No ha sido necesaria la invención de los teléfonos inteligentes para comprobar que el aburrimiento, o sea, el sobrante de tiempo en el que no hay nada que hacer, es el enemigo a batir y que vale cualquier cosa con tal de mantenerlo a raya. ¿Para qué arriesgarse a pensar, observar las cosas de alrededor o imaginar sin estímulos externos si se tiene a mano el juguetito electrónico que puede impedirlo sólo con pulsar unas teclas?

 

 Por Jaime Fernández

La estabilidad de tiempos pasados añorada por las generaciones en todas las épocas convive con la nostalgia de “todo lo que era sólido”, citando una célebre frase del Manifiesto comunista de Marx y Engels, que asocia la solidez con el declive de una era en la que todavía reinaban los mercados nacionales y las pequeñas industrias. Desde entonces el adiós melancólico a “todo lo que era sólido” entona su ritornelo cada vez que un progreso tecnológico de cierta envergadura modifica el sistema de producción en vigor, con las consiguientes repercusiones en el mercado de consumo, en el mundo laboral y, por supuesto, en las sociedades y en los individuos.

La revolución tecnológica derivada de la expansión de Internet y de las nuevas tecnologías de la comunicación han acelerado el declive de muchas cosas que hasta hace pocos se consideraban “sólidas”. El sociólogo Zygmunt Bauman tuvo la perspicacia de acuñar el término “líquido” para oponerlo a la pérdida de “todo lo que era sólido” causada por la revolución en curso. Inspirándose en la cita de Emerson “cuando uno patina sobre hielo fino, la salvación está en la velocidad”, teorizó conceptos básicos como “modernidad líquida”, “sociedad líquida” o “amor líquido”. Bauman no ha sido un sociólogo al uso. En sus análisis la filosofía y la literatura están muy presentes.

Zygmunt Bauman falleció a los 91 años el pasado 9 de enero

Como todas las metáforas, ésta pretende definir un escenario nuevo contrastándolo con el que le precedió y trazando entre ellos una suerte de línea divisoria. Sin embargo, se trata de un proceso gradual del que podemos investigar sus orígenes en la Historia, pero no vislumbrar sus límites, puesto que se halla en una expansión ilimitada

Fueron Marx y Engels los primeros  pensadores en atisbar el ocaso del mundo sólido  y el comienzo de una era nueva determinada por el cambio constante. En el Manifiesto comunista, publicado en 1848, constataron que, al contrario que en etapas anteriores de la Historia, la época burguesa se caracterizaba por revolucionar incesantemente los instrumentos de trabajo y todas las relaciones sociales, propiciando un clima “de agitación e inseguridad perpetuas” ante el cambio continuo de los modos de producción y el incesante derrumbamiento del sistema social.

“Todas las relaciones sociales tradicionales y consolidadas, con su cortejo de creencias y de ideas admitidas y veneradas, quedan rotas: las que las reemplazan caducan antes de haber podido cristalizar. Todo lo que era sólido y estable se desvanece en el aire; todo lo que era sagrado es profanado y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”.

Friedrich Engels y Karl Marx

Además, observaron que la burguesía industrial necesitaba abrir mercados nuevos, “invadiendo el mundo entero”, arrebatando a las industrias su carácter nacional, “con gran sentimiento de los reaccionarios”, y forjando por doquier medios de comunicación. Ni las propiedades intelectuales escapaban de esta apertura, que estaba acabando con la estrechez y el exclusivismo nacionales. Incluso previeron el final de las literaturas nacionales y locales y el surgimiento de una “literatura universal”.

Pese a la brevedad de su juicio, no estaban desencaminados. Dos décadas antes, Goethe le había comentado a J.P. Eckermann que “hoy día la literatura nacional ya no quiere decir gran cosa”. Había llegado la época de la literatura universal (“Weltliteratur”), por lo que cada cual debía poner algo de su parte para acelerar su advenimiento.

goethe

Johann Wolfgang von Goethe

Desde que Marx y Engels publicaron el Manifiesto comunista se han sucedido grandes crisis económicas y políticas -estas últimas casi siempre vinculadas a aquéllas-, como las que ellos vaticinaron sin precisar. La mundialización ha seguido su curso gracias al imparable desarrollo de las comunicaciones, de la tecnología y de la ciencia, que obligan a introducir periódicamente cambios sustanciales en el modelo social vigente y en las costumbres y en las mentalidades. No hay solidez que se resista a la velocidad de estos cambios.

La característica esencial de una sociedad líquida es que las condiciones en las que actúan sus miembros cambian más rápidamente de lo que tardan en consolidarse sus hábitos. Cuando el individuo se ha acostumbrado a algo, un nuevo cambio en esas condiciones le obliga a prescindir de las costumbres arraigadas. Nada permanece estable y en un mismo sitio. Todo se halla sometido a un continuo cambio de forma y de lugar. Lo único que permanece estable es el cambio mismo.

