Ser homosexual en Colombia: un recuento desde los años 90 hasta hoy

Marica, dañado, volteado, sodomita, pederasta, raro, de rosca izquierda, partido, roscón, afeminado, loca, cacorro, desperdicio de hombre, maricón, son unas pocas de las tantas palabras usadas para referirse a los homosexuales, algunas como insulto y otras como verdad, pero todas reflejando las múltiples etiquetas con las que marcan a las personas que deciden amar con libertad.

 

Por / Sara Isabel Ceballos Monsalve

El 28 de junio de 1969 fue el día en que –se considera– comenzó el movimiento de reivindicación de los derechos de la comunidad homosexual. Esta fecha conmemora los disturbios de Stonewall, o lo que sería el primer levantamiento de la comunidad LGBTIQ+ contra la vulneración de sus derechos, en este caso, generado por una redada policial al bar Stonewall Inn, en Nueva York.

Desde ese día, el movimiento no ha parado de luchar para encontrar la igualdad en una sociedad que aún no acepta que el amor viene en todo tipo de formas y el ser va más allá del sexo que es asignado al nacer.

Un exponente relevante antioqueño, e incluso nacional, es Manuel José Bermúdez, el llamado Ciudadano Gay de Medellín, quien se le puede describir como activista, comunicador, irreverente, pero, sobre todo, “como marica”.

Fue el primer candidato a concejal de Medellín abiertamente homosexual, también hizo parte de la primera pareja gay en casarse, incluso cuando aún no estaba legalizado. Hoy convive en una trieja, definida como una relación poliamorosa con otros dos hombres. Ha sido y seguirá siendo un exponente de lo que es el orgullo gay y cuenta su historia sin miedo, y más importante, sin vergüenza de mostrar quién es.

 

Desde el núcleo: la familia

Manuel creció en un barrio popular de Medellín, era el menor de 15 hermanos, todos hombres, pero nunca se sintió discriminado en su familia. Según él porque “en el fondo ellos dirían: de 15, uno, pues ¿qué problema hay?”. Sabe que fue uno de los afortunados porque aunque su adolescencia sucedió antes de los 90, año en que ser homosexual dejó de ser considerado como una enfermedad mental por la Organización Mundial de la Salud, la protección de sus hermanos se vio reflejada en el respeto del barrio que lo vio crecer como alguien diferente en sus gustos sexuales.

“Nunca fui discriminado, pero vulnerable siempre fui, siempre. Cualquier circunstancia de peligrosidad para otro ser humano, para nosotros era 10 veces más por ser homosexuales. Era pensar ¿cuándo el otro va a aprovechar que si no puede hacerlo porque soy un ser humano, lo puede hacer porque tengo mi condición de homosexual? y más en mi caso, por ser un homosexual abierto y reconocido, que siempre ostentaba mi homosexualidad, siempre muy vulnerable”, comentó.

Por otro lado, y con una vida con muchos menos años de existencia, está Felipe Bedoya, joven de 24 años, estudiante universitario y activista LGBTIQ+. Ha participado en distintas acciones de colectivos y actualmente estudia Periodismo en la Universidad de Antioquia.

Felipe creció en lo que es una familia católica tradicional antioqueña, por lo tanto los comentarios homofóbicos fueron parte de su infancia e hicieron mella en su ideal de masculinidad y orientación sexual. Finalmente, y a partir del diálogo, su familia logró aceptar su orientación sexual.

“Aunque no nací, ni crecí, reconociéndome rápidamente como hombre homosexual, sí había bastante discriminación, sobre todo en ciertos comportamientos que yo presenta y que eran considerados equivocados, inconvenientes o afeminados, y en muchas ocasiones se me decía”.

Hoy convive en una trieja, definida como una relación poliamorosa con otros dos hombres. Fotografía / Cortesía

Esas dos experiencias de vida no se pueden tomar como un general, al contrario, Manuel José vivió en una familia muy adelantada para su época, sus hermanos aceptaron su homosexualidad en un tiempo donde podría haber sido un paria entre ellos.

