ALTERNATIVA, LA REVISTA QUE FUE LA CONCIENCIA DE COLOMBIA (II)

Alternativa fue una excepción en el periodismo de izquierda que se hacía en Colombia al plantearse como un medio no partidista ni orgánico…

 

Por / Jaime Flórez Meza

 “Alternativa fue un producto de su época y proyectó el pasional idealismo de los años setenta, teñido de no poco sectarismo ideológico. Nació en medio del auge de la protesta social y del activo movimiento sindical y campesino que vivía entonces Colombia, y también de la tensa situación que creó en el hemisferio el derrocamiento y muerte de Salvador Allende en Chile. Fuimos utópicos, arrogantes y hasta cierto punto irreales”.

Enrique Santos Calderón[1]

 

En esta segunda y última parte cronística sobre la revista colombiana Alternativa me propongo hablar de cómo tras sus primeros tres años difíciles y agitados sufrió una profunda reestructuración para afrontar la siguiente etapa, que sería la más oscura de su historia por el contexto sociopolítico, aunque paradójicamente la más promisoria en lo periodístico. Estamos a fines de 1976, cuando la revista había logrado su objetivo de llegar al gran público, siendo la primera publicación de izquierda que era leída masivamente (llegó a tener 50.000 suscriptores), lo que constituía un hito en la historia del periodismo independiente colombiano. Pero eso no bastaba para que el magazín se mantuviera financieramente a flote: la crisis, además de humana y periodística por la salida de tres grupos de intelectuales que habían hecho parte de la revista, era también económica y administrativa.

Por otra parte, después de sufrir dos atentados con bomba a fines de 1975 (el segundo de ellos en el domicilio de Enrique Santos Calderón), presumiblemente perpetrados por servicios de inteligencia militar —según Hernando Corral—, la revista no se arredró y por el contrario arreció su crítica al gobierno de López Michelsen, cuya defraudación política y económica al país resultaba cada vez más grande.

 

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El renacer

Los cuatro meses de forzoso silencio sirvieron, pues, no solo para refinanciar la revista sino para hacer una reestructuración periodística y administrativa. En esta tercera etapa, que se inicia con la reaparición de la revista el 1° de mayo de 1977, introduciría columnas de opinión de prestigiosos periodistas, académicos e intelectuales. Una parte importante de la intelectualidad del país escribió en Alternativa: Gerardo Molina, Estanislao Zuleta, Eduardo Umaña Luna, Beatriz de Vieco, Diego Montaña Cuéllar, Jorge Orlando Melo, Álvaro Tirado Mejía, Salomón Kalmanovitz, Arturo Alape y, por supuesto, el consejero editorial y uno de los fundadores de la revista, Gabriel García Márquez, por mencionar solo algunos.

Uno de los periodistas de la gran prensa que empezó a colaborar con la revista fue Daniel Samper Pizano, que propuso inicialmente escribir sobre deportes, fútbol más que todo (que era una de las especialidades del multifacético periodista), algo que le faltaba a Alternativa. Samper Pizano escribía en El Tiempo la columna “Reloj”, una de las más leídas en Colombia, y dirigía la Unidad Investigativa de ese diario, además de haber dirigido el periódico El Pueblo de Cali. Se cuenta que cuando algún artículo para “Reloj” era considerado por el editor de El Tiempo sumamente crítico o comprometedor, éste mismo le sugería que mejor lo publicara en Alternativa, y lo mismo hacía con los de Santos Calderón que le resultaran igualmente problemáticos.

Antonio Caballero, que había estado en la sección internacional, pasó a ser ahora el jefe de redacción. Como él mismo comenta, fue esta experiencia la que le enseñó lo que era Colombia:

“… en esos años conocí a la multiplicidad de Colombia. Conocí a la clase obrera —a los sindicalistas de Ecopetrol, a los corteros de caña de los ingenios del Valle, a los linotipistas, a los trabajadores de Colpuertos, a los guardianes de prisión, a los marineros de la Flota, a los presos, los huelguistas de Paz de Río, a los campesinos invasores que desalambraban fincas en Bolívar o el Cauca—. También a los politiqueros de provincia, a los curas revolucionarios, a los coroneles del Ejército, a los guerrilleros del monte, y a los estudiantes revoltosos de la Nacional que tiraban piedra. A mucha gente. Yo hasta entonces conocía muy poco de Colombia, y sólo la bucólica de mi niñez (…). Y a mis amigos de colegio y a mis enemigos de colegio. Ni siquiera conocía a la clase media”.[2]