The skating Minister, by Henry Raeburn

“El reverendo Robert Walker patinando en el Lago Duddingston” (1790), de Henry Raeburn

La tecnología informática ha transformado en virtuales muchas cosas que en el mundo sólido eran exclusivamente materiales y que por eso mismo se mostraban reacias a los cambios. Al favorecer la mutación perpetua, la virtualidad ha fulminado la fidelidad y la lealtad, cualidades muy apreciadas en el mercado tradicional y en las relaciones del productor con el consumidor. El cliente habituado a “navegar y “surfear” por las aguas procelosas de la virtualidad cambia de marca asiduamente, en busca de ofertas atractivas, prescindiendo de fidelidades arraigadas.

Al mismo tiempo, la capacidad para mutar las cosas con rapidez exacerba el clima de competencia entre los productores, que en su pugna por ofrecer a los consumidores mercancías atractivas, las someten a cambios continuados. Como no puede ser de otra manera, éstos tienden a quedarse en la superficie de la forma. De ahí que el mundo virtual coseche sus principales éxitos en el proceso de compra-venta y en la publicidad de los productos. A fin de cuentas, lo virtual limita con la materialidad de las cosas y, como ha sucedido en todos los tiempos, entre éstas siempre las habrá de mejor o peor calidad.

Aunque la obsolescencia sea el signo distintivo de la vida moderna, en la sociedad líquida  sigue extendiendo su radio de influencia. Hoy todo dura menos que ayer y más que mañana. Tanto la expresión usar y tirar como el concepto de caducidad se entrometen en nuestras conversaciones cotidianas. Lo preocupante es su tendencia a propagarse más allá de los objetos que se fabrican, afectando al mundo laboral, en el que, si se atiende a la realidad de los hechos, la palabra precariedad empieza a rozar el eufemismo, y a las mismas relaciones personales. Parece que lo único que escapa a la obsolescencia es ella misma.

 

Flexibilidad y adaptación son los dos lugares comunes que más circulan en los centros de trabajo y que políticos y gestores repiten sin descanso. Con ellos se nos insta a que prescindamos de viejos hábitos y rutinas, asumiendo que las cosas ya no serán como antes, cuando el aprendizaje y la experiencia adquirida -los servicios prestados – carecían de fecha de caducidad.

Por lo que respecta a la adaptación, ¡todos camaleones!, como Talleyrand, el político-comodín de los distintos gobiernos de Francia desde la Revolución de 1789. Finalmente, el enaltecedor de todos los regímenes a los que iba traicionando según la dirección de los vientos que soplaban, se convirtió en el verdadero revolucionario, aunque en privado añorase la dulzura de vivir en el Antiguo Régimen, del que procedía.

El mismo término “régimen” se ha quedado obsoleto. Si desde la Revolución francesa, las revoluciones que se sucedieron en el mundo daban la puntilla al antiguo régimen que las precedió y forjaban uno nuevo con perspectivas de estabilidad, pero régimen al fin y al cabo, en nuestro tiempo el concepto de régimen ha perdido sentido bajo el embate de los cambios que se suceden vertiginosamente. La “lucha por la vida” de antaño se reduce a adaptarse a éstos lo antes posible.

El mundo líquido exige al individuo dedicar buena parte del tiempo a la adaptación; estar al día para no quedarse fuera de órbita. La jerga de la informática, que encabeza la actual revolución tecnológica, ha sintetizado este hecho en una palabra con la que el usuario no tiene más remedio que familiarizarse: actualización.

Aquél que no sabe o no consigue adaptarse por la inercia de su pasado o de la experiencia, es sustituido por quien, sin experiencia alguna ni pasado a su espalda, se presenta no ya como adalid del cambio, sino como su personificación. Su seña de identidad es la pronta disposición a “adoptar el color del lugar en el que lo colocan”, como decía Montaigne a propósito de la condición humana. No importa que tenga que desplazarse todo el tiempo de un lugar a otro: él está preparado para adoptar el color del lugar que ocupe provisionalmente. Hoy dirá una cosa y mañana la contraria, y al día siguiente la contraria de las que dijo los dos días anteriores.

La adaptación constante hace que no se tenga tiempo para pensar en la incertidumbre, reduce la perspectiva del futuro a su mínima expresión y evita formarse una idea de conjunto. Absorbido por los esfuerzos por adaptarse, el individuo no sabe muy bien en qué punto se encuentra, ni logra formarse una idea general del resultado de las sucesivas adaptaciones a las que se ve forzado.