“Yo creo que sí hubo una negociación con unos hermanos hombres, y hombres de barrio bravos, y es que ellos tenían muy claro que no querían que yo me vistiera de mujer, pero yo sabía que no quería serlo. Tenía claro que era un chico gay. Que no me acostara con sus amigos, que no sé si se los cumplí pero al menos ellos no se dieron cuenta. Y que no estuviera en escándalos, pero yo he sido muy gritón y muy abierto de mi sexualidad, pero no tanto del escándalo como tal, entonces terminé en una buena negociación con ellos. Además, estudié e hice un montón de cosas que favorecieron que me ganara el respeto de ellos y del resto de la parentela”.

Contrario a Manuel, Felipe vivió algo más cercano a lo que vive la población LGBTIQ+ de su generación, que sin llegar a ser excluido sí fue discriminado.

“Acciones de otras personas gais o lesbianas eran consideradas por mi familia como algo feo, horroroso, muy reprochable, lo que repercutía en mí, que podía verme reflejado en esa persona sin saber bien qué era lo que sucedía”, recalcó.

Walter Bustamante, historiador experto en género y cultura, identifica esta educación familiar como “responsable de la generación de sujetos ajustados a los deber ser establecidos dentro del orden patriarcal heteronormal, donde estaban claros los roles del hombre y de la mujer como universales”, lo que da a entender el orden familiar como la necesidad de la sociedad de mantener los estereotipos de hombre y mujer, y complementa con la frase de Carlo Frabetti que dice “la homosexualidad, como el amor libre, supone una amenaza para la familia convencional”.

Manuel, Víctor y Alejandro componen la trieja más famosa de Colombia. Fotografía / Cortesía

La academia: desde colegio hasta el trabajo

Es así como el niño pasa de la familia al colegio y se divide entre los dos ambientes. De la institución se espera que enseñe y reafirme comportamientos sociales como el compartir, socializar y aceptar la conducta que estipula la educación, tanto académica como de modales, y muchas veces, de obediencia.

Felipe recuerda el colegio como uno de los lugares donde más sintió la discriminación, aunque no iba dirigida a él, sino a otros de sus compañeros. “El hecho de que sucediera -la discriminación- influía en mi comportamiento y emoción, en no querer actuar como a quien discriminaban, en intentar no parecerme a él porque se consideraba como algo malo”.

Manuel José dice que para él fue fácil estudiar, ayudado solo por sus capacidades intelectuales, pero vuelve a reconocerlo como un privilegio para su época ya que “los maricas no podemos ser brutos porque eso no se nos perdona”. Sabe que los homosexuales tienen que labrarse un camino para conseguir el respeto que cualquier hetero tiene desde primer momento, y por suerte para él, lo consiguió desde el colegio, y lo trascendió a la universidad.

Tanto Manuel como Felipe hicieron parte de la Universidad de Antioquia, y en ambos casos tuvieron experiencias positivas, quizás por el ambiente de universidad pública, quizás porque se ganaron el respeto, o quizás por una mezcla de ambos.

Pero a diferencia de ellos, para otros homosexuales la academia podía significar un enemigo constante, como fue el caso de Juan Daniel Castro, psicólogo, activista y fundador de Diversidad Senior, una organización en busca de los derechos para las personas mayores de la comunidad LGBTIQ+. Él cuenta que entre sus 18 y 28 años de edad (entre 1978 a 1988) “el temor a ser “descubierto” como homosexual seguía siendo muy grande y es que, pese a que nadie me había advertido de lo que podría suceder si era descubierto, yo intuía y comprendía por el ambiente hostil y burlón hacia los homosexuales, que no era buena idea quedar en evidencia; podrían hacerte la vida imposible o incluso echarte del trabajo sin ninguna explicación de por medio”.

León Benhur Zuleta, pionero del activismo por las minorías sexuales. Asesinado en Medellín en 1993. Su crimen sigue impune. Fotografía / Pacifista

O también el caso del asesinado gran exponente gay de Colombia, León Benhur Zuleta, escritor y pionero de los movimientos LGBT en Colombia, a quien expulsaron de su trabajo en docencia de la misma UdeA y de la Universidad de Nariño.

Y es que la ley más reciente en contra de la comunidad estuvo en el Estatuto Docente de 1979 y condenaba como causal de mala conducta que un profesor fuera homosexual, así no ejerciera su orientación sexual de forma pública, sólo por el hecho de serlo.

