataque del Esmad y se negaron a abandonar el lugar. Lucharon contra cientos de uniformados que intentaban disuadirlos, pero fueron las fuerzas estatales las que se retiraron. Existen numerosas reseñas periodísticas al respecto relatando los hechos, pero cuando se apagó el foco mediático la historia pareció caer en el olvido.

En aquella ocasión el pueblo se salvó, pero no fue la última ni la única de las batallas que han enfrentado para evitar ser desalojados de su territorio por la multinacional minera Gran Colombia Gold, que continúa con sus intenciones de explotación a cielo abierto, con las consecuencias ambientales, sociales y culturales que eso implicaría para el histórico pueblo caldense, también llamado el “Pesebre de oro de Colombia”.

En marzo de 2017 la revista Semana en su versión digital tituló: “Mineros artesanales ganan pleito a multinacional Gran Colombia Gold”. A su vez anunciaba la multimillonaria demanda por 700 millones de dólares que interpondrá la compañía canadiense, que no parece darse por vencida para conseguir sus planes de extracción a cielo abierto. En un informe reciente, presentado ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos sobre el impacto de la minería canadiense en América Latina, hay un apartado dedicado a Marmato en el que puede leerse:

“El Proyecto Marmato, de Gran Colombia Gold Corp., es un proyecto de mina de oro y plata a cielo abierto para el cual se quiere desalojar completamente el casco urbano, lo que implicaría la reubicación y el desplazamiento de más de 5.000 habitantes. Esta situación llevó a que el referido municipio se sumara, en agosto de 2012, a las movilizaciones nacionales en contra de la minería trasnacional y a que el 17 de julio de 2013 se declarara el paro minero en Marmato con la participación de 3.000 mineros”.

La actual disputa por el territorio, entre comunidad, Estado y empresa multinacional, tiene sus inicios en el año 2005, cuando un gran derrumbe en la parte más alta de la montaña de Marmato llamó la atención de los organismos de rescate y de los economistas por igual, al conocerse las potencialidades mineras de la zona, rica en reservas de plata y oro. Ese mismo año el municipio fue declarado en zona de riesgo por parte del Estado, al tiempo que ingresaba una empresa multinacional minera a la región.

“Esa fue la excusa que usaron para sacarnos y dejarle las cosas fáciles a la multinacional. Además, al pueblo casi lo dejan acabar porque cuando lo declararon en riesgo, el gobierno dejó de asignar presupuesto y recursos públicos a Marmato”, comenta con indignación un joven minero, mientras descansa a la sombra de un árbol. Fuma un cigarrillo y continúa narrando detalladamente la historia con rabia, pero también con el orgullo que nace de la rabia, porque pese a las presiones y a la violencia sistemática los habitantes se han resistido a abandonar su paisaje y su cultura, construida en torno a la tradición minera más antigua de Colombia.

Web de Gran Colombia Gold. En: www.grancolombiagold.com. Visitada en febrero, 2017

Este lugar ancestral parece estar paradójicamente condenado por sus virtudes, porque debajo de los pies se encuentra su fortuna y su condena: una de las mayores reservas de oro del mundo. Algunos afirman que es la tercera, después de India y Brasil, y su valor se calcula en miles de millones de dólares. En los títulos que posee la multinacional canadiense GCG se anuncia a Marmato como una “Montaña de oro con 14 millones de onzas en reservas”.

Sin embargo, en los alrededores del pueblo hay barrios que carecen del sistema más básico de aguas y alcantarillados, la escuela y el hospital no cuentan con la infraestructura adecuada y la carretera que atraviesa el lugar es una trocha por la que pasan en un tránsito lento, pero constante, burros, caballos y motos, que son los principales medios de transporte para mineros y habitantes.

Mina artesanal en Marmato, una de las tantas que hoy son perseguidas.

 

A 600 metros bajo tierra

“Este es el pueblo más rico y más pobre de Colombia”, comenta Jesús Gallego, miembro del Comité Cívico Pro-defensa de Marmato. Es criminalista de profesión y trompetista por vocación, pero después de cursar sus estudios superiores decidió regresar a Marmato para trabajar en labores de minería artesanal, un oficio que heredó de su padre, quien le enseñó que debido a la tierra fértil en oro nadie se acostaba con el estómago vacío en el pueblo.

Pero esta labor extractiva es una actividad de alto riesgo; los mineros se juegan la vida detrás de un sueño. El interior de una mina puede ser uno de los lugares más peligrosos y una de las experiencias más difíciles de enfrentar para quienes entran por primera vez. El encierro mientras se avanza a 600 metros debajo de la tierra, el poco espacio, la falta de oxígeno, el calor y los gases que circulan en los túneles, así como la utilización de químicos como el cianuro para el proceso de extracción, pueden opacar el ánimo de cualquier valiente. Hay otros que logran entrar pero no vuelven a salir, como casi le ocurre a Jesús, quien en dos ocasiones se quedó atrapado en una mina: “Ser minero tampoco es fácil. Yo me he quedado atrapado en las minas pasando 16 o hasta 24 horas esperando a que me destapen. En momentos como esos uno no sabe si van a venir a sacarlo a uno, o si cuando lleguen ya esté muerto”.

En la mina se encuentran trabajando por igual campesinos, profesionales y jóvenes universitarios, que encontraron en esta actividad aquello que el campo o la vertiginosa ciudad no les ofreció: una fuente de ingreso y sustento para sus familias.

Pero Marmato no solo es un pueblo lleno de oro, también está lleno de historias. En la plaza principal no se encuentra la habitual estatua de un prócer de independencia, ni una figura religiosa. Entre las efigies allí expuestas está un minero, la estatua de una mujer negra que honra a la población afrodescendiente -que supera el 50 por ciento, según cifras del DANE (Departamento de Estadísticas)- y la imagen de una bruja, que según la leyenda aparece en los ríos del pueblo, decretando que aquellos que beban estas aguas quedarán prendados para siempre de este lugar.

Marmato, una montaña de oro que no ha podido ser consumida en 500 años de historia y explotación sin descanso.

@Pazggomez /paz985@gmail.com