Charles Chaplin en “Tiempos modernos” (1936)

Así como en los tiempos sólidos, los tiempos modernos de la película homónima de Charles Chaplin (1936), el obrero metalúrgico apretaba tuercas como un robot en la cadena de montaje de una fábrica, conociendo al menos el objeto para el que trabajaba, en los tiempos líquidos el empleado se adapta a los cambios regulares que se le imponen sin saber ciertamente adónde conducen. Es más, quizá no lo sepan ni sus propios jefes.

Si, según la cita de Emerson, al patinar sobre una fina capa de hielo, la velocidad es la salvación, en la era líquida ésta sólo sirve para llegar antes a los sitios, gracias a los medios de transporte cada vez más rápidos, pero no para ganar tiempo. De cuantos más recursos se dispone para hacer más cosas y con mayor celeridad, se tiene la sensación de disponer de menos tiempo.

Ralph_Waldo_Emerson_ca1857_retouched

Ralph Waldo Emerson

No nos bastan las veinticuatro horas del día para las múltiples tareas que acometemos, incluida la de reservarnos un paréntesis para el descanso y el ocio. Emulando al Conejo de Alicia en el país de las maravillas, siempre pendiente de su reloj de bolsillo, llegamos tarde a todas las citas porque en el último momento surgió algo que nos impidió presentarnos a la hora prevista.

El galicismo “estrés” se ha incorporado a nuestras vidas con una naturalidad perversa. Ya ni siquiera se sale a pasear, como antes, sino a correr. Pasear es cosa de viejos, los únicos que disponen de tiempo, aunque, por razones ajenas a las circunstancias externas, también a ellos se les pase volando. Hasta el temido cambio climático corre más deprisa de lo esperado, dejando inservibles los nombres de las estaciones.

Ilustración de John Tenniel para el cuento “Alicia en el País de las Maravillas”, de Lewis Carroll

De todos modos, el tiempo siempre ha sido el enemigo tradicional del hombre, junto al aburrimiento que pueda germinar en él. Ya Lucrecio ironizaba en De la naturaleza de las cosas acerca del hombre que, enfermo y sin conocer su dolencia, huye de sí mismo, y corre de un lado para otro, tratando de olvidarse de sí mismo, como si fuera a apagar el fuego de su casa. Mientras se lucha contra el tiempo, haciendo muchas cosas a la vez, no se nota su presencia. Las quejas por no disponer de todo el que se querría para descansar son puro teatro.

No ha sido necesaria la invención de los teléfonos inteligentes para comprobar que el aburrimiento, o sea, el sobrante de tiempo en el que no hay nada que hacer, es el enemigo a batir y que vale cualquier cosa con tal de mantenerlo a raya. ¿Para qué arriesgarse a pensar, observar las cosas de alrededor o imaginar sin estímulos externos si se tiene a mano el juguetito electrónico que puede impedirlo sólo con pulsar unas teclas?

Escultura de Lucrecio (859-1861), Parco del Pincio, Roma

Ahora ni siquiera se precisa hacer algo para matar el tiempo. Basta con mirar la micropantalla del teléfono móvil, la fuente milagrosa de la que manan durante las veinticuatro horas del día todas las expectativas de usar y tirar, aunque la más duradera podría resumirse en este extraño deseo: “Que alguien se acuerde mí”.

En unas circunstancias tan maleables, ¿qué entendemos por sólido? Aquello que es consistente, que echa raíces y perdura, pese a los avatares. Al contrario que lo líquido, que no arraiga en ningún sitio y fluye constantemente, en un nomadismo sin meta fija, cambiando siempre de dirección y de forma, lo sólido se mantiene estable en un mismo punto, sin por ello renunciar a la innovación. Esa relativa quietud en el espacio y el tiempo garantiza su durabilidad, imprimiéndole una identidad y, por tanto, haciéndolo fácilmente identificable.

tumblr_nqmdgmGzxD1qfcut3o1_1280

“Subway” (1934), óleo sobre lienzo de Lily Furedi

Por sus dimensiones y estructura, lo sólido resultaba todavía controlable por el individuo. Al permanecer en un mismo sitio mucho tiempo, favorecía el establecimiento de unos vínculos familiares, basados en la costumbre. Conservaba algo así como un sabor local y, por tanto, relativamente diferenciador, preservando su autonomía con respecto a estructuras de dimensiones muy superiores. Lo sólido ofrecía seguridad y cierta continuidad, permitiendo a las personas planificar su vida a medio plazo.

En la cultura digital, sólido es también aquello que mantiene su unicidad en tanto que materia tangible y que, al menos de momento, carece de alternativa en el ámbito virtual, si bien nadie descarta que en un futuro no demasiado lejano pueda tenerla. Por ejemplo, el libro y las publicaciones en papel conviven con sus correspondientes versiones digitales, permitiendo a los lectores elegir uno u otro formato.