El mundo de los jóvenes, el mundo de las TIC

Nativos digitales, “prosumidores” mediáticos y “amigos” que trinan: los habitantes de Cyberia son una multitud activa de identidades fluidas, más conectadas que comunicadas, que comparten su profunda soledad. German muñoz tecnologia campus party

Asistentes a Campus Party. Foto: Medellín Digital.

PorGermán Muñoz González * / Razón Pública

Nativos de Cyberia

En América Latina los jóvenes entre 15 y 29 años suman más de 100 millones,  de los cuales solo el 21 por ciento tiene un empleo formal y 24 por ciento no estudia ni trabaja [1].

Colombia ha sido el país donde Internet y la telefonía celular han tenido una mayor penetración. Los jóvenes —cerca de la cuarta parte de la población— han incorporado la cultura digital a su vida cotidiana. ¿Cómo comprender a esta “generación perdida” que vive “conectada, pero en soledad”? (Ver video Turkle)

Los menores de veintiún años constituyen la primera generación que ha nacido y crecido en Cyberia: son los ‘hijos de Internet’, que han pasado menos de 5.000 horas de sus vidas leyendo, pero más de 10.000 horas ocupados en juegos de video, por no hablar de otras 20.000 horas viendo televisión… y ni imaginamos cuántas chateando. Forman parte esencial de sus vidas los juegos de ordenador, el correo electrónico, Internet, los teléfonos celulares, la mensajería instantánea, Facebook…

Han nacido en contextos de precariedad, desencanto, violencia, consumo exacerbado, desigualdad e incertidumbre. Viven en medio de la inestabilidad, obligados a aceptar ocupaciones sin contrato ni derechos sociales, enfrentados a la dura competencia del mercado, forzados al ‘rebusque’ permanente mediante comercios denigrantes y actividades para–legales.

Estas condiciones de vida los llevan a desafiliarse de las instituciones, a perder el sentido de la vida, a la soledad… Permanecen como estudiantes eternos, porque nunca encuentran un trabajo decente. En consecuencia, no pueden fundar su propia familia ni acceder a la autonomía, porque viven en situaciones de riesgo insoportable.

Cambios culturales ocurridos después de la Segunda Guerra Mundial —como el ‘Bogotazo’ en Colombia— produjeron un verdadero sismo entre los jóvenes y sus padres: dividieron el mundo en dos campos generacionales opuestos.

Los antecedentes se remontan al siglo XIX con el nacimiento de la industria del entretenimiento masivo que apuntaba a una clase media urbana con recursos económicos y tiempo para el ocio, donde surgió el mercado de la diversión juvenil: music hall, fútbol, salas de juegos y baile, magazines, moda y cine.

La convergencia digital produce hoy dramáticos impactos sobre la vida de los jóvenes: los smartphones definen modelos para establecer, cultivar y mantener las relaciones sociales. Provocan una sensación de independencia y permiten el acceso a toda una red de amigos, a quienes se lleva consigo, sobre todo mediante la mensajería interactiva de texto, forma ritualizada de crear confianza y reciprocidad. También se han convertido en medio de auto–expresión, símbolo de estatus y forma de proyectar la identidad.

 

Conexión en vez de comunicación

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El potencial económico es inmenso. Gracias a Internet crecen las ‘comunidades virtuales’. Muchos teóricos  — Levy, Rheingold, García Canclini — celebran el potencial de la comunicación electrónica, su capacidad de crear espacios para formas de identidad nuevas, múltiples, experimentales…

También previenen acerca de sus efectos nocivos y no deseados: el paisaje mediático se ha pluralizado, la esfera pública ha sido reemplazada por el grupo objetivo, por la contra–economía del nicho propio, por las infinitas formas posibles de indignación.

Actuamos y consumimos en tiempos diferenciados, con intensidades particulares, desiguales. Los jóvenes resisten en medio de la constante “devaluación” de la agencia, en el escaso espacio abierto para reorganizar permanentemente su propia biografía.

Podemos acordar que los jóvenes poseen ‘agencia’, particularmente en su manera de usar las nuevas tecnologías, es decir: allí ‘pueden actuar diferentemente’, tomando decisiones contingentes[2].  Los jóvenes actúan y toman decisiones en forma permanente, en aquellos ámbitos donde ellos o ellas tienen gobierno, como es el caso de las TIC.

Según Lorenzo Vilches, las audiencias clásicas y los espectadores pasivos de la televisión han emigrado hacia el ciberespacio y se han convertido en usuarios, que exigen servicios en lugar de esperar mensajes pre–elaborados.

Para ellos la conexión es más importante que la comunicación: a través del celular hablan, juegan, hacen fotografías, ven televisión, guardan archivos, consultan la agenda. Pero obviamente, no se convierten sin más en creadores y escritores.

 

Multitud, no masa

Las nuevas tecnologías permiten entrar en contacto con otros usuarios y otras formas sociales de consumo activo. Sin embargo, la formación de comunidades en las redes, la gran cantidad de contenidos disponibles, la facilidad de acceso en ciertas zonas geográficas y la nueva organización y control de la información exigen una atención especial a la participación democrática.

