Ahora me pides consejo y reitero que no tengo mucho que decir, salvo tal vez recordarte que el estudio del mundo medieval es un viaje al corazón de lo que somos como humanidad; no sólo un recorrido por nuestros méritos, logros y virtudes, sino por nuestros miedos, males y fracasos.
Escribe / Gustavo Agudelo – Ilustra / Stella Maris
Llevaba un tiempo pensando en escribir esta carta, pero no sabía muy bien cómo empezar. Hace poco conversamos y me contaste que tu trabajo de grado iba a girar en torno a la figura de Enrique de Gante y pedías mi consejo desde la distancia. La verdad es que no tengo mucho que agregar que no te hayan dicho ya los maestros que tienes en la Universidad de París. Lo que sí quiero decir es que me hace feliz escucharte decir que estás tras la pista de un autor medieval en medio de la muerte, la incertidumbre y el miedo que nos ha traído la peste del coronavirus.
Todavía recuerdo la primera vez que te vi: el pelo desordenado, el maletín sobre tu hombro derecho y una cara de desinterés que dio paso al desconcierto conforme iban avanzando las clases, y el tablero y las lecturas dejaban atrás el caos del siglo V e iban adentrándose en las catedrales teológicas y conceptuales de Isidoro de Sevilla, Alcuino de York, Pedro Abelardo, Maimónides o Tomás de Aquino. «Nada de esto me interesa», dijiste. Me quedó claro que sólo estabas en mi clase porque tenías que cumplir con los créditos y obtener una nota alta para no perder la beca que financiaba tus estudios. Asistías a clase de manera puntual, pero no tomabas asiento, permaneciendo de pie, apoyándote frente a la pared del fondo, con los brazos cruzados y la mirada fija en el tablero. Así transcurrieron algunas clases, dos o tres, no lo recuerdo; lo que sí recuerdo fue que un día, después de que dijera que el mundo medieval tiene enormes lecciones para nuestra vida y que conocer la historia es también conocernos a nosotros mismos, dejaste la pared, ocupaste uno de los asientos del salón y lograste obtener la nota más alta de todo el curso.
Ahora me pides consejo y reitero que no tengo mucho que decir, salvo tal vez recordarte que el estudio del mundo medieval es un viaje al corazón de lo que somos como humanidad; no sólo un recorrido por nuestros méritos, logros y virtudes, sino por nuestros miedos, males y fracasos. Quiero contarte algunas de las lecciones vitales que me ha dejado el estudio del medioevo y que, espero, puedan servirte de ayuda tanto como me han servido a mí. Así, cuando sientas que todo va mal y que no hay posibilidades de levantarse, recuerda que la Edad Media nació del caos y la pérdida: la caída de Roma a manos de Alarico y los visigodos en el 410. «Cae la Urbe antigua, que por siglos dominaba el mundo», escribió san Jerónimo, «y por sus calles y casas a cada paso yacen los cadáveres: inmensa visión de la muerte». La primera gran lección que nos deja el mundo medieval es que hay que caer para levantarse. Las caídas hacen parte de la vida y no importa tanto el qué (no lo podemos cambiar), sino el cómo. No sólo nos definen nuestros éxitos, sino también nuestras pérdidas y la manera en las que les hacemos frente.
El medioevo nació de la pérdida de un mundo, pero se levantó sobre el respeto y el reconocimiento de lo mejor de ese mundo perdido. Lo que conocemos de la filosofía clásica, de tipos brillantes como Heráclito, Parménides, Platón o Aristóteles es gracias a que los monjes dedicaron parte de su vida a la conservación de las fuentes clásicas. Una segunda lección sería no perder de vista el pasado porque eso nos va a permitir ser conscientes del camino que hemos recorrido, de lo que hemos logrado y lo que no queremos repetir. Ahora, no hay manera de que los textos clásicos hayan sido conservados sin el rigor y el trabajo de quienes transcribieron con fidelidad a los autores griegos y romanos. Una tercera lección que quiero que recuerdes tiene que ver con la importancia de la constancia y la disciplina para el logro de cualquier empresa. Sé bien de tu talento, de tus capacidades, pero esto no es suficiente, hay que agregarle trabajo constante.
