No era usual en Colombia que un artista tomara una imagen de prensa, y menos aun de la crónica roja, para elaborar su trabajo, lo que explica el rechazo inicial que la obra suscitó en el evento.

 

Por: Jaime Flórez Meza

 

“La situación es muy grave;

lo que sucede es que como somos

un país de humoristas, no hemos

dimensionado el drama”[1]

 

Beatriz González
http://www.elmundo.com/images/ediciones/Sabado_13_9_2014/Sabado_13_9_2014@@BeatrizGonzalezIG.gif

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Era el último año del segundo gobierno del Frente Nacional bipartidista, a mediados de los años sesenta, que presenciaba impertérrito la génesis de una segunda violencia política en Colombia con la conformación de las guerrillas comunistas de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y el ELN (Ejército de Liberación Nacional); el controvertido cura y líder social Camilo Torres se aprestaba a alistarse en esta última organización para internarse en una montaña de la que no saldría vivo; el temible bandolero conservador Efraín González, de un período denominado “violencia residual” inmediatamente posterior a la primera violencia política[2] (la liberal-conservadora), caía acribillado luego de resistir durante horas en una vivienda obrera de Bogotá el asedio de doscientos soldados.

Por esos días de 1965 la prensa capitalina publicó la noticia del suicidio de una pareja de enamorados en la laguna del Sisga, cerca de Bogotá, cuyos cadáveres fueron descubiertos por un chofer. Se encontró después una foto que se habían hecho tomar antes de consumar su acto y se supo el motivo del mismo: la muerte voluntaria es preferible ante la certidumbre, tan religiosa por cierto, de que el mundo es pecaminoso. La fotografía fue publicada primero por El Espectador y reproducida luego por El Tiempo, que fue la que llamó tanto la atención de una joven pintora. Los novios -una empleada doméstica y un jardinero- sostenían entre sus manos un ramo de flores y lucían alegres, como cualquier pareja que se hacía fotografiar para celebrar sus amores. La pintora era Beatriz González (Bucaramanga, 1938), que decidió pintar esa misma imagen en un lienzo -atraída por sus tonalidades, la pose y gestos de sus protagonistas, sus atuendos y la composición visual,  es decir, por sus aspectos estéticos y no tanto por su contexto trágico- y enviarla al Salón Nacional de Artistas de 1965.

No era usual en Colombia que un artista tomara una imagen de prensa, y menos aun de la crónica roja, para elaborar su trabajo, lo que explica el rechazo inicial que la obra suscitó en el evento. Finalmente obtuvo un premio especial; desde entonces, Los suicidas del Sisga es uno de los íconos de las artes plásticas en Colombia. Y de la tragedia colombiana: “Lo que vemos es la alegría melancólica de una pareja a punto de botarse a un abismo. ¿No se trata, acaso, de algo que hemos vivido una y otra vez en estos cien años? ¿No es una de nuestras constantes dar ese brinco de la alegría a la catástrofe, del optimismo arrebatado al derrotismo desolador?”,[3] opina Manuel Kalmanovitz.

 

    Los suicidas del Sisga       Óleo sobre lienzo     1965 http://ciudadelasmujeres.blogspot.com/2012/12/beatriz-gonzalez-mujeres-de-papel.html

Los suicidas del Sisga
Óleo sobre lienzo
1965
http://ciudadelasmujeres.blogspot.com/2012/12/beatriz-gonzalez-mujeres-de-papel.html

 

Ese interés por lo políticamente incorrecto, por la reportería gráfica, por lo que era convertido en crónica popular, en turbio pero malicioso tema de conversación, y que no era todavía analizado desde otras perspectivas, marcó el inicio de las indagaciones que Beatriz González realizaría por el sentir, hacer, reír y sufrir de un país, por el kitsch y los gustos populares, por el provincialismo -ella misma ha dicho que es una “pintora de provincia”-[4], por lo que ya está visual, técnica, o artesanalmente hecho y sirve como fuente y soporte, por lo pueril y lo lúdico, así como por los iconos de la historia y la política colombiana y del arte occidental. Esas motivaciones llevaron a muchos críticos a encasillarla como una artista pop, así su obra se volviera, de algún modo, inclasificable.

