Todo estaba claro. Había sido una matanza de perros que había generado un impacto social, sin trascendencia, que no pasó a mayores por el juego de poderes financieros detrás del mercado de carne ilegal.

Por: Diego Firmiano
El Acontecimiento
La mañana del 26 de julio, habitada por un silencio sepulcral, se vio perturbada por un acontecimiento inusual que llenó de terror a la comunidad de Huancayo en la sierra central del Perú. <<Yawar>>, <<Yawar> (sangre, sangre), gritaban horrorizados los habitantes de la localidad de Cullpa Baja, distrito de El Tambo, al ver que las aguas que tomaban del río Shulcas, para bañarse, cocinar y regar sus sembríos, descendían impregnadas de un tono color rojizo.
Se rumoreaba sobre una matanza indiscriminada de campesinos de parte de uno de los últimos grupos clandestinos del movimiento guerrillero “Sendero Luminoso” que operaba en esa zona. Pero un pastor evangélico de la iglesia quechua “Maskachkani Señor” (La Voz del Señor), les recordó a todos el milagro del agua convertida en sangre cuando el faraón egipcio se opuso a los planes de Jehová.
Se pensaba todo y se esperaba igualmente cualquier cosa. El miedo era colectivo. “Hay que avisar al serenazgo” decían, “o mejor averigüemos por nuestra propia cuenta de donde proviene esto”.
El Hallazgo
Caminaron corriente arriba armados de palos, machetes y perros rabiosos, resueltos a encontrar una explicación al hecho. Luego de kilómetro y medio llegaron al puente “Santiago Antúnez de Mayolo” donde quedaron consternados completamente al ver varios costales negros puestos en forma desordenada, pensaron lo más trágico y tuvieron recelo de abrirlos por temor a encontrar personas desmembradas adentro. La situación era tensa y el olor nauseabundo.
Inmediatamente se dio aviso al serenazgo, una especie de policía municipal, los cuales al llegar abrieron los costales para constatar de que se trataba de una considerable cantidad de colas de animales de diferente tamaño y color. Llegaron a contar alrededor de 900 colas, pero no determinaron de qué tipo de animales eran. Seguido a la inspección, José Gotche, el jefe del serenazgo, agregó: “Estas colas no tienen más de tres días, hay que llamar inmediatamente a la policía ecológica de Huancayo para que se haga cargo”.
La Noticia
Rápidamente el rumor del hallazgo se convirtió en noticia. Huancayo, la ciudad más importante de la serranía peruana, famosa por su comercio artesanal y por su vasta gastronomía, se encontraba ahora en el ojo del huracán noticioso.
Los periódicos de la ciudad “El Correo” y “La Primicia”, habían cubierto la noticia del hallazgo, publicando historias sensacionalistas que causaron todo tipo de sentimientos encontrados en las personas. Se despertó el interés y la opinión de las personas sobre el posible origen de las colas, las conclusiones estaban divididas.
Me dirigí al sector de Cullpa Baja, donde se efectuó el hallazgo, y entrevisté a varios moradores para preguntarles sobre lo sucedido; una primera persona que no quiso dar su nombre por temor a ser llamado por la policía para testificar, aseguró haber visto a un grupo de personas bajarse de una camioneta blanca con varios costales que arrojaron bajo el puente. Sin embargo, enfatizó en que no le prestó mucha atención al hecho, pues los moradores del sector arrojaban, como de costumbre, la basura en el río Shulcas.
Otra vecina del sector, la señora Lourdes De la Cruz, afirmaba que las colas eran de animales sacrificados en ritos de iniciación satánica, de una nueva secta coreana que se había instalado en la ciudad.
Por otra parte, los grupos protectores de animales manifestaron su rechazo a la violencia animal convocando una movilización pacífica y masiva por el centro de la ciudad. Sin saber de qué animales eran las colas, todos, alrededor de 200 personas se disfrazaron de perros, caballos, burros y llamas. Caminaron por una de las arterias principales del sector céntrico moviendo las colas de un lado a otro. Fue un suceso extra que acarreó un titular en uno de los periódicos locales.
Ante la presión de la ciudadanía y las organizaciones, el gobierno local por medio del Técnico de investigación de la policía ecológica Pedro Llasing Core, dictaminó la naturaleza del hallazgo: “Efectivamente las colas son de canes sacrificados, tenemos seria información sobre una banda dedicada al tráfico de carne animal”.
Una semana antes los postes y paredes de la ciudad estaban minados de afiches con anuncios de perros desaparecidos, pidiendo ser devueltos a sus amos, con recompensa en dinero. Luego del suceso, cientos de cartas comenzaron a llegar a las oficinas de la policía ecológica, donde explicaban el haber perdido su perro y anexaban fotos con la intención de que les informaran si su perro había muerto o no en ese macabro hallazgo. Fotos de niños abrazados de sus perros raza Doberman, Chow Chow, Beagle, French Poodle y también de raza “Perro sin pelo” originario del Perú histórico.
