Los recientes hechos de violencia en el fútbol argentino reviven la discusión sobre el reflejo del conflicto social en el deporte. Un experto invita a sacar del debate los argumentos reduccionistas para intentar comprender la complejidad del problema.

 

Por: David Quitián*/Razón Pública

Un hecho magnificado

Lo vimos por televisión, en medio de una sociedad del espectáculo globalizada.

Y, sin embargo, la triste celebridad del juego entre Boca Juniors y River Plate donde se presentaron ataques con gas pimienta a los jugadores del River, no se debe tanto al acto en sí como al poder de convocatoria del escenario y a sus implicaciones económicas.

Todos los días se dan -hasta en el propio fútbol- hechos más repudiables que el gas pimienta en la Bombonera. Pero como este suceso afectó los negocios -tanto el deportivo como el mediático- fue magnificado como un delito que le dio la vuelta al mundo en unas horas.

¿Por qué la violencia?

¿Por qué suceden estos hechos en el fútbol?

Esa pregunta remite a una anterior: ¿por qué existe la violencia en la sociedad? La respuesta absoluta no existe. Son tantas las violencias, incubadas y expresadas de modos tan distintos, que persistir en el empeño de una sola explicación, más que una medida insuficiente, sería una ingenuidad.

Para no repetir el enfoque de algunos estudios nacionales sobre la violencia, que han creado la falsa ilusión de que conflicto interno y violencia son sinónimos (como si aquí existiese una única violencia), es necesario analizar las investigaciones que existen sobre la violencia en el fútbol.

En treinta años de existencia del fenómeno de hinchas radicales en América Latina, los gobiernos, legisladores y policías no han podido pacificar los estadios y mucho menos contener la violencia desplazada (por la excesiva militarización de las graderías) a los barrios. La razón de esa ineficacia es simple: no se entiende lo que pasa o no se quiere entender.

Existen muchas explicaciones y ejercicios sistemáticos de comprensión. De hecho, hay una respetable tradición de estudios latinoamericanos (especialmente sociológicos y antropológicos) que han descifrado las lógicas detrás de las conductas de las barras de fútbol, han iluminado aquello que antes era incomprendido y se han atrevido a proponer medidas para minimizar sus efectos nocivos.

En Argentina, Brasil, Chile, México y Colombia se puede encontrar un campo de estudios sobre el tema, que es a la vez motivo de orgullo y decepción: los investigadores de la violencia asociada con el fútbol gozan de prestigio dentro de la academia internacional pero no han podido evitar una sola muerte (como ha dicho uno de los expertos más reconocidos de la región, José Garriga) por una incapacidad de doble vía: la de los políticos de oídos sordos y la de los académicos sin voz.

Estos estudios, realizados con aficionados de varios equipos de la región, llegan a un hallazgo común: la racionalidad de la violencia. La violencia no es irracional, gratuita ni mucho menos genética. Es social: se acude a ella como un medio (y solo en situaciones excepcionales, en comunidades cerradas que buscan la autoeliminación, se toma como un fin).

La evidencia de decenas de trabajos etnográficos en clubes como Cruz Azul de México, Flamengo en Brasil, San Lorenzo en Argentina,  Colo-Colo en Chile o América de Cali, deja sin base la imagen de los integrantes de barras como cavernícolas, desadaptados o (incluso) “terroristas”. Estas imágenes parten de la irracionalidad de su violencia, pero nada está más lejos de la realidad: la violencia es parte de una lógica y de este modo la perciben sus autores.

Hinchas del América de Cali, custodiados por miembros del ESMAD.
Hinchas del América de Cali, custodiados por miembros del ESMAD.
Foto: Miguel Vaca

El aguante de la marginalidad

La invisibilidad, la marginalidad y la exclusión se derrotan por la vía del estigma: los que antes no eran tenidos en cuenta, ahora son protagonistas. Están allí porque son violentos (entre otras cosas). Esto también es posible porque se da en un deporte que, al volverse espectáculo, exige la presencia de los hinchas y ha convertido su fiesta descontrolada en las graderías en un producto televisivo.

Persistir en el error de explicar el fenómeno a partir de sus consecuencias, sin considerar las causas, es sumarse al reduccionismo de políticos y periodistas deportivos, quienes tienen el deber de documentarse mejor antes de despachar tantas opiniones guiadas por el sentido común o por el simplismo a priori.

Por ejemplo, una de las cosas que ya deberían saber es en qué consiste el “aguante”- una categoría nativa de los hinchas que es patrón de medida y razón práctica-. “Aguante” significa la capacidad de acompañar y defender al equipo (y en la mayoría de casos a la propia barra), incluso en situaciones extremas.