Para 1998, el abogado especializado en derechos humanos y en la comunidad LGBTIQ+, Germán Humberto Rincón Perfetti demandó ante la Corte Constitucional el Estatuto Docente, y en respuesta la Corte dejó sin vigencia la norma demandada.

“Yo presenté una demanda a la Corte Constitucional por el Estatuto Docente y se inhabilitó esta norma. La Corte dijo que sus hijos pueden ser gais o lesbianas y tener profesores gais o lesbianas. Esta fue la primera vez que se citó a una audiencia pública con la comunidad LBGT y las entidades del país especializadas en el tema”, cuenta el abogado Rincón. Ese mismo año, y mediante una tutela, dos jóvenes logran que se prohibiera la expulsión o castigo a estudiantes por hacer parte de la población LGBTIQ+.

Entonces, y aunque ya la ley los ampara, la discriminación, y sobre todo la discriminación laboral, sigue siendo un constante para la comunidad LGBTIQ+. Cuando se le pregunta al abogado Rincón por cuales son los casos que más debe de tratar, responde que “el tema de discriminación es muy frecuente, como lo que ocurre en centros comerciales, las peleas que han salido por discriminación. También la discriminación laboral  existe y yo creo que el mayor inconveniente que hay es ese”.

Discriminación laboral que no han sufrido ni Felipe, ni Manuel. Felipe dice que “en mi trabajo nunca he sufrido de discriminación, he contado con la fortuna de entablar conversaciones bastante conscientes en torno a la homosexualidad, con personas maduras e inteligentes en este tema”. Por su parte, Manuel cuenta que nunca tuvo problemas para conseguir trabajo, pero siempre “tratando no de escandalizar, sino de que el otro tuviera muy claro que soy homosexual y que si eso es un problema, de entrada mejor no se metan conmigo”.

Entre estas experiencias de trabajo, Manuel fue obrero, asesor de campaña política e incluso candidato al concejo de Medellín, de donde rescata una anécdota sucedida después de una entrevista. “Un día saliendo de Teleantioquia de una emisión en directo, tenía una llamada en la recepción. Era un joven agradeciendo porque me había visto en la entrevista y le había podido decir a su mamá que era homosexual porque por fin tenía un referente”, dijo.

 

Bajo la norma: de la ilegalidad a los derechos

Realmente el término de homosexualidad es moderno, fue usado por primera vez en 1869, por Karl Kertbeny, escritor, poeta austriaco, y lo que hoy en día se traduciría en un activista de los derechos homosexuales de su época.

En Europa, esa etiqueta hizo que la comunidad dejara de pensar en los homosexuales como criminales, pero los transformó en enfermos con la necesidad de ser curados. Algo que, aunque negativo, se tomó como un avance para la comunidad.

La primera norma se dio en el Código Penal de 1837, que contemplaba como un delito “la corrupción de jóvenes y alcahuetas”, y bajo eso se tomaba a todos los homosexuales como corruptores.

Luego, para el Código Penal de 1890, se les describió como “la persona que abusa de otra de su mismo sexo, así esta lo consienta”, o sea, violadores, incluso si había consentimiento de ambas partes.

Karl Kertbeny. Fotografía / Wikipedia

Apenas fue en 1896 que se dio un nombre, pero no el adecuado. Medicina Legal los llamó pederastas. Quien era un posible pederasta sería revisado desde la boca (por estar habituado al sexo oral) hasta el ano (en caso de ser pasivo y confirmar si habría sido penetrado), se les buscaban evidencias en la piel (por enfermedades o marcas de violencia), y el pene (revisando la forma de este que “cambiaría si practicaba la pederastia” o la excesiva masturbación, vicio también considerado homosexual).

Esta práctica la describe el historiador Walter Bustamante como “la ciencia médica, unida al poder legal, cumplía con su labor filantrópica de observar el cuerpo del transgresor, se observaba su rostro, su semblante, su apariencia, se hacía toda una caracterización para señalar que se había alejado uno a uno de los modelos estipulados en los manuales de urbanidad utilizados en la educación para domesticar y normalizar el cuerpo y en la medida que el sujeto se alejaba de ese modelo se convertía en un hombre al que se llamó degenerado y del que había que proteger a la sociedad”.