Los llamados nativos digitales por Marc Prensky[3] han nacido con la red, establecen una relación imaginaria con sus coetáneos de todo el planeta, con las modas culturales, consumistas, musicales, etc., entrando así en circuitos globales, incluso antes de haber formado una sensibilidad localizada y conectada con su entorno social, político y cultural.

El yo-personaje que chatea sin descanso en Internet es una subjetividad que desea ser amada, que busca desesperadamente la aprobación ajena, y para lograrlo intenta tejer contactos y relaciones íntimas con los demás, que deben hacerse visibles. La línea divisoria entre el yo privado y el yo público es cada día menos evidente… Todos los atajos para llegar al hall de la fama y la felicidad espectacular son válidos; lo que importa es ‘ser alguien’, según Paula Sibilia [4].

Para nombrarlos, Antonio Negri [5] utiliza el concepto de multitud, diferente de pueblo y de masa. El pueblo es siempre representado como una unidad, mientras que la multitud no es representable. Opuesto al concepto de pueblo, el concepto de multitud es el de una multiplicidad singular.

Debemos igualmente oponerlo a la masa y a la plebe, que frecuentemente han sido palabras empleadas para nombrar una fuerza social irracional y pasiva, peligrosa y violenta, fácilmente manipulable. La multitud, en cambio, es un actorsocial, “una multiplicidad que actúa”.

Los jóvenes podrían entenderse entonces como una multiplicidad de sujetos que se caracterizan por sus singularidades productivas y cuya potencialidad es decir, aquello que les permite constituirse a sí mismos sería una fuerza mutante: “…se comunican, colaboran y actúan en común” [6].

La multitud constituye un potencial para la resistencia: es decir, es un poder político potencial que se manifiesta en los diversos movimientos juveniles, que pasan a ser un sujeto político en el ejercicio de su libertad individual y en una perspectiva de liberación colectiva.

 

La identidad: un bien en circulación

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Por otro lado, los niños, niñas y jóvenes interesan a la economía como un grupo de consumo distinto: el prosumidor según Toffler, ensamblaje de consumidor y productor a la vez, afectado por la segmentación creciente de los mercados y las audiencias, por los efectos de los poderosos medios, por las agendas políticas plurales.

La novedad estaría en el joven que antepónde la diversión, el placer y el logro de sus deseos personales. Se trata de un nuevo grupo de consumo, con un grado de autonomía e independencia desconocido hasta ahora. Los jóvenes han sido representados como gozosos consumidores de moda y toda una gama de actividades de ocio o de rumba.

Estos consumidores alimentan sus universos de sentido gracias a su relación con los objetos — materiales y culturales — que circulan por las redes del mercado y de los medios masivos; poseen capitales culturales específicos; están determinados según su pertenencia a clases sociales y otros grupos, y además pueden ser clasificados y promovidos según sus posibilidades y modalidades de acceso a los bienes.

Desde esta perspectiva la identidad es uno de los bienes en circulación, definida por las labores de acceso y reapropiación y, representada o puesta en escena según los ‘estilos’ en boga.

Los jóvenes tendrían en común la capacidad de autogestionar sus relaciones colectivas y la precariedad para construir un yo. Buscan intensamente “amigos” con quienes compartir la soledad, aunque sólo sea en la ficción comunicativa que producen los “trinos” de 140 caracteres en Twitter.

Sospechamos, entonces, que están emergiendo nuevas formas de Yo con las siguientes características:

a. subjetividades que se ofrecen a la mirada pública en un show impúdico;

b. relatos que convierten su vida en permanente narrativa;

c. donde se desvanece lo público y el yo queda confinado a la esfera privada;

d. donde todo es visible y se eclipsa la interioridad;

e. que requiere actualizaciones instantáneas sin cesar;

f.  que convierte a cada uno en autor, exigiendo culto a su personalidad;

g. que pone en crisis la ficción, al destacar un yo real que simplemente está a la vista;

h. que pone en escena un personaje colectivo que tiene pánico a la soledad;

i. convirtiendo el yo en espectáculo gestionado al mostrarse, como una marca o una empresa exitosa[7].

  *    Doctor en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, Universidad de Manizales-CINDE, magíster en semio-lingüística (École des Hautes Etudes en Sciences Sociales (EHESS), París), licenciado en Filosofía, Universidad de San Buenaventura, Bogotá.

[1] BID: Informe “Dando una oportunidad a la juventud”, 2012.

[2] Barker, Chris: “Cultural studies. Theory and Practice”.  2000.
[3] Prensky, Marc: “Nativos e inmigrantes digitales”.
[4] Sibilia, Paula: “La intimidad como espectáculo”.  Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. 2008.
[5] Negri, Antonio:  “Time for Revolution”. 2003.
[6] Negri, Antonio y Michael Hardt: “Imperio”. 2000.
[7] Sibilia, Paula: “La intimidad como espectáculo”.  Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. 2008.