 

El Paro Cívico de 1977

Para Alternativa el “Mandato Claro”, eslogan del gobierno de López Michelsen —que tanta expectativa había generado por tratarse de un político que había atacado el bipartidismo del Frente Nacional— no era más que una prolongación de éste, que había excluido a las minorías políticas del país y a sus mayorías sociales, generando un descontento tal que llevó, entre otras cosas, al surgimiento de las organizaciones insurgentes, que por entonces se contaban por decenas, aunque las más notorias eran las FARC, el ELN, el EPL y el M-19. De manera que la oposición y crítica al gobierno de López desde Alternativa fue absolutamente frontal y llegó a su punto máximo cuando todas las centrales obreras y el Partido Comunista Colombiano convocaron a un gran Paro Cívico Nacional para el 14 de septiembre de 1977: el más grande paro nacional en la historia de Colombia.

Fuente: universocentro.com

Antes y después de su realización, el Paro Cívico Nacional de 1977 constituyó todo un movimiento social, uno de los más importantes del siglo XX en el país, que fue apoyado, además, por numerosos intelectuales, artistas y organizaciones sociales. Una convocatoria nunca antes vista en Colombia. Alternativa lo respaldó desde un comienzo y se convirtió en su mayor divulgador e informador desde la prensa. “En medio de la censura a la prensa que de manera soterrada impuso el Gobierno, las agencias internacionales llamaban a Alternativa para informarse de lo que estaba sucediendo”,[3] asegura Luis Alfonso Mena Sepúlveda. En cuanto a las causas del paro, explica que

“las condiciones de existencia de las clases populares se habían visto seriamente menguadas por la política oficial y, de acuerdo con datos confiables, 1976 figuraba como el de costo de vida más caro de los últimos 14 años, pero 1977 se vislumbraba peor. La lucha por mejores salarios, freno al incremento de precios de artículos básicos de la canasta familiar y generación de empleo eran reivindicaciones apenas elementales en relación con las políticas de un Gobierno que había defraudado a sus electores”.[4]

La respuesta del gobierno frente al paro fue desproporcionada: se estima que treinta personas resultaron muertas (de ellas veintitrés en Bogotá) por la acción de la Fuerza Pública, mientras que diez desaparecieron y hubo centenares de heridos y millares de detenidos. Alternativa hizo un seguimiento minucioso de la protesta, denunciando y cuestionando abiertamente la brutal represión estatal:

“En un texto titulado ‘Balance de la represión. Nadie responde por los muertos’, se esforzaba porque no se perdiera la pista de los crímenes, y llamaba la atención acerca de que por ellos ‘deberán responder los ministros del Trabajo, Gobierno y Guerra’, que fueron convocados a un debate en el Congreso. Los homicidios finalmente terminaron en la impunidad y, más lamentable aún, parece que en el olvido de la sociedad con el paso del tiempo, pues la reivindicación de la memoria de los caídos del Paro Cívico poco ha sido levantada por organizaciones sociales”.[5]

Desde El Bogotazo de 1948, cuando el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán fue asesinado y miles de sus seguidores se levantaron contra el Gobierno, Colombia y particularmente Bogotá no habían vivido una jornada como la de aquel 14 de septiembre de 1977. Fue un segundo Bogotazo cuyas víctimas, tal y como observa Mena Sepúlveda, quedaron en el olvido de una sociedad tan amnésica como la colombiana.

 

“Firme y después ¡Firmes!”

La experiencia del paro dejó muchas lecciones. Una de ellas era la necesidad impostergable de “unidad crítica de la izquierda” de cara a las elecciones de 1978, que esta vez Alternativa apoyó activamente mediante un Comité de Unidad que buscaba recolectar 500.000 firmas para que los tres candidatos de la izquierda se unieran para enfrentar a los candidatos liberal y conservador. A pesar de que no se alcanzó la meta (se recogieron 429.000 firmas) y de que los tres candidatos no cerraron filas en torno a una sola candidatura (lo hicieron individualmente), y de su estruendosa derrota, la revista siguió adelante con la iniciativa para futuras elecciones y dio lugar a un movimiento político: Firmes, lanzado oficialmente en noviembre de 1978, que la revista apoyó hasta su último número, y el cual sería liderado por dos respetados académicos: Gerardo Molina y Luis Carlos Pérez.