Apenas fue en 1936 que llegó el término homosexual al Código Penal pero, obviando las ideas ya concebidas en Europa, se siguió criminalizando al gay. Según el abogado Parmenio Cárdenas Triviño, mayor promotor de esta ley desde su creación, “el homosexualismo ataca en sus bases fundamentales la moral pública y social”.

Entonces, ser homosexual consistía en un delito sin víctima ni daño, a menos que se tomara a la moral como un ser. Incluso para finales de los años 70, cuando se debatía la despenalización, Cárdenas mantuvo su argumento.

Manuel, por su parte, defiende las etiquetas con las que fue calificado en su juventud, justificado en el legado de lucha que estas traen consigo. “Es necesario que las nuevas generaciones reconozcan que, si bien no es bonito el lenguaje que nos tocó usar, ni la forma en la que empleamos nuestro cuerpo, o disfrutamos de nuestra sexualidad, era lo que teníamos y era nuestra manera de sobrevivir. Fue como logramos abrirle camino a estas nuevas generaciones que hoy quieren vivir como también nos lo soñamos nosotros, sin etiquetas, sin marcas, con derecho a la indiferencia”.

Apenas para 1980 la homosexualidad fue despenalizada, pero los 11 años que siguieron hasta la Constitución de 1991 los retrata el abogado Germán Rincón como un “no existíamos ni para bien, ni para mal, ni se hablaba del tema”.

Esto solo vino a cambiar con la Constitución de 1991, donde se estipuló en el artículo 13 que “Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, recibirán la misma protección y trato de las autoridades y gozarán de los mismos derechos, libertades y oportunidades sin ninguna discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica”. Este fue el primer gran hito de la comunidad LGBTIQ+, que después se extendería a todas las leyes, y quizás, algún día, a todo el diario vivir.

Germán Rincón, conocido como el abogado de la causa gay en Colombia. Fotografía / El Espectador

El espacio pública: una zona de riesgo

Pero el ambiente que puede ser más hostil para un homosexual es la calle misma, donde los insultos y las agresiones suelen ser anónimas, lo que dificulta su denuncia, y mantiene el miedo latente. Para Felipe salir, sobre todo con su pareja, es un evento que representa riegos.

“Uno llega a tener ciertas precauciones para actuar con suprema naturalidad. Se camina con el miedo de que te lancen un insulto o te lastimen físicamente”, y añade que “en Medellín, si bien hay muchos espacios que se han ganado y hay muchas personas que han aprendido a respetar la diversidad, toda hay quienes no lo hacen, y quienes no lo hacen con violencia”.

Estos “espacios ganados” son un gran paso para la población LGBTIQ+, que se ha visto violentada en el espacio público desde hace décadas, como cuenta Manuel José, muchas veces a manos del propio gobierno.

“Todas las alcaldías tenían una policía privada a cargo (algo como lo que es hoy en día Espacio Público), llamada Departamento de Orden Ciudadano (DOC). El DOC podía hacer cosas tan asquerosas como que, si se te notaba que eras homosexual, ellos podían pegarte, subirte a la patrulla y detenerte solo por la sospecha”.

La gravedad de lo hecho por este departamento se dio a conocer después de ser desmantelado, cuando las investigaciones arrojaron que muchos de sus integrantes fueron paramilitares, lo que dio inicio a lo que es hoy en día la Oficina de Envigado.

“Cuando se cayó el DOC fue un respiro muy grande, porque aunque ya sabíamos que si bien la policía siguió siendo nuestra enemiga hasta que tuvimos policía enlace, al menos ya no existía esa policía paraca, que era medio policía pero también era medio secreta, que podía agredir y hacer lo que quisieran con uno”, recuerda Manuel.

Manuel cuenta que se llegaba a las rumbas por medio del voz a voz y a lugares sin identidad. Fotografía / Amino

La rumba: llamar discreción a la discriminación

Algo diferente sucedía en la calle cuando se hacía de noche, los homosexuales de décadas pasadas podían vivir lo más cercano a su vida deseada solo con la oscuridad como su mayor protección o cómplice. O al menos eso quería creer. Manuel cuenta que se llegaba a las rumbas por medio del voz a voz y a lugares sin identidad.

