Retornar… así gane la muerte

En las estribaciones del Bajo Atrato colombiano se sucede la reconstrucción de comunidades desplazadas por la guerra que entró en sus vidas en diciembre de 1996. Colombia Plural, aliado de TLCDLR, recorre el municipio de Riosucio, sus memorias, su construcción de futuro…
 
Texto y fotos: Felipe Chica Jiménez  | Riosucio
 “Resulta, y pasa, que a Belén de Bajirá se la quieren robar los paisas”, dice un joven chofer de un jeep, que viaja a 80 kilómetros por hora sobre la recta que conduce de Chigorodó (Antioquia) a Riosucio (Chocó).

Afuera, ver la sencillez de un minifundio habitado por campesinos es una rareza. La regla son los monocultivos y los potreros de ganado.

Desde hace medio siglo la selva comenzó a rendirse ante la expansión histórica del departamento de Antioquia. Belén de Bajirá sigue en disputa. Los antioqueños la consideran corregimiento de Mutatá y los chocoanos, uno de sus municipios. En una de sus paredes se lee un grafiti que reza: “2 de octubre paro armado AGC -Autodefensas Gaitanistas de Colombia-”.

Por toda esta vasta planicie del Bajo Atrato, desde 1996, los paramilitares han asesinado y desplazado a miles de personas (94.341 hasta el 1 de noviembre de 2016, según el Registro Único de Víctimas).

 

Tierra usurpada

Por acá la demora es que usted reclame lo suyo para que lo maten”, advierte un aserrador en Riosucio que prefiere el anonimato.

Del título colectivo de 46.084 hectáreas correspondientes al Consejo Comunitario del Río Curvaradó, 25.000 fueron usurpadas por empresarios agroindustriales y paramilitares como ya demostró la justicia. El lío se ha ido resolviendo en el papel pero en el terreno la gente espera la devolución de sus predios porque, pese a que la Corte Constitucional ha ordenado regresarlos a sus legítimos dueños, los empresarios se han negado alegando ‘buena fe’ en su compra.

Con esa ‘buena fe’, Vicente Castaño, alias El profe y jefe económico de los paramilitares en esos años de 1996 y 1997, “invitó a empresarios palmicultores para que invirtieran en la región del Curvaradó y Jiguamiandó. Fue así como arribaron a tierras chocoanas empresas como Urapalma S.A, Palmadó Ltda, Agropalma & Cia Ltda, Palmas de Bajirá, entre otras, las cuales terminaron ocupando los territorios abandonados [por el desplazamiento forzado)”, como demostró el equipo de investigación de Verdadabierta.com

Caída la tarde, una avanzada de nubes pareciera declarar el fin del mundo. El exjefe paramilitar alias Nube Negra es uno de los criminales señalados como acaparador de tierras en el Curvaradó donde la partida entre los hijos de la tierra y los herederos de la mafia se va perdiendo después de 20 años de asesinatos, desapariciones forzadas y desplazamiento de los civiles.

 

Voces del retorno

En Riosucio la alegría hay que salir a buscarla al otro lado del Atrato, donde están las familias que dejaron el exilio del desplazamiento para retornar a sus tierras ancestrales. Para ver semejante arremetida de coraje en una zona acosada por narcotraficantes y actores armados es necesario entrar a la selva por la boca del río Salaquí.

Tres horas de navegación por una vasta red de desvíos fluviales donde lo más fácil es perderse y terminar en el Océano Pacífico o desorientado a espaldas del Tapón del Darién. Con suerte, se avanza sin contratiempos. Pero son comunes los choques entre lanchas y los cúmulos de madera podrida que frenan el paso, las palizadas. En las orillas se cuentan montones de casas abandonadas desde finales de los noventa, cuando los paramilitares entraron por agua y el Ejército por aire en un acto sincronizado que recibió el nombre de Operación Génesis y la condena de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

En total, son 12 las comunidades que están retornando a la cuenca del río Salaquí.

La primera en encontrarse es El Guineo, no más de diez casas. La lancha se acerca y sobre la margen del río se asoman los pies ásperos de Apolinar Gómez, con su bermuda roja y una escopeta sobre el hombro derecho.

Cuando Apolinar recibió el tiro en la espalda tenía cincuenta y dos años. Le dispararon desde un helicóptero. Su familia dejó la ciénaga y lo llevó a Riosucio donde un médico de Cartagena le salvó la vida. Entre el sangrado y el afán de huir, Apolinar recuerda a su mujer empacando una piel de tigrillo que él mismo había cazado.

-¿Por qué recuerda eso?

-Porque con esa piel mi mujer hizo una correa y con esa correa le pagamos al doctor la operación, contesta el hombre que no concibe mejor comida que la carne de monte.

La casa tiene los maderos podridos y se nota la arremetida del abandono.

-¿Por qué decidieron volver?

-Póngase usted a pensar que allá en el pueblo todo es plata, en cambio acá está todo, dice mientras hace un movimiento con la mano señalando un paisaje sin tiendas, ni carreteras, ni edificios, sino lleno de ciénagas, ríos, montes y ellos mismos, que parecen no necesitar nada más.

Al cabo de unos minutos Apolinar se confiesa. Según el viejo de caminado chueco, cuando joven se la pasaba en Coco-Arenal, otra comunidad aguas arriba, donde se formaban los corrinches de baile. Deja su escopeta, se monta en la lancha y guía el camino hasta ese lugar.

Allá, Julia Rodríguez termina de colgar ramilletes de arroz seco. Su negro, gordo como ella, le quita las escamas a tres peces. Ambos andan por encima de los cincuenta. Al menor de los hijos lo desaparecieron los paramilitares, por eso para ella regresar es volverlo a ver corriendo entre platanales riendo sin contención. Ese recuerdo le da sentido de patria al lugar. A lo lejos un grupo de monos aúlla.

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