Aguantar (ser berraco en colombiano, desmadrarse en mexicano) es celebrar ruidosamente, pero también es soportar derrotas reales (disputas con otras barras, con la Policía, con la negligencia de los dirigentes, etc.) o simbólicas, como la caída frente al otro equipo de la ciudad o el descenso de categoría.

De esa manera, los hinchas admirables y las mejores barras son los que tienen más aguante o, dicho en lenguaje futbolero, los que “tienen más huevos”, en clara alusión al origen argentino de esa manera de alentar de los hinchas y al predominio de lo masculino en las representaciones de fuerza, virilidad y valentía que son insumos del aguante.

El complejo fútbol

Entender qué es el aguante es ganar mucho terreno, pero se debe evitar la tentación de reducirlo todo a este fenómeno. También intervienen factores económicos, culturales y políticos.

La sola importación de la figura “barra-brava” (de nuevo un sello de origen argentino, cuyo estigma asociado con la violencia es funcional a su poder) a otros hinchas latinoamericanos (incluyendo a Brasil, el que más se resistió pero donde ya existían las “torcidas” violentas) nos ubica en el terreno de la globalización -no solo del fútbol, sino de su forma de vivirlo dentro y fuera de las tribunas-.

Por lo tanto, el rótulo “barra-brava” es lo que el antropólogo Eduardo Archetti llamaría un “juego de máscaras y espejos”: nos presentamos de cierta manera (en este caso como apasionados por el club y la barra) para que nos teman y respeten. Esa imagen surte efecto entre los generadores de opinión y de políticas que responden mediante la represión y la movilización social para luchar contra un enemigo común: los barrabravas.

Ese reflejo, ya vigorizado y legitimado, regresa a los hinchas emisores que lo reapropian y comienzan a actuar en consecuencia: así se cierra el círculo y se dificultan las soluciones no violentas.

El fútbol no es entonces tan fácil ni tan simple como se cree, porque tiene más dimensiones que la deportiva. Por ejemplo en el partido Boca-River se acentuaban los ingredientes donde está en juego más que el resultado deportivo. Valores como el honor, la vergüenza, la rivalidad entendida como el contraste entre identidades y alteridades, así como la bolsa económica, son recursos disputados por jugadores, dirigentes, periodistas e hinchas.

En este clásico, exacerbado por los medios masivos que lo adoban para venderlo mejor, se ven las luchas de poder entre distintos estamentos del fútbol y entre actores del mismo estamento: entre jugadores (River-Boca), entre directivos (AFA-Conmebol-Fifa), entre hinchadas (“La Doce” versus otros grupos) y entre cada uno de estos estamentos contra los  otros. El gas pimienta y el dron con la sábana de la B para burlarse de River son apenas la punta del iceberg.  

En Colombia

Hinchas de la selección Colombia celebran la victoria contra Uruguay en el pasado mundial de fútbol.
Hinchas de la selección Colombia celebran la victoria contra Uruguay en el pasado
mundial de fútbol.
Foto: Juan Carlos Pachón

Por fortuna no todo es apocalíptico: la experiencia colombiana es singular en América Latina.

Actualmente está en curso la segunda fase del “Plan decenal de seguridad, comodidad y convivencia en el fútbol 2014-2024”, que debe verse como la legitimación del deporte como asunto de Estado y también como el reconocimiento por parte del aparato institucional de dos actores fundamentales: los hinchas y los académicos.

El Plan atiende un reclamo social, expresado en las barras de fútbol, y a unos estudios existentes, a partir de programas como el desaparecido “Goles en paz”, que funcionó con relativo éxito en Bogotá durante más de una década (hasta la llegada de Petro).

Con “Goles en paz” fueron posibles ejercicios de concertación y autocontrol entre el gobierno distrital, la Policía, los clubes y los hinchas organizados desde 1999. Este programa logró madurar el respeto y la consideración entre las partes gracias, entre otras, a la influencia de las investigaciones adelantadas en otros países y al diálogo de académicos colombianos con pares del exterior.

Además de reducir los eventos violentos y asumir responsabilidades compartidas para la convivencia, el programa inspiró iniciativas similares en otras ciudades de Colombia que, con matices, tuvieron logros valiosos y crearon un clima favorable para que el gobierno adoptase el Plan decenal.

No debe sorprender que el Plan tenga enemigos, pero sus razones y sus principios son motivo de optimismo. La comunidad del fútbol latinoamericano, como parte interesada, está pendiente.

Concluyo pues con la invitación a realizar un autoexamen de nuestra manera de vivir el fútbol y de cómo esta afecta nuestra convivencia.
* Sociólogo y magíster en Antropología de la Universidad Nacional radicado en Rio de Janeiro, donde hace un doctorado en antropología en la Universidad Federal Fluminense, profesor de la UNAD de Colombia y miembro fundador de la Asociación Colombiana de Investigación y Estudios Sociales del Deporte (ASCIENDE). @quitiman