Las batidas policiales eran constantes, para generar miedo en la población. Juan Daniel Castro habla de las requisas que se les hacían como “de tipo morboso y abusivo”, pero sin derechos que los cobijaran o protegieran, nada podían hacer, solo aguantar.

“Recuerdo que para la víspera de la posesión del entonces presidente César Gaviria, hicieron batida en todos los bares de la ciudad y sin importar si tenías documentos o no, si eras funcionario oficial o particular, estudiante o persona ociosa, a todos nos detuvieron y llevaron en camiones a la estación de policía más cercana, revueltos con todo tipo de gente de la calle, ladrones, mujeres en ejercicio de prostitución, locos habitantes de calle. Nos detuvieron, porque sí, 20 horas”, narra Juan Daniel.

“Durante el encierro, especialmente toda la noche, fue horrible ver cómo los delincuentes, aliados a los policías que hacían la guardia, robaban a los que se dormían. A un señor lo metieron a un calabozo para robarlo y lo golpearon hasta hacerlo sangrar. Para brindar circo, a los policías se les hizo muy divertido inventar un juego en el que una pareja homosexual, ambos entre 18 y 20 años de edad, fueron obligados a golpearse mutuamente en el rostro hasta sangrar. Un policía amenazó con que, si no lo hacían, los golpearía mucho más fuerte con la bota, el bolillo o el revólver. Algo supremamente humillante y violento”.

E incluso en lugares reconocidos se vivía una situación similar. En el reconocido bar gay “El Machete”, sabían que podían estar, pero se les pedía bailar, besarse o abrazarse en la parte de atrás, lejos de las ventanas, lo más escondidos posible del ojo inquisidor. Si llegaba la policía el portero avisaba para que fueran “discretos”.

Discreción, se asemeja al pedido que también hacen algunos bares de Medellín en actualidad, según Felipe. “Hay lugares donde se convive tranquilamente y se respetan las expresiones diversas, pero hay muchas otras donde en ocasiones te piden “que te controles”, y creo que ahí es que se esconde la homofobia, en esa amable petición”.

Pero el machismo y la homofobia pueden permear hasta los ambientes más festivos, por eso, para Felipe, más que los bares o discotecas de Medellín, “las fondas son un lugar en el que yo si creería que es mucho más complejo esto, porque a veces se expresa de una manera tan arraigada la cultura paisa, que se aferra también un poco de ese machismo agresivo e intolerante”.

Verónica Botero y Ana Leiderman, primer pareja lesbiana en lograr la adopción legal de un hijo. Fotografía / Cortesía

Los logros traducidos en derechos ganados durante 30 años

Con la aprobación de la Constitución de 1991, llegó también la Corte Constitucional, que Germán Rincón adjetiva como progresista y garantista, y se vuelve una defensora de los movimientos sociales, entre ellos, el movimiento LGBTIQ+. La primera demanda a favor de los derechos de la comunidad la realizó el propio Rincón, y la Corte Constitucional termina por dictaminar que el individuo puede nacer o hacerse homosexual.

Pero los derechos de la comunidad se anquilosaron al hablar de temas de pareja, ya que el Congreso de la República es el encargado de reglamentarlos y según explica el jurista, los argumentos en contra de la población LGBTIQ+ se basaron en “contaminación religiosa”, o sea, se dio en el debate desde las creencias religiosas y no desde el orden civil. Ejemplo de eso son discursos como el de “Dios creó a Adán y Eva, no a Adán e Iván”, con el que fueron tumbados cerca de 16 proyectos de ley.

Pero la comunidad, y entre ellos el abogado Rincón, no se rindió. Por medio de distintas demandas se lograron avances como el ajuste a la Ley 54 de 1990, que permitió a las parejas homosexuales tener relaciones de unión libre.

Luego se dio una demanda para el tema de afiliación al sistema de salud de la pareja homosexual, seguida de una sobre el deber en la alimentación, y finalmente, Colombia Diversa realiza una demanda logra la pensión para parejas del mismo sexo.

“A partir de estas sentencias se dijo, bueno, nos ha ido tan bien con esta corte, entonces demandemos toda ley que diga “hombre-mujer”, y se va una mega demanda que se gana. Quedaban pendientes dos temas, matrimonio y adopción igualitaria”, relata Germán Rincón, sobre la mega sentencia del 2008, momento en que la Corte Constitucional decidió unas 20 leyes para restablecer un total de 42 derechos de la comunidad LGBTIQ+.