En las elecciones a cuerpos colegiados municipales y departamentales de marzo de 1980, Firmes presentó listas propias y logró, al menos, conseguir una curul en el Concejo de Bogotá con el académico, escritor y ex rector de la Universidad Nacional Gerardo Molina, “uno de los pocos hombres rectos que he conocido en la historia de la política colombiana”,[6] dice Antonio Caballero. Fue la única vez que Alternativa tomó partido, desafiando sus propios principios, contribuyendo a formar un movimiento político. El maestro Molina, como se le conocía, era un destacado intelectual y político de la izquierda colombiana, y su concejalía serviría como plataforma para su candidatura a la presidencia por Firmes en las elecciones de 1982, que ganó el conservador Belisario Betancur.

Firmes tuvo un periódico con el mismo nombre, del cual Antonio Caballero fue su director, y que resultó ser una tarea abrumadora: “… nunca he conocido un trabajo periodístico más arduo, yo, personalmente, que el de los consejos de redacción de ese periódico Firmes, en donde participaban trotskistas, maoístas, comunistas, guevaristas, alternativistas. Era una tarea verdaderamente interminable y dolorosísima para lograr sacar por consenso artículos que a la vez tuvieran cierta enjundia informativa”.[7]

El Estatuto de Seguridad

La más dura prueba la viviría Alternativa durante el gobierno de Julio César Turbay Ayala, representante del ala derechista más radical del partido Liberal. Es conveniente hacer la aclaración porque en este partido siempre hubo algunas facciones disidentes, como la que encabezó el mismo Jorge Eliécer Gaitán en los cuarenta, López Michelsen a partir del Frente Nacional con una tercería que denominó Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) —de ahí el desencanto que produjo su gobierno reaccionario—; o Hernando Agudelo Villa, del Frente Liberal, que había perdido la consulta interna del partido ante Turbay Ayala.

Una vez en el poder, Turbay Ayala y su ministro de Defensa, Luis Carlos Camacho Leyva, expidieron el controvertido y autoritario Estatuto de Seguridad, que no fue otra cosa que la aplicación de la Doctrina de Seguridad Nacional que luchaba contra la presunta amenaza comunista en América Latina. Que en el caso de Colombia nunca fue una opción de poder por la vía legal y mucho menos por la ilegal. En las elecciones presidenciales de 1978, por ejemplo, la votación total que recibieron los tres candidatos de la izquierda fraccionada solo llegaba al 2,5 %, lo que marcaba un gran retroceso frente al 12,4 % obtenido en las de 1974.

Lo que efectivamente sí aconteció es que en Colombia se instituyó un “Estado policiaco”, como lo advertía el propio dirigente liberal Agudelo Villa en una entrevista para Alternativa, en la que manifestaba: “La incapacidad de los partidos tradicionales para presentar salidas políticas nos está llevando a un Estado policiaco”.[8] Mena Sepúlveda sostiene que además de su implementación en el gobierno de Turbay, ese Estado policiaco “se había ejercido desde el gobierno de Alfonso López Michelsen, durante el ‘Mandato Claro’”;[9] y puntualiza que “el Estatuto [de Seguridad] no era otra cosa que el medio por el cual los sectores financiero e industrial de la burguesía, aliados de grandes propietarios de tierras más el agregado ahora de la ‘clase emergente’, pretendían cerrar el paso al ascenso de las luchas de los sectores populares y arreciar la guerra contra la insurgencia, también en auge desde 1977”.[10]

Alternativa fue el medio que con más persistencia denunció la sistemática violación de los derechos y libertades de los ciudadanos durante el gobierno del Estatuto de Seguridad (pese a no haberlo vivido en su totalidad debido a su desaparición como medio), y aún en el del Mandato Claro, como lo explicita Mena Sepúlveda:

“Fueron centenares las denuncias aparecidas en la revista a lo largo de esos dos gobiernos, pero en el de Turbay Ayala se incrementaron de manera sustancial, debido al aumento de los consejos verbales de guerra, norma que de acuerdo con las leyes de la época se aplicaba no solo a los militares sino también a los civiles que participaran en protestas callejeras, movilizaciones sociales que derivaran en problemas de lo que la gran prensa denominaba ‘orden público’ y, con más veras, contra quienes se levantaran en armas”.[11]

Fuente: pensamientocolombia.org

Justamente lo que empeoró la situación fue el robo de armas perpetrado por el M-19 al Cantón Norte del Ejército, cercano a Bogotá, durante la Nochevieja de 1978. La persecución fue brutal; Alternativa, a la larga, sufrió las consecuencias debido a su cercanía con el M-19. El magazín era señalado por el dirigente conservador, ex candidato presidencial y director del diario El Siglo Álvaro Gómez Hurtado, de ser “el brazo desarmado de la insurgencia”, como lo recuerda el periodista Hernando Corral:

“Álvaro Gómez se dedicó a escribir editoriales diciendo que Alternativa era el brazo desarmado de la subversión, hasta el punto que el general Camacho Leyva pidió, en un consejo de ministros, la detención de todos nosotros. (…) Cuando me enteré les conté a Enrique y a Antonio que al otro día el general iba a legalizar esa petición y, afortunadamente, hablamos esa noche con Turbay y paró la cosa… pero la cosa iba en serio. Es que a García Márquez lo iban a detener, no nos olvidemos”.[12]

Probablemente Corral se refiera a la detención de la que iba ser objeto el escritor en marzo de 1981, un año después de la desaparición de Alternativa. García Márquez y su esposa hubieron de asilarse en la Embajada de México. Otros intelectuales sí fueron detenidos (como por ejemplo el poeta Luis Vidales o la pianista Teresita Gómez) y algunos de ellos torturados, como el actor, director y guionista Carlos Duplat, el sociólogo Orlando Fals Borda (uno de los fundadores de Alternativa, el que saliera en la primera crisis) y su esposa, o la escultora Feliza Burzstyn, quien fue vendada y sometida a un extenuante interrogatorio de once horas (tortura psicológica), a la manera de los que hacían en el régimen comunista de Alemania Oriental para quebrar la voluntad del detenido. En los paraísos comunistas, tan admirados por la izquierda radical, también se vigilaba, perseguía y torturaba.

Sin embargo, esta etapa de Alternativa, ideológicamente hablando, es la menos radical de su historia y la más comprometida con un proyecto de izquierda democrática y no sectaria a través del movimiento Firmes. Dice al respecto Agudelo Castro: “Con el tiempo, la revista pasó de un extremo al otro del espectro de la izquierda: inicialmente promovió abiertamente una revolución socialista y finalmente ensambló, por medio de un acuerdo secreto con el M19, una alianza electoral que terminó incluyendo tendencias progresistas dentro de los partidos burgueses Liberal y Conservador. Esta evolución política se reflejó en la evolución periodística de la revista”.[13]

Como en ningún otro momento de su trayectoria, bajo el Estatuto de Seguridad Alternativa tuvo que defender con más riesgo y ahínco la libertad de prensa. “La revista advertía con alarma que, con la aplicación del Estatuto de Seguridad, y bajo el pretexto de combatir la subversión, la inseguridad y la droga, el país estaba pasando al control directo de los militares. Y la administración de justicia se encontraba en buena parte en manos de tribunales castrenses”,[14] recuerda Mena Sepúlveda.

El ataque a la libertad de prensa era evidente: “Durante los seis primeros meses del Estatuto de Seguridad, 23 emisoras de radio fueron sancionadas y muchos periodistas perdieron su libertad; hasta se llegó a calificar de subversión cultural al ejercicio de la profesión periodística”,[15] dice Maryluz Vallejo. Como lo enfatiza Agudelo Castro, frente a esa precariedad del ejercicio periodístico independiente “en un momento dado, Alternativa se quedó sola como el único medio de circulación masiva en el país en oponerse al régimen bipartidista Liberal-Conservador y a la brutal ofensiva de la clase política contra la protesta popular y la izquierda”.[16]

 

