Trujillo, monumento a la memoria de las víctimas o al agravio de quienes prefieren el olvido, es un municipio enclavado en el próspero departamento del Valle del Cauca, Colombia; puerta obligada para el Océano Pacífico a través del vecino Cañón del Garrapatas, lugar donde se produce y transporta buena parte de la droga del narcotráfico o por donde ingresan las armas que alimentan la guerra interna. Esa, una explicación –entre tantas– para su desgracia.

Texto: Antonio Molina
Fotografías: Jhonathan Quintero Villa
Este año las Fiestas del Café en Trujillo llegan a su versión número 26; nacieron justo en el momento en que la violencia abrigaba al pueblo en los inicios de los años 90. El mismo terror que llevó a la construcción del primer Parque Monumento colombiano en homenaje a las víctimas, espacio que muchos lugareños no visitan o que critican por diferentes razones. Estos hechos ejemplifican acciones como dar la espalda a la realidad, escapar de ella o negarla, síntoma nacional de la peor enfermedad que cualquier país pueda padecer: la desmemoria.
Este pueblo, ubicado entre el río Cauca y la Cordillera Occidental, en los Andes colombianos, en menos de un siglo de fundación ha sufrido todas las formas de violencia… ha visto correr todas las sangres. Entre 1988 y 1994, el sexenio del horror, se presentaron 342 homicidios, muchos de ellos durante diversas masacres. Una cifra exagerada para un municipio con apenas 21 mil habitantes en esa época, los mismos que registra hoy.

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El sábado 17 de junio de 2017, durante la conmemoración de la “XVII Peregrinación a Trujillo”, los pobladores siguen su vida rutinaria, apenas sobresaltada por la llegada de algunos buses y varios vehículos particulares que transportan a los peregrinos de la memoria, una suerte de turistas de la desgracia colombiana –para algunos–, activistas de la memoria –para otros– o simples observadores de una realidad que en Colombia no cabe dentro de lo deseado por los gobernantes.
Los visitantes, en su mayoría jóvenes universitarios provenientes de diversas ciudades del país, se encuentran ante un conjunto de obras incrustadas en las laderas de una montaña boscosa.
Son 65 mil metros cuadrados que incluyen tres edificaciones medianas en la entrada, 342 tumbas de las víctimas enmarcadas por un Viacrucis cuyas 14 estaciones recuerdan múltiples masacres colombianas y una explanada en lo alto que contiene el Muro a la Sombra del Amor creado por el artista kurdo Hoshayar Rasheed y la que se considera estación final de los peregrinos: la tumba museo del sacerdote católico Tiberio Fernández Mafla, párroco de Trujillo, secuestrado junto con tres personas más, para luego ser torturado, descuartizado con motosierra y lanzado al río Cauca, de donde fue rescatado por un canoero que también fue asesinado. Los cuerpos de sus acompañantes –entre ellos una sobrina– jamás fueron encontrados.
Este hecho generó en su momento la protesta enérgica del papa Juan Pablo II y también fortaleció el acompañamiento a las víctimas por parte de varias congregaciones católicas y de otras religiones, como la anglicana. En la actualidad, la Hermana Maritze Trigos Torres, de las Dominicas de la Presentación, es quien organiza a las víctimas, varias de ellas vinculadas a Afavit (Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo). Tanto la monja como la asociación son objeto de reiteradas amenazas. Además, varios miembros de Afavit han sido asesinados, entre ellos una de sus fundadoras: Alba Mery Chilito, crímenes que siguen en la impunidad. Otro síntoma de que la violencia no cesa.

Trujillo quiere olvidar
Declarado por la Unesco como uno de los destinos del denominado Paisaje Cultural Cafetero, el interés de la clase política local es dejar atrás este pasado. Pero todo parece ir en contra de sus deseos. Aunque el número de homicidios se redujo de manera evidente, las huellas del narcotráfico; las guerrillas izquierdistas del ELN, M-19 y FARC; la lucha entre facciones del Partido Conservador; el paramilitarismo de derecha y los crímenes por parte de agentes del Estado, todos ellos sumados, crearon un cóctel sangriento que marcó de manera definitiva sus 221 kilómetros cuadrados.
Tanto es así que el Registro Único de Víctimas (RUV) consigna 68 solicitudes de reparación por hechos ocurridos entre 1995 y este año. En total, son 3.480 víctimas registradas hasta el primero de mayo del 2017 (ver Cuadro 1).

