De academias y académicos, un debate oportuno y necesario (3)

Tomando prestada la pregunta de T. S. Eliot “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento?”, agregándole ¿Hay sabiduría en la academia actual?, se pueden arriesgar varias reflexiones para el diálogo… Lea las anteriores entregas aquí y aquí.

Al final del artículo anterior invitaba a contestar la pregunta: ¿Qué le deja al ser humano como ser, a sus conflictos existenciales y relacionales, este modelo de academia positivista y comercial de la actualidad, asentada en las universidades con el sello de académica y sus practicantes de académicos?

 Por: Rafael P. Alarcón*

“En un mundo de percepciones fugaces y de eventos consumibles al instante, nada perdura lo bastante como para constituir esos trazos de la memoria profunda de los que depende nuestra experiencia genuina”, afirma Terry Eagleton en su libro Cómo leer un poema.

Al final del artículo anterior invitaba a contestar la pregunta: ¿Qué le deja al ser humano como ser, a sus conflictos existenciales y relacionales, este modelo de academia positivista y comercial de la actualidad, asentada en las universidades con el sello de académica y sus practicantes de académicos?

En el pasado griego, en el nacimiento de la academia, el concepto del conocimiento democrático era el fundamento para adquirir la sabiduría colectiva, a beneficio de ella misma, para que el individuo “aprendiera el buen vivir” consigo y con la sociedad. Hoy hay que mirar críticamente si los grandes centros universitarios masificados, comercializados  y burocratizados permiten el verdadero desarrollo y la conjugación de los avances tecnológicos con la calidad de la existencia.

Tomando prestada la pregunta de T. S. Eliot “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento?”, agregándole ¿Hay sabiduría en la academia actual?, se pueden arriesgar varias reflexiones para el diálogo:

Estamos en mora de volver a crear una cultura sobre el pensamiento que rodea el mundo contemporáneo en nuestra sociedad, no de las ajenas anglosajonas que nos invaden y nos predeterminan el actuar…

La primera, el deterioro y limitación de la capacidad de pensar más allá de la tecnología, ha invadido todas las esferas del acto humano, incluyendo el quehacer de lo que hemos entendido por ciencias humanas. Una  academia, a mi parecer, debe llevar al formando y al formador a desarrollar lo que Manuel Cruz en su libro La tarea de pensar propone “Por cultura debemos entender la interpretación que el hombre da a su vida, el repertorio de soluciones, satisfactorias en mayor o menor grado, con las que intenta resolver sus problemas y dar cuenta de sus necesidades vitales”. Estamos en mora de volver a crear una cultura sobre el pensamiento que rodea el mundo contemporáneo en nuestra sociedad, no de las ajenas anglosajonas que nos invaden y nos predeterminan el actuar y nos encierran en el sofisma de lo tecnológico como bienestar, así como en el mundo del consumo sin necesidad. La academia verdadera debe asumir esta responsabilidad de pensar, de proponer, de interpretar.

La segunda, es la pérdida del lenguaje, de esa relación de palabra y significado; hemos condensado y concretado el habla. Se maneja más la forma del programa, su esqueleto  y sus matrices en tablas y figuras, pero poco se debate cada uno de sus contenidos, pues éstos deben corresponder en la academia de corte positivista a que el estudiante “debe estar competente para…  sin comprender  qué es ese ‘para’… para el cual formamos y se forman”.

La tercera, la escasa dialéctica en la academia entre profesores y estudiantes, donde en forma casi exclusiva se limita al modelo de transmisión-recepción. Ello ha llevado a dos tipos de estudiantes y profesores: uno, en donde el profesor lee -y se informa casi siempre acríticamente- informes, revistas y libros,  especialmente extranjeros, alejados de la realidad en donde se vive, y se invade de preguntas inquisidoras a endebles muchachos con pretensiones de saber, los cuales se limitan a oír y a repetir sin ningún interrogante; el otro, muy escaso, casi en vía de extinción, donde la pregunta y el tema se convierte en el centro del diálogo, del intercambio de interpretaciones y comprensiones, donde no hay una verdad absoluta, sino múltiples incertidumbres a resolver, a deliberar, a generar nuevos interrogantes.

La cuarta, la pretendida cientificación de los  pensadores de las ciencias humanas que,  sin impugnar, han caído y pretenden ahora convertir al pensamiento, la reflexión y la interpretación en una ciencia exacta. El debate ahora es escaso, se impone teorías y conceptos de corte positivista, no se deja margen para el cuestionamiento, pues cualquier crítica es asumida como actitud sospechosa de apartarse del centro hegemónico del pensamiento imperante y debe ser, por tanto, relegado, marginado u olvidado. Un ejemplo, el fenómeno mental ya no es un estudio interdisciplinario de la filosofía, la hermenéutica, la psicología, la sociología, la antropología, la economía  y la medicina,  ha caído a tristes, pobres y limitados manuales de diagnóstico y estadística –DSM- Los discursos de la psicopatología han sido desterrados de las universidades.

El debate ahora es escaso, se impone teorías y conceptos de corte positivista, no se deja margen para el cuestionamiento, pues cualquier crítica es asumida como actitud sospechosa de apartarse del centro hegemónico del pensamiento imperante y debe ser, por tanto, relegado, marginado u olvidado.

La quinta, la falta de disentir que ha invadido a los “académicos”, aceptando teorías y tecnologías que parten de otras  realidades sociales en que viven, inermes a sus conflictos y contradicciones, de las limitantes agresivas de las estructuras de poder estatal que se refleja en los centros con pretensiones de ser académicas, avaladas más por el capital invertido y recuperado, en donde el conocimiento se enreda en una maraña burocrática que le predetermina y determina. 

La sexta, el servilismo a intereses concretos de mercado y de generación de capitales individuales o de grupos. Pueden consultar en Mineducación y en las Cámaras de Comercio el sin número de universidades, fundaciones universitarias e instituciones tecnológicas (más de 500 entre todas ellas en Colombia), aprobadas y en funcionamiento, con programas de pésima calidad, profesores recién egresados sin experiencia, sin formación fundamentada, sin idea de lo que es academia, la cual la confunden con mero conocimiento tecnológico de importación, y mal pagos en su hora cátedra. Ángel Rama intuía esta situación como “catástrofe educativa” que conlleva a un proceso engañoso de aculturización y degradación de las masas.  

La séptima, es la ausencia casi por completo del “ser intelectual”, al modo como Pedro Laín Entralgo nos lo proponía: como su responsabilidad en el quehacer académico “alumbrar nuevos proyectos de existencia, tanto personal como colectiva, nuevos modos de ser y de vivir… y ejercitar la tarea, menos brillante, menos creadora, pero no menos necesaria, de recordar el deber  y de decir no a la injusticia”.

Una verdadera academia y un académico deben, a mi parecer, generar un ambiente institucional y social que corresponda al pensamiento del premio Nobel de Literatura alemán Hermann Hesse: “Cuantos más individuos haya que consigan observar el teatro del mundo con tranquilidad y actitud crítica, tanto menor será el peligro a las grandes locuras de masas, a cuya cabeza está la guerra”.

Médico Psiquiatra, Magister Salud Pública, Máster en Psicogeriatría, Magister en Literatura y candidato a Doctor en Literatura