Derechos humanos y la toma de la embajada

Después del radicalismo de sus primeros años, Alternativa se convirtió en un bastión importante para la defensa de los derechos humanos. Sus denuncias constantes de detenciones arbitrarias, torturas, asesinatos, desapariciones y de la situación de los presos políticos no solo visibilizaron estos hechos en el país sino a nivel internacional. Pero su crítica no se limitaba a las acciones represivas y atroces de la Fuerza Pública; también cuestionaba crímenes cometidos por las mismas guerrillas. En tal sentido,

“fijaba su posición crítica frente a acciones de la guerrilla que empezaba a cuestionar seriamente, en lo que algunos consideraron un giro, pues la revista pasaba del tono de exaltación de la mayoría de las operaciones insurgentes, a una actitud de rechazo a aquellas que consideraba injustificables e inmersas en el concepto de terrorismo. Sostenía, además, que esas acciones servían finalmente a los militares, ‘interesados en demostrar, por cualquier medio, que la subversión política es la barbarie’”.[17]

Caricaturas de Antonio Caballero publicadas en distintas ediciones de Alternativa y seleccionadas para el último número. Fuente / Archivo de Bogotá – Secretaría General

Bajo ese clima de terror estatal y reaccionarismo subversivo distintas fuerzas políticas y sociales convocaron al Foro por los Derechos Humanos a realizarse entre el 30 de marzo y el 1 de abril de 1979, el cual tuvo una nutrida participación: dirigentes izquierdistas, liberales y conservadores, académicos, intelectuales, artistas, sindicalistas, abogados, periodistas, obispos, defensores de derechos humanos. En noviembre de este año se celebró también el Encuentro Juvenil Continental por los Derechos Humanos en Bogotá. Por otra parte, “Alternativa planteaba (…) la urgencia de conformar un gran Frente Democrático que uniera no solo a las fuerzas de izquierda, sino a otras procedentes de los partidos tradicionales e independientes que se opusieran todas al rumbo autoritario que había tomado el régimen de Turbay Ayala que cercenaba las libertades políticas y ciudadanas”.[18]

Y justo cuando la revista estaba próxima a desaparecer por su inviabilidad económica, ocurrió la toma de la Embajada de la República Dominicana ejecutada por un comando del M-19 el 28 de febrero de 1980. Fabio López de la Roche opina que esta acción fue el resultado de un cambio de estrategia política en el grupo insurgente por cuanto

 

“fue esa coyuntura represiva y antidemocrática la que le permitió al M-19 revisar de manera más clara lo que había sido su visión anterior de la democracia y, algo muy importante, con ese gran sentido de la oportunidad que le había caracterizado, percibir el descontento de amplios sectores de la opinión con la escalada represiva turbayista y levantar la bandera de los derechos humanos y de las libertades democráticas, que tanta popularidad y simpatía le diera cuando la organización se tomó la sede de la Embajada de la República Dominicana en 1980”.[19]

Alternativa cubrió en detalle este episodio, que duró 61 días, hasta donde alcanzó a hacerlo, pues a fines de marzo de 1980 publicó su último número, el 257. El comando guerrillero había tomado como rehenes a catorce embajadores que asistían a un almuerzo por la celebración de la independencia de la República Dominicana, entre ellos el Nuncio Apostólico y los embajadores de EU, México, Guatemala, Costa Rica, Brasil, Venezuela y Uruguay (éste último lograría escapar saltando por una ventana el 16 de marzo). Esta acción, llamada por el M-19 “Democracia y Libertad”, fue el hecho más mediático que realizó la agrupación subversiva, con el cual pretendían denunciar ante el mundo la represión del gobierno de Turbay Ayala, a quien exigían la liberación de todos los presos políticos de su organización y 50 millones de dólares por el rescate de los diplomáticos.