Los setenta serían, entonces, los años de trabajo sobre imágenes de la iconografía occidental -préstamos de Botticelli, Leonardo, Braque, Renoir o Manet para darles otros usos-, de la imaginería católica, de personajes históricos y políticos del país, de diversas imágenes de connotación popular (fotografías, estampas, almanaques, cromos); todo ello empleando como soportes básicamente objetos y muebles: mesas, camas metálicas, tocadores, biombos, bandejas, vasijas, toalleros, mesitas de noche, cortinas… Así se burlaba de un país, del arte canónico y celebraba el gusto popular.

 

El paso de la comedia a la tragedia

En la obra de González la figura del presidente Turbay Ayala (1978-1982) y su entorno se volvió motivo de decorados interiores, de carteles, de un televisor a color (durante su gobierno se inauguró la televisión en colores). Sin embargo, detrás de esa espectacularidad mediática, omnipresente, populista y a menudo bochornosa (el presidente era tema corriente de chistes y burlas entre la ciudadanía), González transpuso el  humor que rodeaba al mandatario y su obra terminó siendo una tragicómica ironía de un gobierno que había impuesto un estatuto de seguridad de ingrata recordación. “Turbay empieza las andanzas grotescas […] agudiza la represión y la violencia oficial que en nueva fase desde entonces se entronizan en el país; de pronto González se encuentra realizando simultáneamente muchas obras sobre este, a juicio suyo, nefasto personaje; no es ya un interés estético, ni las evocaciones de su figura al humor”.[5]

 

Señor presidente, qué honor estar con usted en este momento histórico 1986 http://www.colarte.com/graficas/pintores/GonzalezBeatriz/1971a1990/GonBmt5514.jpg

Señor presidente, qué honor estar con usted en este momento histórico
1986
http://www.colarte.com/graficas/pintores/GonzalezBeatriz/1971a1990/GonBmt5514.jpg

 

Sin embargo, será el holocausto del Palacio de Justicia en 1985 lo que determinará la radical postura plástica -y política- que adoptará la artista tras el final de otro frustrante gobierno, el de Belisario Betancur (1982-1986). El 6 de noviembre de 1985 un grupo de guerrilleros del M-19 tomó por asalto el Palacio de Justicia con la temeraria intención de juzgar a Betancur por romper los acuerdos de paz que había suscrito esta organización con su gobierno. El desenlace no pudo ser peor: no hubo negociación, no hubo interés por preservar la vida de nadie, once magistrados de la Corte Suprema de Justicia, la totalidad de los guerrilleros y decenas de personas más perdieron sus vidas, el Palacio -y la precaria justicia colombiana- quedó en ruinas.

Después de este suceso, el más grave en la reciente historia política del país, la obra de Beatriz González ya no podía sonreír: “Fue tan conmovedor el incendio del Palacio de Justicia que realmente ahí empezó un proceso en mi obra muy fuerte que, como yo hacía esas cosas tan alegres alrededor de ciertos presidentes y me parecía como una tragicomedia, cuando llegamos al Palacio de Justicia eso se volvió solo una tragedia […]. Por eso ya no podíamos reír más”.[6] El giro que dio su obra ha sido un consecuente cambio de perspectiva: ante todo una mirada y un reconocimiento progresivo de las víctimas de esta tragedia inacabable, sin excluir a sus responsables.

 

Señor Presidente, qué honor estar con usted en este momento histórico 1987 http://www.ciudadviva.gov.co/febrero06/magazine/3/5big.jpg

Señor Presidente, qué honor estar con usted en este momento histórico
1987
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Señor Presidente, qué honor estar con usted en este momento histórico -frase que pronunció uno de los ministros de Betancur- es un par de obras sobre un gobierno retórico que usó, entre otras cosas, a varios artistas para promocionar una paz que nunca llegó, y que en un momento tan decisivo como aquél no hizo nada para detener el fuego que acabó con la cúpula judicial y las vidas de tantos colombianos durante aquellos dos funestos días: el primero muestra a Betancur sonriente con un papel en sus manos, circundado por miembros de su gabinete, civiles y militares, sentado ante una mesa presidida por un torso humano calcinado al que ignoran con un cinismo tan aterrador como el mismo despojo y el título de la obra; en el segundo la escena es similar, salvo que los restos humanos han sido reemplazados por una suerte de ramillete mortuorio, unos anturios rojos. Era como si de esa forma el Estado pretendiera sepultar una lóbrega memoria que, 29 años después, sigue resonando en los tímpanos y en las retinas de un país que aun no termina de hacer el duelo. “Decidí ser una artista política porque pensé que los artistas no podíamos permanecer callados frente a una situación semejante. Fue una toma de posición deliberada”.[7] El cromatismo de su obra fue cambiando hasta encontrar lo que para ella es “el color de la muerte”,[8] título de la serie que presentó en 1995 sobre los magnicidios de personajes de la política colombiana.