“Dos temas quedaban pendientes, que eran el matrimonio y la adopción igualitaria. Dos temas muy sensibles, muy complicados, y sobre los cuales no se había pensado hacer nada”, pero esto desde lo legal, porque las parejas homosexuales no iban a parar hasta conseguir todos sus derechos. Las siguientes en dar el paso fueron Verónica Botero y Ana Leiderman.

“Ambas deciden tener un hijo por medio de un proceso de inseminación artificial de donante conocido y así es como tienen una nena. Ellas dicen, bueno, si somos dos mamás ¿cómo que nuestra hija solo tiene una? Buscaron asesoría en Colombia Diversa, donde les aseguran que es una demanda con posibilidad de pérdida de más del 95%, pero a ellas no les importa. Entonces, preparé una acción de tutela que buscaba el cumplimiento de los derechos de la niña, que estaban en un 50%, no de la pareja. Y oh sorpresa, la sentencia fue a favor. Esto fue increíble.”

Pero esto, para sus oponentes, no fue el fin. “El procurador de esa época, Alejandro Ordóñez, nos estaba persiguiendo, nombró un procurador especial, presentaron apelación y el caso fue al Tribunal Superior de Antioquia. Yo dije, vamos a perder, y resultó que el Tribunal confirmó la decisión de primera instancia. Yo fui el primer sorprendido”.

Después de esto, el caso es llevado a revisión por la Corte Constitucional, que confirma por tercera vez la sentencia. Así, en 2015, la Corte confirma que las parejas del mismo sexo puedan adoptar, con la condición de que el niño fuera hijo biológico de uno de los integrantes de la pareja.

El profesor Sergio Estrada Vélez, de la Universidad de Medellín, junto con sus estudiantes, llevaron la adopción igualitaria a la Corte Constitucional. Fotografía / Cortesía

El próximo paso a seguir fue buscar la adopción igualitaria plena. El profesor Sergio Estrada Vélez, de la Universidad de Medellín fue quien continuó este proceso. “Él dice que, imposible que habiendo tanto niño abandonado, no permitan a las personas o parejas homosexuales adoptar sabiendo que quieren”. Junto con sus estudiantes, Estrada hizo una demanda a la Corte Constitucional, que da por resultado que desde el 2015, las parejas del mismo sexo pueden adoptar. “Ya la adopción igualitaria era plena, ya no era por pedazos”.

Respecto al matrimonio fue Manuel el primer homosexual en casarse en Colombia, aunque no de la forma convencional. “No había un matrimonio legal, pero nosotros decidimos casarnos”, fue mismo Germán Rincón quien les redactó el documento de pareja en el 2000 y, años después, el de trieja.

“Los notarios en Medellín fueron muy conservadores, con acciones legales accedieron, pero con limitaciones, como que no podíamos hacer ningún tipo de ceremonia, por eso decidimos casarnos en Bogotá”. Esto generó debate respecto a lo del matrimonio, un debate tan duradero que apenas hace poco concluyó.

Y es gran paso hacia el altar lo dio un hombre homosexual que presentó una demanda a la Corte Constitucional buscando el matrimonio igualitario. Pero la Corte se declaró impedida, y pasando la batuta al Congreso, le dio dos años (desde junio del 2011 hasta junio del 2013) para reglamentar el matrimonio igualitario. “El Congreso, usando la misma estrategia que antes, dejó vencer los términos”, cuenta Germán Rincón, “pero la comunidad, decidida, sale a casarse al cumplirse los dos años”.

“El problema está en que los notarios dijeron, “ah, es que le falta una coma a la sentencia, aquí no dice que tenemos que hacer matrimonios, pero tenemos que hacer algo, entonces no sabemos qué hacer.” Se inventaron, entonces, un documento nuevo y novedoso, nunca visto en la historia jurídica de ningún país del mundo”.

El documento, descrito como Rincón como “una ciudadanía de segunda” no era equiparable a un matrimonio, pero sirvió a las parejas para presentar múltiples tutelas que, otra vez, fueron recogidas por la Corte Constitucional.