La epidemia de los perros desaparecidos, incluso tentó a la periodista Martina Walker Guevara del “Center For Public Integrity” que investigaba un problema de contaminación en La Oroya, a venir a Huancayo a investigar el hecho.
“Y -continuó el técnico de investigación- la carne ha sido presuntamente ofrecida al público como si fuera carne de ovino: borrego, carnero, cabrito y oveja”. La ciudad, sin darse cuenta, estaba consumiendo carne de perro, ofrecida en el mercado y degustada en varios platos típicos.
La Resolución del Gobierno
El dictamen del gobierno municipal quedó claro: “Allanamiento a mercados y confiscación de carnes insalubres”. Todo estaba dispuesto para el miércoles desde las 5:00 a.m. Se esperaba un día difícil, las tareas estaban repartidas, un contingente armado de bolillos, gases lacrimógenos y gas pimienta, se dirigió al Mercado Mayorista Raez Patiño, otro a los restaurantes locales, y el grupo más fuerte emprendió la búsqueda de expendios clandestinos de carne animal.
Los carniceros, ya informados del hecho, los esperaban con cuchillos. No iban a dejarse despojar de su producto así como así. Julio Quisnancela, presidente de la junta de trabajadores del mercado mayorista, alegó: “el supermercado Vea nos está calumniando como vendedores honestos, ellos quieren todo el monopolio de la carne, eso de las colas de perro es una trama de ellos. Los responsabilizamos de todo este malentendido”.
La policía trato de acordonar la zona, pero los carniceros, con ayuda de los vendedores de verdura, hicieron un cordón humano alrededor de la entrada del mercado para impedir el ingreso de la ley. “Además, también estamos informados de un boicot de parte de los trucheros del Ingenio hacia la asociación de carne, por las bajas ventas de su producto y la poca asistencia turística a su sector, nos culpan a nosotros. No sabemos por qué la gente prefiere carne en vez de pescado, pero por Juan no debe pagar Pedro”, agregó Quisnancela.
La autoridad se encontraba pausada, la gente comenzaba a arrumarse. Y en previas experiencias de desalojo y fiscalización a locales, la policía había salido mal parada y hasta lastimada.
Mientras tanto, el grupo de policías con orden de cateo que se habían dirigido a los restaurantes tradicionales de afuera de la ciudad, en Chilca y Azampamba, al preguntar por la procedencia de la carne que usaban para los platos típicos, no supieron dar razón. Los dueños usaron su astucia, y negociando una cena de gala para todo el cuerpo policial y sus esposas para que no les clausuraran en local por falta de licencia de funcionamiento, olvidaron el tema de las carnes de perro.
La Gran Captura
La ciudadanía se encontraba inquieta y demandaba resultados serios de la Policía Ecológica. Su seguridad alimenticia estaba en juego, no podían estar tranquilos. La asistencia a los restaurantes populares mermó de tal manera que los dueños se organizaron para realizar protestas, sacando a todo su personal por las calles. Alegaban pérdida financiera por un tema, -según decían- que a la policía se le escapaba de las manos. Todos estaban sin saber qué hacer, incluso la misma policía, y solo fue hasta que una llamada anónima, que como por azar del destino, les daría el paso a seguir definitivo para solucionar el tema:
-Aló, Policía Nacional, Dios, Patria y Ley, en qué podemos servirle.
-Fueron ellos, los que mataron a los perros-, se escuchó una voz áspera al otro lado de la bocina.
-¿Quiénes?, ¿de qué habla señor?, identifíquese.
-Los perros, la muerte de los perros, los responsables fueron la banda de “Los Quispe”-. Y antes de colgar agregó la dirección del lugar denunciado.
Se desplegó de nuevo otro operativo, allanaron la casa en mención, derribaron la puerta y al entrar encontraron cientos de jaulas llenas de perros que ladraban incesantemente, pero que no se escuchaban desde afuera porque habían adecuado las paredes de tecnopor y cartones.
En flagrancia capturaron a seis personas que con cuchillo en mano se preparaban para una nueva matanza. En una oficina dentro de la casa, muy bien presentado y con una corbata celeste, se encontró al responsable del matadero clandestino de perros: Juan José Quispe.