En procura de sanar heridas, la alcaldía de Trujillo ha apoyado iniciativas como la primera película largometraje grabada en ese municipio. Se trata de Gallo de pelea, dirigida por Harold Devaster y que se desea estrenar en salas nacionales en diciembre de este año, aunque ya tuvo un preestreno en la plaza principal del poblado. La historia de un gallero, acompañado por varios personajes locales, enfatiza en el llamado al diálogo.
Pero la historia de la violencia va mucho más allá de 1988, el año que marcó el inicio del sexenio del horror. En la mente de los más viejos todavía está la figura del jefe conservador lloredista Leonardo Espinoza, quien durante décadas decidió qué se hacía o no en el pueblo.
Espinoza fue asesinado en Trujillo en 1990; en los meses siguientes también lo fueron tres miembros de la familia conservadora rival, los Giraldo, seguidores del exministro y congresista Carlos Holguín Sardi.
Su autoridad era tan fuerte que hasta sus enemigos preferían acercarse a él con cortesía, por el temor que infundían los denominados pájaros (asesinos a sueldo), a lo que se sumaba su enorme cercanía con León María Lozano, El Cóndor, autor de las peores masacres en el Valle del Cauca durante la denominada época de La Violencia en los años 50 y 60 del siglo pasado.
Más adelante, en los 80 y 90, Henry Loaiza, El Alacrán o Faraica, un antiguo conductor de transporte veredal que hizo fortuna con la fabricación de cocaína, se convirtió en otro mandamás del poblado, aliado al narcotraficante Diego Montoya. A ellos se sumó el comandante de las fuerzas militares locales, el mayor Alirio de Jesús Urueña, con operación en toda la zona de Trujillo, Bolívar, Riofrío y municipios vecinos. Los narcotraficantes después fueron detenidos para pagar condena, pero el Mayor fue ascendido a Teniente Coronel antes de ser vinculado a los crímenes y desaparecer en el 2009, cuando un juez lo dejó en libertad por tecnicismos legales. Nunca fue recapturado.

Explicaciones para una tragedia
En el aire resuenan las campanas de la parroquia Nuestra Señora del Socorro, la iglesia que está en el parque principal. Se escucha, a través de la amplificación del campanario electrónico, una versión del Himno a la alegría, aparte coral de la Sinfonía número 9 de Beethoven, y no en vano llegan a la memoria del visitante los versos del poeta metafísico John Donne:
Ninguna persona es una isla;
la muerte de cualquiera me afecta,
porque me encuentro unido a toda la humanidad;
por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas;
doblan por ti.
Toda tragedia producida por el odio es una inconfesable falla de la humanidad, del sentido de lo humano. Así como toda muerte compromete a un grupo social, del mismo modo la memoria es un ejercicio colectivo.
Esto, que parece tan claro sobre el papel, le ha costado bastante a toda la sociedad colombiana, mucho más a los pobladores de Trujillo.
Al desangre originado en las rivalidades políticas –entre partidos o copartidarios– se unió un hecho que pronto fue constatable: la ineficacia de la justicia para cumplir a cabalidad con su deber, dejando casi todos los crímenes impunes durante la época de La Violencia y hasta la actualidad. La evidente debilidad del Estado, cuya presencia apenas se intuía a través de unas autoridades fáciles de corromper, fue pronto subsanada por otros actores como los gamonales, el narcotráfico, la insurgencia izquierdista y el paramilitarismo de derecha.
Todos ellos, con poca diferenciación en su actuar, presionaron a los otros ciudadanos para que fueran fieles a sus ideales, persiguiendo de manera inmisericorde a quienes se atrevieran a poner reparos a las múltiples arbitrariedades que ocasionaban.
De este modo, prácticas como la extorsión, el secuestro, la violencia sexual, el despojo de tierras, el desplazamiento y el homicidio se tornaron pan de cada día.
Un lugar común que era y es aceptado por los pobladores, quienes no tienen el apoyo de varias de las autoridades, debido a que los ilegales actúan con el visto bueno –implícito o explícito– de los agentes del Estado llamados a perseguir y castigar tal proceder.
El parque principal, peatonal por uno de sus costados, es la postal idílica de un municipio con una hermosa geografía y una ciudadanía que aún sigue cercada por el temor, recelosa al momento de salir durante la noche por unas antiguas calles que tejen la memoria del olvido. El miedo aún camina bajo los aleros.