“La Corte Constitucional hace una audiencia pública, con personas nacionales e internacionales, con conceptos a favor y en contra, y finalmente dicen si, estos son matrimonios, y todos esos documentos que hicieron durante años los notarios, quedan al nivel de un matrimonio”.  Por fin, y solo desde este fallo del 2016, los homosexuales podían decir que, al menos en el papel, tienen derechos iguales a los demás.

Para Manuel el matrimonio significó muchas cosas “primero, respeto. Fue hacer que me empezaran a ver cómo el hombre de familia que soy. Segundo, fue también darme a conocer en un referente de familia, es decir, un activista homosexual que mostraba estabilidad familiar, lo que me hizo un referente del activismo a nivel nacional e internacional. Por último, cuando se aprobó el matrimonio igualitario teníamos un acumulado certificado de años de vivencia juntos y eso nos garantizó muchos más derechos plenos que comenzar desde cero”.

Lamentablemente, y aunque en el papel los homosexuales ya son iguales a cualquier otra persona, la realidad es que aún no pueden dar sus derechos por sentado. Juan Daniel cuenta que los derechos no se pueden obviar porque “se viene atacando de manera brutal los derechos obtenidos por la población LGBT por parte de sectores ultraconservadores, especialmente los partidos políticos conservadores, la Iglesia católica y, de manera vehemente, por las iglesias evangélicas”.

Estos argumentos siguen buscando retroceder todo aquello que se ha ganado, y un paso en falso del gobierno podría derribar aquello que esta población ha logrado construir sobre el dolor de la discriminación. Juan Daniel hace un llamado a toda la sociedad “para velar por el bienestar de todos y todas como colombianos, pero sobre todo, como seres humanos con iguales derechos”.

La homofobia siempre ha estado latente. En la imagen, Segio Urrego, víctima de conductas homofóbicas en su propio colegio. Fotografía / Colprensa

La pareja: del sexo al amor

Todos los componentes de la vida social de una persona desembocan en la intimidad, y la discriminación no queda por fuera de eso. La homofobia, como maleza, echó raíces en los corazones de muchos homosexuales, Manuel dice que “siempre he sido un ser que he tenido quien me quiera, y que me quiera de verdad”, pero reconoce que para aquellas épocas de finales del siglo pasado, eso no hacía parte de la comunidad gay.

A él, incluso personas de su misma orientación, le dijeron que no merecía mantenerse en pareja, esto porque Manuel no cumplía con los cánones “de lo que algunos llamaban el buen gay”, el ser bonito, adinerado, decente y bien puesto, nada de lo que él era.

Lo normal no era conseguir pareja permanente para los homosexuales, pues lo normal era conseguir otro cuerpo para disfrutar, lo que llama Manuel “sexo de desestrés”.

“Teníamos todas las posibilidades de tener sexo, pero muy poquitas o ninguna de tener afecto”. Los lugares para tener sexo abundaban, desde bares, saunas, hasta residencias. Los bares y discotecas estaban pensados en eso, las revistas, las publicaciones, el internet cuando llegó. Todo estaba pensado para el consumo del cuerpo, muy poco para el consumo de los afectos”, comenta.

Eso se corresponde con el deber ser de la organización Diversidad Senior, que, dice su fundador Juan Daniel Castro, “intenta responder a la necesidad de las personas LGBTIQ+ de contar con el apoyo de una “Red de afecto” para la población mayor con orientaciones sexuales y/o identidades de género diversas”.

Esto por medio de un espacio de encuentro al que sus integrantes van a compartir experiencias, inquietudes y necesidades. Lo que se resume en un lugar para que estas personas puedan  expresarse tal cual son, donde su participación es importante y sin correr el riesgo de ser juzgados o rechazados.

Más que por suerte, por lucha, Felipe puede decir todo lo contrario, considera fácil conseguir pareja y mantenerla en la actualidad. Según él, “ahora hay que erradicar ese imaginario colectivo de la promiscuidad porque siento que no es así. Esto es algo que se da en todas las escalas sociales, pero se ha tildado un poco más fuerte a la comunidad LGBTIQ+, pero no considero que sea una generalidad”.

Este siguiente paso, ya dirigido hacía el imaginario colectivo, muestra que esa maleza de la homofobia ha sido podada, poco a poco, paso a paso, pero bien encaminada hacia la igualdad.