ANTONIO CABALLERO: LUTO EN LOS TENDIDOS

Está casi acostado en un confortable sillón y se ha quitado los zapatos. La mirada reconcentrada y melancólica de los que no se cansan de escrutar el mundo. Esa es la imagen que conservo de Antonio Caballero.

Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris

Con la luz apagada

 

“Con el pucho de la vida apretao entre los labios”. Está casi acostado en un confortable sillón y se ha quitado los zapatos. La mirada reconcentrada y melancólica de los que no se cansan de escrutar el mundo. Esa es la imagen que conservo de Antonio Caballero. Fue durante una entrevista concedida a una reportera de acento caribeño, en una Feria del Libro de Bogotá hace muchos años.

Las frases fluían lentas. El hombre se tomaba su tiempo para responder, como corresponde a quienes tratan de decir algo sensato en medio de una tormenta de preguntas que pretenden ser ingeniosas. En algún momento el escritor comentó, a propósito del racionamiento de energía eléctrica que padecía el país por esos días: “El gobierno de César Gaviria constituye en sí mismo un apagón”.

Fue la única ocasión en poco más de dos horas en que se permitió algo parecido a una sonrisa. De ese tamaño era la melancolía que emanaba de su rostro, enmarcado por una espesa barba que siempre conservó.

Siempre se asumió como un hombre de izquierda y mantuvo hasta su muerte esa posición, lo que ya es un mérito en un mundo tan pendular como el de las ideas políticas. Lo mismo sucedió con su pasión por la tauromaquia: la defendió a rajatabla en una época en que la sacralización de los animales nos devolvió de golpe a los tiempos del más puro paganismo.

Igual cosa puede decirse de su defensa pública del derecho a las drogas como parte del ejercicio del libre albedrío de los individuos.

Esa firmeza fue la característica central de su personalidad, admirada y respetada hasta por sus más intransigentes contradictores.

 

Pluma y espada

 

Se hizo mayor en tiempos de la Guerra Fría, leyendo por igual a los clásicos del marxismo y a la gran poesía universal. Eso lo dotó a partes iguales de un agudo sentido crítico y de un estilo depurado que hicieron de sus textos fuente de reflexión y de goce estético. Si a eso le sumamos su condición de caricaturista, tenemos en él al perfecto satírico, al pensador decidido a no tomarse en serio a nada ni a nadie.

 

En las páginas de la revista Alternativa- para muchos la mejor publicación de izquierda en la historia de Colombia-, afinó y afiló su pluma y su espada. Al lado de Gabriel García Márquez, Enrique Santos Calderón, Álvaro Tirado, Daniel Samper Pizano y Orlando Fals Borda, Caballero compartió la aventura única de esa revista capaz de batallar durante varios años en un medio conservador y clerical en  el que hasta los veteranos liberales (los del viejo partido “al que le gritaban vivas los borrachos”) habían dado un giro a la derecha, temerosos del fantasma del comunismo que no sólo recorría Europa si no que había cruzado el mar para encarnarse en los barbudos que bajaron de la Sierra Maestra a iniciar el experimento de la Revolución Cubana.

 

Como les sucedió a tantos intelectuales, su afición a los toros tenía menos que ver con el frenesí de la fiesta en los tendidos que con el profundo simbolismo de ese ritual en el que hombres de pies ligeros y pocos kilos de peso se enfrentan a animales que los pueden aniquilar de una sola embestida. A juzgar por los escritos de Antonio Caballero, la persistencia de lo humano en su inútil combate con la muerte era lo que lo atraía hacia los ruedos. Vistas así, su vida y su obra fueron las de un torero enfrentado a fuerzas poderosas: a las oligarquías de las que su propia familia formaba parte. A la casta militar proclive a desencadenar horrores como los del Estatuto de Seguridad de Turbay, la Seguridad democrática de Álvaro Uribe o la sangrienta retoma del Palacio de Justicia durante el gobierno de Belisario Betancur.

 

Formado en una familia de intelectuales, su vida transcurrió en esa curva que va de la Segunda Guerra Mundial con su apocalíptico epílogo nuclear, hasta la caída del Muro de Berlín y sus secuelas en el mundo.

