Reconocida como una prioridad por ambos candidatos, Santos y Zuluaga sin embargo  tienen una visión bastante reducida  sobre qué es la educación, cuáles son sus papeles y cómo mejorar su calidad y asegurar su equidad en un país como  Colombia.

Por: Alfredo Sarmiento*

“El tratamiento igual al cordero y al león es opresión”

William Blake

Debate presente pero insuficiente

Si se enfrentan con decisión, perseverancia y capacidad de consenso, las crisis son ocasiones para identificar problemas, para encontrar oportunidades y para aprovecharlas. En lo que respecta a la educación, el primer avance importante en las dos campañas presidenciales es reconocer su papel central en el logro de los objetivos básicos de Colombia.

En el discurso del presidente- candidato la educación ha aparecido como “la mejor herramienta para erradicar la pobreza”, y Óscar Iván Zuluaga por su parte ha dicho que “es fundamental replantear el modelo educativo para lograr encadenamientos productivos que generen competitividad en el largo plazo”.

Las dos campañas han mostrado avances en la comprensión del problema, pero haría falta que   amplíen y precisen sus objetivos, y que sean más explícitas en el compromiso con los recursos destinados a la educación, respondiendo preguntas como:

  • ¿Qué porcentaje del PIB le será dedicado?
  • ¿Cómo se logrará que todas las personas accedan a los recursos, la información y la orientación comparables a las que hoy tienen los estratos altos?
  • ¿Cómo se hará para que interactúen los alumnos de diferentes niveles socioeconómicos y condiciones heterogéneas en cuanto a origen étnico, regional, capacidades y  condiciones de vulnerabilidad?

Edificio de Ciencia y Tecnología de la Universidad
Nacional de Colombia, Sede Bogotá.
Foto: M. Ewert

Educación para el desarrollo humano

Más allá de las propuestas coyunturales, lo que realmente debería importar es el cumplimiento de la promesa de acceso universal al conjunto de derechos civiles, económicos, sociales, culturales y ambientales, que se han identificado en más de 300 años de discusiones y acuerdo globales y que en Colombia fueron consagrados por la Constitución de 1991.

En efecto: el objetivo de las políticas públicas no es la acumulación de riqueza ni el crecimiento económico, sino el desarrollo humano.

El comportamiento de la economía colombiana entre 2005 y 2008, cuando hubo tasas especialmente altas de crecimiento al mismo tiempo que aumentaba la pobreza extrema (léase hambre) en el sector rural, muestra cómo el verdadero reto consiste en orientar el desarrollo de manera que la gente sea el fin y no el medio.

En países que han logrado tasas de crecimiento altas y sostenidas se dan dos tipos diferentes de políticas: unas que se traducen en niveles elevados de desarrollo humano, como es el caso de los escandinavos; y otras, como algunos países árabes, donde el crecimiento económico no se ha traducido en buen desarrollo humano.

La eficacia y la calidad de la educación no deben verse entonces solo como instrumentos para el crecimiento económico y el aumento de los ingresos, sino como herramientas para formar personas críticas con altos niveles de preparación, agrupadas en redes y equipos de investigación capaces de desarrollar tecnologías innovadoras y aplicables.

La experiencia de varios siglos ha demostrado que no son solo los recursos naturales, ni el capital en sus diversas formas, lo que logra la competitividad de un país: es la capacidad de crear, absorber y aplicar ideas entendidas como nuevos materiales, nuevos instrumentos y nuevas formas de organización, más eficaces y menos costosas.

Para mejorar la educación es necesario promover en serio la investigación, la colaboración  estrecha entre las empresas con mayor desarrollo tecnológico y las universidades, así como la cercanía institucional con los centros universales del saber y la investigación.

 

Educación en sociedad

En cuanto a los caminos para lograr una educación de buena calidad ha habido ciertamente un avance, y la participación en las pruebas internacionales (pese a los pobres resultados del país) ha permitido identificar las lecciones que ofrecen otras sociedades.

El ejemplo de Finlandia y los países orientales mostró la importancia del docente y la necesidad de convertir este ejercicio en una profesión con alta valoración social. Los estudios de la Fundación Compartir constatan que en el caso colombiano la docencia está lejos de ser altamente valorada y propusieron unas directrices que han sido acogidas por las dos campañas.

Sin embargo aquí también es necesario ampliar la perspectiva. Dado que la educación como elemento central del desarrollo tiene dimensiones que van más allá del conocimiento, ella no se agota en el colegio ni es determinada solo por la acción del docente.

