Aníbal Velásquez: 80 años de magia y transgresión

Aníbal Velásquez Hurtado, barranquillero de nacimiento, multinstrumentista, decididamente acordeonero de tiempo completo y fronteras musicales diluidas. Compositor, arreglista, vocalista, rebelde y transgresor, el tres de junio cumple ochenta años de vida, de los cuales más de sesenta han sido dedicados por completo al ejercicio ineludible de la música.

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Por: Luis Carlos Ramírez Lascarro

Este prodigioso músico, que ha grabado todos los ritmos que ha podido, empezó con su hermano Juan en Los Vallenatos del Magdalena, agrupación con la cual grabó, entre otros, los temas: Alicia la campesina y La casa en el aire, ambos paseos de Andrés Landeros y Rafael Escalona, respectivamente. Grabaciones que son de las primeras en hacerse de lo que hoy conocemos como vallenato y la primera versión de ambos temas, reconocidísimos hoy en día, y en cuyas interpretaciones deja ver ya el maestro Aníbal su distancia musical con las formas tradicionales de la música que posteriormente llamaríamos vallenata y su carácter de revolucionario, adelantado y, más que versátil, experimental y atrevido acordeonero.

Además de estas primeras grabaciones que se podrían denominar vallenatas, ha interpretado las alegres guarachas de origen cubano a las que imprimió su sello particular (Guaracha en España), cumbias, porros, paseboles, rancheras, paseaítos, danzones, guajiras, pasajes llaneros, tamboras, rumbones, chiquichas y, entre otros ritmos, romantiquísimos boleros como Triunfamos o Rondando tu esquina. Temas que podríamos llamar hoy día salsas, como Ese amor, Te vi venir y El cumbanchero, además de canciones raras, extrañísimas, difíciles de clasificar, como la misma Guaracha en España, Mambo loco y El rayador, con los cuales se consolidó no solo como el primer revolucionario del acordeón sino como quien primero abrió las fronteras a la música que hoy día conocemos como vallenata y que, a pesar de los purismos, sigue siendo difícil de definir para muchos dentro del universo genérico de la música de acordeón del caribe colombiano, tan disímil, desbordante y  mutante, como el paisaje mismo de la región.

anibal-velasquez2Su genio musical solo puede ser comparable, en nuestro contexto, con el de Alfredo Gutiérrez, a quien le encomendara Toño Fuentes, como parte de lo que serían Los corraleros de Majagual, hacerle frente como fenómeno musical y bailable en la Costa Caribe colombiana. Ellos eran  y serán (sin guardar muchas proporciones ni tener dudas) los Niki Lauda y James Hunt del automovilismo, los Sugar Ray y Mano de Piedra del boxeo, los Federer y Nadal del tenis.

Como Lisandro Meza, Juancho Rois y Emilianito Zuleta, se puede decir que Aníbal Velásquez es un rey sin corona del Festival de la Leyenda Vallenata, aunque puede darse el lujo de haber sido declarado “Fuera de Concurso”, quizá para no tener que aceptar que no había quién le diera talla o para no tener que descalificarlo por salirse de las normas tradicionales del vallenato. Como el mismo Lisandro Meza, con quien comparte las características sentadas por el uso y la costumbre para ser denominados Juglar, además de los prolíficos Julio Erazo y José Barros (quienes entre todos los ritmos que cultivaron, también crearon vallenatos), pero no será reconocido y entronizado como un Juglar de la música de acordeón del caribe colombiano por el solo hecho de salirse de todos los moldes preestablecidos y no poder ser limitado por una sola etiqueta.

anibal velasquez4En su voz y su acordeón se sintetizan y se repiten, año por año, los contrastes de la sociedad colombiana de manera casi insuperable, con el fluctuar de emociones que causan canciones como: La brujita (que se oye en todos los Halloween), Navidad (que a pesar de su letra melancólica nos invita a celebrar la vida con sus notas entusiastas), Cinco pa las doce (que a todos hace llorar en el cambio de año) y Alicia la Flaca (que a todos nos pone, entre tantas otras, a mover el esqueleto en épocas de fiestas novembrinas de Cartagena y carnavales de Barranquilla). Retrato musical de un país que pasa, casi sin inmutarse, del dolor al gozo, de la risa al llanto, de la feria a la tragedia.

Su bigote y sombrero de vaquero, sus canciones, su voz, su acordeón, hacen parte no solo del cancionero y la banda sonora de la existencia, sino, prácticamente, de la cadena espiralada del ADN de los colombianos, quienes debemos –deberíamos– quitarnos el sombrero, remangarnos las camisas, recogernos los pantalones y bailar y cantar a todo pulmón celebrando la vida, obra y legado del gran, del inmortal, Aníbal Velásquez, El Mago, El Bárbaro del Acordeón.

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