Alberto Fuguet no sabía qué obra sacar de Andrés, no quería hacer una novela, porque no quería tergiversar las ideas del escritor; por eso al chileno se le ocurrió la magnífica idea de realizar una autobiografía. Así fue, por eso todo el libro Mi cuerpo es una celda está escrito por Caicedo.

Andrés_Caicedo

Por: Daniel Yepes Cartagena*

“Amo la soledad pero a veces no la resisto, entonces  busco compañía y

me doy cuenta que no resisto la compañía”

Mi cuerpo es una celda.

 Autobiografía – Andrés Caicedo

Muchos dicen que si Andrés Caicedo no se hubiera quitado la vida, no sería la leyenda que hoy es en la literatura  colombiana y latinoamericana. Otros dicen que si el cinéfilo estuviera vivo, sus obras habrían adquirido el mismo éxito que tienen en la actualidad. Andrés Caicedo Estela nació en Cali (Colombia) en 1955, proveniente de una familia de clase media. El flaco Caicedo  decía que vivir más de los 25 años era una completa insensatez, por tal motivo se dedicó compulsivamente a  escribir cuentos, guiones y críticas cinematográficas, a hacer teatro, a ver cine, a drogarse, a bailar y a soñar, a caminar su Calicalabozo antes de cumplir sus 26 años. Por eso en la tarde del 4 de marzo de 1977, después de recibir el primer ejemplar de su obra cumbre ¡Qué viva la música!  Se  suicidó.

No considero valioso engancharlos a leer este escrito contando el suicidio de uno de mis escritores favoritos, ya que muchos se acercan a conocer su obra por lo trágica que fue su vida (y su muerte), pero en realidad el verdadero Andrés está inmerso en todos sus cuentos, en todos sus escritos, en sus novelas póstumas, el verdadero Andrés pueda estar en la autobiografía Mi cuerpo es una celda, escrita por él mismo Caicedo muchos años después de haber muerto. Sí, con la ayuda del chileno Alberto  Fuguet, Andrés Caicedo volvió a escribir.

Y es que escribir sobre esta leyenda colombiana es realmente difícil, hay tanto qué decir que cuando se elige decir algo no se deja de pensar en lo que no se dijo. Esto mismo le pasó a Alberto Fuguet, un periodista  y escritor chileno que conoció la obra de Caicedo hace muy poco (muy tarde,  dice él) y se enamoró de su vida, de sus escritos y del mito Andrés Caicedo, por tal motivo viajó a Cali para investigar todo sobre el colombiano, habló con sus familiares, entrevistó a sus allegados, visitó los lugares preferidos del escritor y se devolvió para Chile con una maleta llena de material  inédito, cartas, poemas, escritos,  y diarios repletos de anotaciones  que no habían salido a la luz pública.

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Alberto Fuguet de Goyeneche (Santiago, 7 de marzo de 1964) es un periodista, escritor y cineasta chileno.

Al llegar a Chile y leer y releer todos estos documentos llenos de sensibilidad y de historia, Fuguet no sabía qué obra sacar de Andrés, no quería hacer una novela, porque no quería tergiversar las ideas del escritor, por eso al chileno se le ocurrió la magnífica idea de realizar una autobiografía. Así fue, todo el libro Mi cuerpo es una celda está escrito por Caicedo; Alberto realizó el montaje de semejante obra, ordenó las cartas, compiló las críticas cinematográficas, las notas, los poemas y nos reveló a ese Andrés de las mil actitudes frente a la vida, al drogadicto, al talentoso, al enamorado, al obsesivo, al Caicedo hijo, revoltoso, sensible, también al suicida y al que amaba la vida.

Una de las mejores definiciones que han escrito sobre Andrés Caicedo está en el prólogo de su ‘Autobiografía’ . El escritor venezolano Luis Britto García definió así el mundo imaginativo del precoz escritor:

anclados en una aterida adolescencia, o en un amor contrariado, o en un desacuerdo con el medio, renuncian a curar, a avanzar hacia esa aceptación de las derrotas que se llama madurez, y se enquistan en una edad o en una fábula o en un gesto determinado, con el orgullo de Dios, el único ser que puede proclamarse inafectado por el tiempo, algunos de estos personajes, empeñados en la contemplación de las heridas que no sanan, nos despiertan la desazón de que acaso no estamos curados. De que quizá sangraremos hasta la muerte y después de ella.”

Hoy en día el género epistolar tiende a desaparecer con las nuevas tecnologías que con tan solo hacer un click desde un computador ubicado en Colombia pueda enviar una información hasta Australia, Rusia o China. Vivimos agradecidos con la inmediatez pero añorando las cartas aromatizadas, la caligrafía y hasta la máquina de escribir. Con la autobiografía de Andrés se revive ese amor, esa nostalgia pura y especial de las cartas, de las bien escritas.

Las cartas son el utensilio más adecuado para limpiar el alma. Aquí cito a Alberto Aguirre editor Antioqueño fallecido el año pasado en la ciudad de Medellín, en una de las cartas que le envío a Héctor Abad Faciolince cuando estaba en el exilio, se refirió sobre las cartas así:

en la carta se vacía uno, es más espontáneo, más puro. Y hay tantas cosas que decir, tantos sueños, tantas ilusiones, tantas ideas. Y es tan dulce saber que existe alguien que quiera oírlos. En la carta al amigo uno es limpio de corazón. Y pudoroso como una doncella.”

Así espontáneo y puro fue Andrés Caicedo, no solo en sus cartas ni en sus escritos, también en su corta vida, hay que darle las gracias a Andrés, por su obsesión con dejar legado y obra, por su talento y por su amor al arte. En una de las páginas de Los Hermanos Karamazov de FiodorDostoyevsky está inscrita una cita de la sagrada biblia del evangelio de San Juan que dice:  “…en verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo caído en la tierra no muere, quedará solo: pero si muere, producirá mucho fruto…”. Caicedo de pronto fue una semilla que decidió morirse para regalarle al mundo los mejores frutos, sus obras. 

*Daniel Yepes Cartagena es estudiante de Comunicación Social de la Fundación Universitaria Luis Amigó. Entrada original aquí.