Si bien es cierto que la disciplina es clave, no quiere decir que tengas que cancelar tus compromisos sociales para dedicarte exclusivamente a la lectura. Los seres humanos, como ocurrió con la Edad Media, nos construimos en la medida en que interactuamos y nos relacionamos con los demás. La llegada de los omeyas a la península ibérica en el siglo VIII, así como el contacto con el pueblo judío, le permitió al mundo medieval confrontar su marco cultural y enriquecerse de la experiencia y sabiduría tanto musulmana como judía. Averroes, Avicena y Maimónides dan cuenta de ello. La cuarta lección es una invitación a socializar, interactúa con los otros, arriésgate a nuevas ideas, confronta tu marco cultural con el de los demás. ¿Recuerdas cuando conversábamos en clase acerca de la mirabilia y el imaginario medieval que especulaba sobre lo desconocido y dio al mundo esos libros maravillosos conocidos como bestiarios? Bueno, aquí va la quinta lección. No te tomes todo con tanta seriedad, permite que algo de fantasía llegue a tu vida. Acoger la fantasía no implica renunciar a la racionalidad, sino hacerla un poco más flexible. La forma en la que comprendemos el mundo está determinada por nuestros miedos y deseos y, por tanto, entenderé mejor el mundo que me rodea en la medida en que reflexiono sobre lo que amo y temo. La fantasía es un antídoto magnífico ante una sobredosis de realidad.
Volvamos con el asunto de la otredad. En la cuarta lección hablaba de la importancia del otro y eso también implica reconocer que no estamos solos en el mundo; la vida y sus derroteros está influenciada por lo que ocurre a nuestro alrededor. Hay que reconocer que mucho de lo que pasa en el mundo está fuera de nuestro control. Los habitantes del medioevo tenían claro que sus vidas eran parte de un entramado mucho más amplio que no alcanzaban a comprender y dedicaban sus vidas a ocuparse, en lo posible, de sus asuntos. En ese orden de ideas, la sexta lección es comprender que lo que llamamos control es sólo una idea fútil. Ya lo dijo Borges: «no saben que la mano señalada del jugador gobierna su destino, no saben que un rigor adamantino sujeta su albedrío y su jornada».
Las lecciones séptima y octava están relacionadas con algo que me contaste hace algunos días. Sin duda caminar por una ciudad como París resulta placentero, pero deja de serlo cuando las caminatas te quitan tiempo de estudio, no están dedicadas al ocio o al placer, sino a cumplir con una serie de trámites burocráticos en oficinas grises que te han hecho reflexionar sobre la xenofobia, tu condición de inmigrante y las desigualdades e injusticias sobre las que está construido el mundo. Tengo para decirte que una de las grandes lecciones del estudio del mundo medieval es que la opresión y el poder no son categóricos (un rey cae allí, otro nace allá) y que la dignidad y el valor de la condición humana siempre perduran. También me dices que, debido a esos trámites, te has atrasado en algunos cursos y eso te ha hecho sentir mal porque no has podido avanzar a la par que tus compañeros. Reconocer que lo ocurre en la Alemania del siglo XV es diferente a lo que pasa en España durante esos mismos años hace parte de la lección octava: todo proceso es diferente y está sujeto a aspectos ajenos a nuestra voluntad (vuelve a la lección seis). No todas las vidas son iguales. Ortega y Gasset estaba en lo cierto: «yo soy yo y mi circunstancia».
Y así llegamos a las dos últimas lecciones. El hecho de que tu proceso no coincida con el de tus compañeros no implica que lo estés haciendo de la manera equivocada y tengas que juzgarte con dureza. La Edad Media empezó en el siglo V, terminó en el siglo XV y no hay manera de comprenderla sin una reflexión amplia de los acontecimientos acumulados en esos mil años. Juzgar una vida o una época sin la perspectiva del tiempo y sólo atendiendo a unos cuantos años o sucesos es, además de reduccionista, absurdo. La lección novena es perspectiva. ¿El hecho de que te hayas atrasado en los cursos ha provocado que algunos de tus compañeros te juzguen y hablen de ti? Es inevitable. Recuerda que a la Edad Media la han catalogado de «oscurantista» y de «ignorante» cuando el trívium y el quadrivium medieval facilitaron la organización del currículo, contribuyendo al surgimiento de las universidades; esto sin olvidar que muchas de nuestras discusiones contemporáneas no son otra cosa que notas a pie de página de las discusiones ocurridas en el medioevo. No te sientas mal por ello, Hegel (el gran Hegel) en un arranque de soberbia dijo que la Edad Media habían sido mil años en los que no había pasado nada y ya sabemos que eso no es cierto. Recuerda que muchísimas personas siguen repitiendo el estribillo de que en la Edad Media se dedicaron a quemar brujas cuando, dato estadístico, fueron llevadas a la hoguera más mujeres durante el Renacimiento que en los diez siglos que conforman la Edad Media. «Cuando el Renacimiento irrumpió en el desierto del medioevo católico, escribe Vasili Grossman en Vida y destino, «el mundo de las tinieblas fue iluminado por las hogueras de la Inquisición». Stultorum infinitus est numerus. Décima lección: no todo lo que dicen de nosotros es cierto. Dedícate a lo tuyo y deja que sigan hablando.


