dore

Por Daniel Osorio

Ilustración: Gustave Doré

Apenas y le vi detrás de esa cortina de cristales que caían, mientras se acercaban las once, o alrededor de alguna hora donde la noche ya es un clímax de cabezas pensantes en el techo de sus cuartos, o simplemente cabezas sumidas en la luz de alguna pantalla; pero era tan claro para mi verla detrás de lo que les menciono, allá sentada en medio del hálito frío que producen las nubes cuando ya no hay luna, cuando los párpados de los dos goteaban a diferentes distancias. Le había visto y no me atrevía –aunque así lo había querido– a acercarme, pero tampoco había percatado mi presencia, me movía como un alma penosa y llena de imágenes tormentosas extrapoladas ante un evento que terminaría del todo mal, o simplemente terminaría.

Ella seguía con un humor extraño, que vacilaba entre la melancolía y la alegría de su vida puesta a media noche en alguna banca, en algún intento de silla cromada; brillaban las gotas en su cabello, apreté lentamente mi mano mientras olvidaba qué llevaba sobre mi cuerpo, todo goteaba, mis nervios, el cielo, y mis manos goteaban rojizas. Me acerqué a un muro apoyando mis ideas y temores, recliné la cabeza en alguna parte, buscando entre mis brazos el olor de algo… mi nariz solo goteaba lo que en mis brazos llevaba.

Mis manos eran torpes, mi cara un desastre, mis brazos le seguían la ruta, estaba temblando, estaba goteando de rojo; le vi de soslayo, su imagen era melancólica, ya tenía una excusa en mí, en mí, para acercarla a mis últimos recuerdos, y a las mejores memorias que puedo guardar, mis memorias tristes; podía acercarla, hacer de ella un personaje más, perdido en alguna parte de mi imaginario, mi pequeño bestiario donde el rojo era el único tono a estos colores grises. Vi de nuevo, tomaba rumbo a cualquier lugar que le alejase de donde pertenece, seguía goteando, lluvia, sudor, enfermedad, rojo; le acerqué mi realidad por mi mano, sus ojos ahora goteaban entre mis dedos, y de su costado bajaban sus últimos deseos de irse, la luna se lo llevaría todo entre su torrente nocturno, hice caso omiso a mis oídos, hasta que asimile por ellos lo único que buscaba, su silencio; le di media vuelta, para ver el momento perfecto, el momento en que se iba para pertenecer a mí, le tomaba con la diestra por donde se deslizaba su vida, todo era tan rojo, mi mano izquierda le repasaba pintando letras que no decían nada, no tenían por qué decirlo, le sonreí para confirmar mis nervios, para confirmar una bienvenida también, estaba conmovido por agregarla a mi colección personal de pensamientos en aislamiento; todo era de una perfección abrumadora, todo seguía goteando, e iba dejando de gotear, ella ya estaba en mí, y su cuerpo ya estaba vacío, la luna calmó su ritual, al tiempo en que ella partió en su último tono de rojo; yo seguía goteando, un poco menos, miré parte de mi rostro en el reflejo de la silla, era un desastre, pero todo dejaría de ir cayendo, todo iría partiendo, todo iba a mí, y yo regresaba todo lo que me pertenecía, y yo no era la excepción, todos teníamos que regresar antes de que acabara la noche, todos debíamos regresar antes de que el día le dijera a quién había dado muerte mi mano; a quién se había llevado mi espíritu egoísta, que había arrebatado dos vidas y una noche.