 

Las otras utopías

 

A contracorriente de la idea de El fin de la Historia, entendió que había en el mundo pueblos para los que la historia ni siquiera había comenzado. África, América Latina y buena parte de Asia intentaban hacerse a un destino en medio de la devastación patrocinada por los poderosos y dejaban así su huella en la política, la economía, la literatura, el arte y la música.

 

A su manera, esos pueblos viven todavía en los tiempos de la utopía, aunque no sea la misma que sacudió el planeta en las décadas posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial.

 

En sus libros, sus artículos de opinión y sus caricaturas, Caballero se aproxima a esas realidades con la fina ironía que sólo puede prodigar la lucidez. Nada fue ajeno a su mirada: ni las nuevas formas de la violencia colombiana, relacionadas con el control de la tierra y la irrupción del narcotráfico, ni el progresivo monopolio de la riqueza por parte de corporaciones que al crecer concentraron la riqueza y ahondaron aún más el abismo de las desigualdades.

 

Tampoco fue indiferente a la escalada de la corrupción heredada de las burocracias imperiales, que hizo de la política un jugoso negocio donde los especuladores invierten sumas millonarias en las campañas, seguros de obtener grandes ganancias cuando sus protegidos lleguen al poder.

 

En un mundo socavado por el lenguaje aséptico y mentiroso de la corrección política, el escritor se empecinó en llamar las cosas por el nombre, única manera de no perderse en el laberinto de los eufemismos. En su visión del mundo un “falso positivo” fue siempre un asesinato perpetrado por quienes tienen la obligación de velar por la vida de los ciudadanos. Siguiendo al narrador de Cien años de soledad, en el universo de Antonio Caballero no había lugar para “los que confunden el culo con las témporas”.

 

Al lado de escritores como Germán Castro Caycedo y Alfredo Molano, contemporáneos suyos, sus artículos y libros son esenciales para comprender el errático rumbo de un país en el que la democracia es apenas un asunto de formas y la libertad una manera de disimular la servidumbre. Su condición de trotamundos- vivió en Londres, en Madrid, en Italia, en París y en Grecia- le dio la mirada en perspectiva y en profundidad indispensable para todo distanciamiento crítico. De ahí lo sólido de sus argumentos y el talante provocador de sus ideas.

 

Como si no bastara con eso, publicó libros de historia, de arte, de toros, de viñetas y una novela, Sin remedio, ácida y pesimista recreación de una ciudad que, como todas, es en el fondo una gran metáfora de las grandezas y miserias humanas en toda época y lugar. Además de la revista Alternativa, sus textos y caricaturas fueron publicados en Cromos, Arcadia, Semana y varios medios internacionales, entre ellos BBC Mundo.

 

Fiel a sus raíces anarquistas, decidió morirse el viernes 10 de septiembre de 2021, un día antes de que el mundo recordara la fecha del golpe militar en Chile en 1973 y el ataque a las Torres Gemelas en 2001.

 

Las páginas no escritas de la historia

 

En su primera juventud ensayó una Historia de Colombia en viñetas. Esa temprana inquietud lo llevó a convertirse en historiador y a escribir obras como Historia de Colombia y sus oligarquías, ilustrada con sus célebres monos.

 

Su abierta posición de izquierda nunca estuvo por encima de su condición de librepensador. Eso lo puso a salvo de las tentaciones de la militancia en alguna de las muchas capillas ortodoxas de la siempre fragmentada izquierda colombiana, distancia que le permitió fustigar su estrechez de miras, su intolerancia y su incapacidad de mirar la realidad del país con un lente distinto al de las líneas trazadas por los poderes de Moscú, Pekín y La Habana.

 

Sus amigos lo evocan escribiendo a mano y con su eterno cigarrillo Pielroja apretado entre los labios. Sus lectores ya empezamos a extrañar sus frases corrosivas y su lenguaje pulido en la lectura de los poetas del Siglo de Oro Español, tanto como su empeño en aportar claves que nos ayudaran a desvelar los inescrutables rostros del planeta en que nos correspondió en suerte nacer y morir.  Los taurinos a su vez han decidido colgar un clavel en la desolada puerta de su plaza de toros más cercana, porque con la muerte de Caballero también hay luto en los tendidos.

 

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.