Como ha demostrado el premio nobel de economía James Heckman: “las desventajas en el nacimiento son la mayor fuente de desigualdad…Pero estas desventajas se pueden compensar y superar por una educación que además del conocimiento forme el carácter, la personalidad, la sociabilidad y la perseverancia”.

En las campañas todavía se habla de la educación desde las instituciones escolares, dentro de ellas y reducidas a la adquisición de conocimientos. Pero hay que entender que la educación de calidad es un reto para toda la sociedad y exige una estrategia que complementa la actividad del colegio con la de las familias, los medios de comunicación, los empleadores y la comunidad en su conjunto.

Las propuestas como la jornada de ocho horas diarias, mejorar la infraestructura o universalizar la educación básica, son importantes como la parte de la educación que aporta la institución educativa; pero educación de alta calidad es mucho más que esto.


Clases de sistemas y computación en un colegio
de Cartagena.
Foto: Ministerio TIC Colombia

Educación para la democracia

Formar comportamientos colectivos éticos y respetuosos de las instituciones, así como desarrollar la capacidad crítica para reconocer logros y errores son elementos centrales en la educación de calidad. Sin embargo, este no es objeto de ninguna asignatura.

El manejo democrático de la autoridad, tanto para ejercerla como para obedecerla, se aprende desde la familia, y una autoridad sin apelación, sin capacidad de recibir críticas, es uno de los grandes problemas de nuestra sociedad. Está en el origen y el resultado de todas las violencias.

La capacidad de convivir, de identificar y resolver los conflictos sin insultar, ignorar, mentir o irrespetar al contrario, se aprende en el intercambio dentro de la familia, del colegio, del vecindario, de los medios de comunicación, de los políticos y de la forma de hacer negocios en la sociedad.

Ejemplos colombianos como la Escuela del Cuerpo de Cartagena, el programa Batuta en Manizales y otra varias ciudades, la forma de gobierno escolar de la Escuela Nueva, o los programas para el manejo del matoneo en Cali, Antioquia y Bogotá, han demostrado que la autoestima, la participación democrática y el manejo racional de la autoridad se aprenden no por la cantidad de horas dedicadas a cívica o ética sino por el ejemplo diario de los comportamientos colectivos.

Los comportamientos colectivos tocantes al ejercicio democrático de la autoridad, al respeto de las personas y  a la identificación y superación pacífica de los conflictos deberían estar en el centro de las políticas públicas en Colombia.

Tener universidades bien financiadas y de alta calidad es, por supuesto, una necesidad de todos los países. Pero el problema colombiano actual consiste en que muy poca gente llega a la universidad.

Permitir que los jóvenes puedan conectarse con el mundo del trabajo a través de la formación técnica en asocio con el SENA es una buena solución de corto plazo, pero lo que importa realmente es que en todas las instituciones de educación superior existan puentes para que cada quien pueda obtener el nivel de formación a que aspira, de acuerdo con sus capacidades, circunstancias y preferencias personales.

La educación promedio de los colombianos mayores de 15 años es de siete años y medio, la misma que tenía Estados Unidos al final del siglo XIX. Poca educación y de mala calidad es la mejor forma de reproducir una sociedad inequitativa.

La inequidad explica la mayor parte de las ineficiencias de un país porque, según el Informe de desarrollo mundial del Banco Mundial del 2006, “se desarrollan proyectos mediocres a costa de proyectos rentables”, lo cual produce instituciones débiles y “la inequidad excesiva y las instituciones débiles pueden incentivar el crimen, la violencia, la inestabilidad y los conflictos políticos”.

De manera que superar la inequidad es la piedra de toque para saber si la sociedad ha sido capaz de formar las nuevas generaciones con educación de buena calidad.

Pero logar superar las desventajas de nacimiento, que Heckman identifica como la cusa de una sociedad inequitativa, exige tratamientos diferenciales según las características de la población.

Este es otro aspecto que las campañas reconocen: la necesidad de graduar las estrategias acondicionándolas a las características de distintas poblaciones para que su educación les permita alcanzar de manera autónoma los logros que consideran valiosos.

Si se quiere educación de calidad no se trata de disminuir las exigencias para los más pobres sino de encontrar estrategias de compensación. Entre más temprano, mejor, para que puedan superarse las desventajas y se pueda competir en condiciones de igualdad.