Todos fueron apresados, sellaron el lugar y pasaron el reporte a la ciudadanía. Los periódicos locales titularon sus portadas como: “Agarrados los mataperros” y “Última hora: ampayados (descubiertos) con los perros en la mesa”. La gente les gritaba “mataperros”, “mataperros”. Les imputaron cargos de atentado a la salud pública y les dieron tres semanas de cárcel. Las personas se indignaron, renegaron de la justicia, y despectivamente llamaban perros a los propios policías (algunos dicen, hasta el día de hoy, que llegaron a un acuerdo económico entre los policías y los vendedores de carne de perro).
Confesiones Verdaderas
Después de las tres semanas de cárcel que le dieron a “Los Quispe”, pude entrevistarme con Juan José Quispe, el responsable de la oficina donde la policía encontró los perros listos para ser sacrificados. Le pregunté sobre los perros, la situación actual del problema y su respuesta fue clara:
“Primero quiero decirle que nuestra salida de la cárcel fue normal, no se dio ninguna coima (pago), ni nada, la ley no pena el comercio libre de carne, ni está especificado que tipo de carne debe comer la gente”. Hacía la aclaración mientras se sobaba las manos y con un juego de gestos faciales continuo. “Recibí un par de llamadas telefónicas mientras estaba detenido, de gente que no sé quién era. Me amenazaron de muerte si yo decía algo sobre la ubicación de otros lugares de expendio de carne de perro y también si daba algún nombre de los establecimientos que compraban el producto.”
-¿Cuántos animales sacrifican por semana?-, pregunté.
-Bueno, eso depende de la demanda. En una semana normal se sacrifican entre 100 y 120 perros.
-¿De dónde obtienen los perros?, porque hay denuncias en la policía sobre la desaparición de perros en toda la ciudad.
-Estos perros son totalmente legales, los traemos de Jauja, de Pilcomayo y de otros lugares que nos los venden a un bajo precio. Un perro mediano puede llegar a valer 20 soles (un estimado de 7 USD americanos).
-¿Cuándo habla de demanda a qué se refiere?
-Demanda es cuando hay actividades festivas como el día del padre, de la madre, fiestas patrias, o eventos culturales de nuestros pueblos. Fiestas que son casi de mes a mes.
-Pero…-, dejó en suspenso su palabra.
– ¿Sí? -, reformulé como para invitarle a continuar.
-Esa carne no solo va al mercado mayorista, también va al supermercado Vea.
Está declaración me dejo estupefacto. Fue una confesión reveladora que aunque se tuvieran todas las pruebas fehacientes, no se podía entablar una investigación o una demanda al supermercado por pertenecer a un fuerte e influyente grupo económico del Perú.
La entrevista me dejó descorazonado. Hice un par de llamadas y acordé una cita con Leonardo Dimas, exempleado de uno de los restaurantes que la policía había allanado previamente.
-Leonardo, cuéntame, ¿es cierto lo de la carne de perro en los restaurantes?, porque ellos lo negaron rotundamente cuando la policía los intervino.
–Totalmente cierto, a mí mismo que trabajé en la cocina, pero que después me mandaron de mesero, me tocaba cortar en trozos los perros que traían envueltos en bolsas negras y en cajas de tecnopor forradas. Yo sabía lo que se estaba vendiendo, pero no me atrevía a hablar porque mi puesto estaba en juego.
-¿En qué presentación ofrecían la carne en el restaurante?
-Específicamente en carnero al palo, pachamanca de cordero, sopa de cabrito, y nuestro restaurante (se omite el nombre) ofrecía costillas adobadas con Huacatay y Chimichurri.
Perro peruano come perro
Todo estaba claro. Había sido una matanza de perros que había generado un impacto social, sin trascendencia, que no pasó a mayores por el juego de poderes financieros detrás del mercado de carne ilegal.
Desalentado, investigué un poco y descubrí que el origen del nombre de la ciudad quizás tenía algo que ver con todo esto. Dos versiones del nombre de la ciudad de Huancayo confirmaron mis sospechas sobre la producción y el consumo de carne de can.
Una era que su nombre se debía a que cuando los indios quechuas del Cuzco, una rama de los Incas, trataron de conquistar el “Valle del Mantaro”, al encontrar tal resistencia de los feroces guerreros y al no poder dominarlos, los denominaron “perros”, que en quechua se escribe: “Allo”. Así entonces Wanka + Allo vendría a traducir como: “Los perros Huancas”, mención que vendría a ser como una especie de maldición sobre el pueblo Huanca. La otra versión era que Huanca significaba literalmente “Piedra” y Allo “Perro”, por lo tanto el nombre de la ciudad seria: “Los que adoran la piedra con forma de perro”. Calificativo que los llevaría a adorar el perro como una forma de Dios, a cultivarlo y comerlo tradicionalmente. De la misma manera como los Incas del Cuzco reverenciaban a la llama, la alpaca y el cuye.