Última edición de la revista Alternativa. Fuente / Archivo de Bogotá – Secretaría General

La noticia dio la vuelta al mundo y muchos reporteros enviados por medios internacionales acamparon en los alrededores de la embajada para cubrir todo lo que aconteciera. Las negociaciones entre representantes del gobierno —dos funcionarios de la cancillería colombiana— y dos guerrilleros —entre ellos una mujer conocida como “La Chiqui”— empezaron a realizarse en una camioneta frente a la embajada, con presencia del embajador mexicano. El desenlace se produjo el 27 de abril de 1980 cuando el comando guerrillero y los rehenes que aún estaban en su poder —varios fueron liberados durante el cautiverio— abordaron un avión con destino a Cuba, como parte de la negociación final con el gobierno. En ese momento el cierre de Alternativa ya era irreversible y es de lamentar que no pudiera mantenerse hasta el fin de uno de los más grandes sucesos de los que fue testigo durante su historia.

 

El legado

Alternativa fue una excepción en el periodismo de izquierda que se hacía en Colombia al plantearse como un medio no partidista ni orgánico, a diferencia de los numerosos impresos maoístas y trotskistas que circulaban en los años setenta en Colombia y del periódico Voz Proletaria, del Partido Comunista Colombiano. Si alguna vez tomó partido fue para intentar uno de los objetivos que se había propuesto en relación con la unidad del archipiélago de la izquierda colombiana: por una parte, a través del movimiento Firmes que fue iniciativa suya y seguiría por cuenta propia hasta participar en las elecciones presidenciales de 1982 con Gerardo Molina; y por otra, con el Frente Democrático, que buscaba tender puentes también con sectores progresistas de los partidos tradicionales.

Si bien el periodismo independiente que defendía y desarrollaba Alternativa tenía antecedentes en el país, es difícil encontrar en las décadas posteriores un medio impreso que pueda equipararse a lo que fue su labor periodística, cultural y política, pues ni siquiera la tercera revista Alternativa (la segunda fue, como se recordará, Alternativa del pueblo) que se editaría entre 1996 y 1999, bajo la dirección de María Teresa Herrán y Orlando Fals Borda como director emérito, tendría el impacto de la primera.

Alternativa era más conocida e influyente como generadora de opinión por ser un medio informativo (o mejor, contra-informativo), analítico, investigativo e interpretativo de carácter político. Sin embargo, lo era menos por sus notas y entrevistas de cariz cultural, como las entrevistas a Fernando Botero, Julio Cortázar y Salvador Dalí, por ejemplo. Pero la crítica política, al estilo de la Escuela de Fráncfort, a menudo se colaba en artículos sobre asuntos culturales que abordaban la influencia de la cultura de masas estadounidense en Colombia o sobre la industria televisiva (“La T.V. en Colombia. Embrutecer para enriquecerse” es un ejemplo), entre otros.

La relación de Alternativa con el M-19, aunque amistosa, no dejó de ser paradójica como lo atestigua, por ejemplo, la primera crisis ideológica y periodística al interior del medio, en la que el grupo subversivo influyó y quiso aprovecharla para manipularlo; no obstante, en una etapa posterior “el M-19 tuvo mucha más influencia en Alternativa, puso un gerente y aportó una parte del presupuesto”,[20] dice Paulo César León Palacios. Con el tiempo la revista fue más escéptica frente a la subversión armada como alternativa de cambio y poder, y llegó a repudiar el uso de la violencia que aquélla hacía. No obstante, pese a la apertura conceptual y política que se dio en la revista y el grupo guerrillero, León Palacios opina que “el M-19 y Alternativa no solo compartieron varios de sus miembros y la amistad entre sus creadores, sino que fueron realmente muy parecidos: ambos nacieron como mitos de ruptura con las tradiciones de la izquierda colombiana, pero ninguno de los dos pudo escapar a sus tentaciones: intelectualismo, vanguardismo, dogmatismo, unidad por arriba, y, desde luego, antisectarismo sectario”.[21]

Pese a lo contradictorio o ambiguo que pudiera resultar su trasegar periodístico y político, pienso que la evolución de la revista en este sentido fue muy interesante y supo capitalizar, periodística e intelectualmente hablando, los últimos grandes acontecimientos nacionales e internacionales que le correspondió analizar, como la revolución sandinista en Nicaragua o la toma de la Embajada de la República Dominicana. Uno de los colaboradores de la revista en su última etapa, el historiador Jorge Orlando Melo, afirma que la revista pasaba por su mejor momento antes de desaparecer definitivamente:

“Yo creo que Alternativa se muere, en cierta manera, por razones económicas en un momento de gran éxito intelectual, en el momento en que lo que decía Alternativa era aceptado por la gente y en el que la izquierda misma veía, en la nueva visión de Alternativa, algo muy positivo, pero que le creaba una ambigüedad, porque la convirtió también en una guía, más que simplemente en un informante… Creo que ese fue un triunfo indirecto de Alternativa, que se expresa en los años siguientes por el abandono del respaldo a la lucha armada por la mayoría de los grupos de izquierda en el país y por la búsqueda de una solución, de una negociación eventual con la guerrilla para salir del conflicto… Alternativa fue un gran éxito en términos periodísticos y un gran éxito también en términos visuales… El país cambió yo creo para bien por Alternativa”.

Alternativa en su época de quincenario, cuando era diseñada por Taller 4 Rojo. Fuente / Taller 4 Rojo – Taller Causa Roja

Para Hernando Corral Alternativa llegó a su fin porque “el sistema no la aguantaba más (…) Había problemas económicos, pero había problemas políticos y si no nos pasó nada, si quedamos vivos, fue porque lo pensaron dos veces, porque estaban García Márquez, Enrique Santos, Antonio Caballero, personas de poder en este país. (…) a los demás nos hubieran pegado un tiro en una calle y no hubiera pasado nada”.[22]

Un éxito periodístico e intelectual, por un lado; un fracaso económico y la certidumbre de ser una piedra en el zapato del Establecimiento colombiano, por otro, con la consecuencia del cerco económico que impidió definitivamente su continuidad.

Fred Kaim Torres, líder estudiantil de los años setenta en Colombia y hoy periodista, considera que “Alternativa fue una visión muy temprana de los acontecimientos actuales de América Latina de manera que yo no me circunscribiría con Alternativa al mapa colombiano, sino que lo trascendería a América Latina, es una tesis para América Latina, la unión de pequeñas minorías, la propuesta de reformas evolutivas del Estado.”[23] Además, asegura que “sin Alternativa la represión habría sido más violenta y sin Alternativa no hubieran surgido los dirigentes que fueron apareciendo”.[24]

Adicional al legado periodístico de Alternativa —que quizás hoy se procura mantener en medios digitales colombianos como 070, Las 2 Orillas, Prensa Rural, La Silla Vacía, Cartel Urbano y La Cola de Rata, entre otros— uno podría decir que de alguna manera los frutos del trabajo intelectual y político del magazín se vieron diez años después de su desaparición con el movimiento de la Séptima Papeleta. Esta iniciativa de un grupo de estudiantes universitarios permitió que en las elecciones para senado, cámara, asambleas departamentales, concejalías, alcaldías y candidatura del partido Liberal de marzo de 1990, se votara una séptima papeleta por la convocatoria a un plebiscito con el fin de cambiar la conservadora y confesional Constitución de 1886. La convocatoria fue aprobada y en mayo de ese año, en las elecciones presidenciales, el plebiscito favoreció ampliamente el cambio de la Carta política, el cual se realizó mediante la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 que expidió, en julio de ese año, la nueva Constitución política del país, muy respetada y elogiada a nivel internacional.

Pese a ese significativo avance democrático y a la desmovilización de guerrillas como el M-19, el EPL y las FARC, entre otros hechos importantes de los últimos treinta años, el estado de cosas en Colombia no parece haber cambiado mucho desde los tiempos de Alternativa, los problemas siguen siendo básicamente los mismos y no hemos logrado salir de la “horrible noche”. Como lo manifiesta Carlos Agudelo Castro:

“Hoy, como lo muestra la historia de Alternativa, no mucho ha cambiado en cuanto a las causas fundamentales de las desigualdades e injusticias que han plagado al país a lo largo de toda su historia. Esto es, en cierto sentido, una validación del pensamiento político de la revista que llamó sin éxito a un cambio fundamental en las estructuras de poder de Colombia. Es también un punto de reflexión para aquellos que todavía creen que las causas de la violencia están en la naturaleza de los colombianos y no en las desigualdades alimentadas a lo largo de toda la historia del país por una clase política de escasos escrúpulos que es capaz de aliarse con lo peor de la sociedad con tal de mantener sus privilegios”.[25]

Por último, en cuanto a su destacado componente visual llama la atención su capacidad sintética de representar la crisis sociopolítica de este país, como lo plantea Gustavo Alonso Garzón Riaño:

“La gráfica utilizada en Alternativa parece sugerir reiteradamente la configuración de una imagen completa de la realidad política colombiana en tres escenas. En primer lugar, se halla la reiterada alusión a la democracia simulada que se vive en Colombia, la fragilidad institucional y la estrechez del sistema político. Se insiste en mostrar que la democracia es una suerte de acto de ilusionismo político que sirve de cortina de humo para el colusionismo político que tiene lugar entretanto. En un segundo cuadro de reiterada alusión se ilustran referencias a las implicaciones concretas del ejercicio de ese poder y la democracia deficitaria que tiene lugar en el país, que trae implicaciones para la sociedad colombiana y para las personas: la tortura, la represión estatal, el inequitativo reparto de la tierra en un país con vocación agrícola, la pobreza y exclusión que el ejercicio del poder trae aparejado. La serie la completa un tercer cuadro, sugerido, pero no mostrado, que hace referencia a la posibilidad de cambio social una vez se produzca un cambio político, es decir un cambio en la élite que se encuentra al comando del Estado”.[26]

 

Notas

[1] Santos Calderón, Enrique. Una breve historia… en Alternativa. Lo mejor de la revista que marcó a una generación, https://www.megustaleer.com.co/libros/alternativa/MCO-004170/fragmento.

[2] Caballero, Antonio. Patadas de ahorcado. Caballero se desahoga. Una conversación con Juan Carlos Iragorri. Bogotá: Planeta, 2002, p. 24.

[3] Mena Sepúlveda, Luis Alfonso. Periodismo independiente en Colombia: la historia de la revista Alternativa (1974-1980). Tesis de Maestría en Historia. Cali: Universidad del Valle, Facultad de Humanidades, 2015, p. 167.

[4] Ibíd., p. 161.

[5] Ibíd., p. 174.

[6] Caballero, Antonio, op. cit., p. 22.

[7] Caballero, Antonio, citado por Mena Sepúlveda, Luis Alfonso, op. cit., p. 216.

[8] Agudelo Villa, Hernando, citado por Mena Sepúlveda, Luis Alfonso, op. cit., p. 199.

[9] Ibíd., p. 200.

[10] Ibíd., p. 213.

[11] Ibíd., p. 200.

[12] Corral, Hernando, citado por Mena Sepúlveda, Luis Alfonso, op. cit., p. 235.

[13] Agudelo Castro, Carlos. “Atreverse a pensar es empezar a luchar”. Elementos para el análisis de la revista colombiana “Alternativa”. Folios, 18-20, años XIII-XIV. Medellín: Universidad de Antioquia, Facultad de Comunicaciones, junio de 2009, p. 56.

[14] Mena Sepúlveda, Luis Alfonso, op. cit., p. 208.

[15] Vallejo, Maryluz, citada por Mena Sepúlveda, Luis Alfonso, op. cit., p. 211.

[16] Agudelo Castro, Carlos, op. cit., p. 56.

[17] Mena Sepúlveda, Luis Alfonso, op. cit., p. 225.

[18] Ibíd., p. 229.

[19] López de la Roche, Fabio, citado por Mena Sepúlveda, Luis Alfonso, op. cit., p. 221.

[20] León Palacios, Paulo César. El M-19 y la subversión cultural bogotana en los setenta: el caso de la revista Alternativa. Anuario colombiano de historia social y de la cultura, No. 35. Bogotá: 2008, p. 207.

[21] Ibíd., p. 210.

[22] Hernando Corral, citado por Mena Sepúlveda, Luis Alfonso, op. cit., p. 235-236.

[23] Kaim Torres, Fred, citado por Mena Sepúlveda, Luis Alfonso, op. cit., p. 239.

[24] Ibíd., p. 240.

[25] Agudelo Castro, Carlos, op. cit., p. 59.

[26] Garzón Riaño, Gustavo Alonso. Gráfica crítica en la revista Alternativa. Bogotá 1974 – 1980. Tesis de Maestría en Estética e Historia del Arte. Bogotá: Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, Facultad de Ciencias Sociales. Departamento de Humanidades, 2019, p. 96.