Verdaderamente me cambió el color. Yo antes usaba unos amarillos, unos verdes esmeralda y unos colores muy particulares… y yo borré todos esos colores y me quedé con un vinotinto, un verde, con colores muy oscuros. […] Y cuando la Constitución del 91, es que los casos son separados […] yo estaba viviendo una constituyente y como artista estaba retratándola […] Entonces, a mí me parecía que en eso no tiene mucho que ver el color sino que era otra cosa. […] Alguien dijo que el arte dice cosas que la historia o los historiadores no pueden decir. [9]

Los contrastes del horror

Las Delicias 3 Óleo sobre lienzo 1997

Las Delicias 3
Óleo sobre lienzo
1997

 

En mayo de 2011 el Consejo de Estado en Colombia condenó a la Nación por la absoluta falta de previsión frente al ataque de cientos de guerrilleros de las FARC el 20 de agosto de 1996 a la base militar de Las Delicias, Departamento del Putumayo, en el que murieron 31 soldados y 60 fueron secuestrados por los insurgentes (en junio de 1997 la guerrilla los pondría en libertad). El fallo, además, ordenaba indemnizar a los familiares de tres de los soldados muertos. Después de sucedidos los hechos de Las Delicias, hubo en el país una gran movilización de las madres de los soldados plagiados que exigían al gobierno (de Ernesto Samper) gestionar su pronta liberación. Los medios de comunicación registraron esas imágenes de desolación que fueron el punto de partida de una serie titulada por Beatriz González, justamente, Las Delicias (1997) como una forma de subrayar, otra vez, la paradoja de nombres, lugares y hechos inhumanos. De ella hacen parte obras como Población civil, Máteme a mí que yo ya viví, Autorretrato llorando (1 y 2), yEl Silencio, entre otras.

El Silencio (1997) alude a la noticia de prensa sobre una indígena muerta en este lugar: llegaron los guerrilleros en la noche y se refugiaron en la casa habitada por esta indefensa mujer y su familia. En la madrugada partieron y el ejército los seguía. La indígena salió temprano, como lo hacen tantas mujeres colombianas, a traer el agua del río para cocinar, acompañada de dos de sus pequeños hijos. Al regresar, el ejército tenía cercada la casa porque los suponía encubridores de la guerrilla: la persiguieron sin piedad y ella corría mientras el agua se regaba […] La mataron e hirieron a uno de sus hijos.[10]

Mientras los habitantes del Alto Naya, en el departamento del Cauca al suroccidente de Colombia, celebraban la semana santa católica en abril de 2001, 500 paramilitares invadieron la región y dieron muerte a cerca de 130 personas, según la comunidad y otras fuentes,[11] entre indígenas, campesinos y afrocolombianos, de los cuales sólo se han encontrado 38 cadáveres (el Estado ha reconocido como víctimas a 42); más de tres mil lugareños fueron desplazados a raíz de esa incursión. El jefe paramilitar Hever Veloza, extraditado a Estados Unidos durante el segundo gobierno de Álvaro Uribe (2006-2010), confesó haber ordenado esta masacre, una de las muchas que han perpetrado los grupos paramilitares en el país. Como un homenaje a las víctimas de este crimen masivo, Beatriz González barnizó de negro 17 banquillos -comprados por ella en el Pasaje Rivas, ese popular mercado bogotano de muebles, objetos para el hogar y curiosidades donde solía encontrar los materiales de soporte de sus obras en los setenta- y sobre cada uno de ellos grabó en blanco imágenes mortuorias, empalizadas y yacentes que representan a 17 jóvenes masacrados en ese lugar. Llamó a esta obra simplemente Naya.

 

 La artista en medio de su obra Naya Foto: Alejandra Quintero http://www.revistaarcadia.com/Imprimir.aspx?idItem=26655

La artista en medio de su obra Naya
Foto: Alejandra Quintero
http://www.revistaarcadia.com/Imprimir.aspx?idItem=26655

 

Donde la misma claridad es sombra, cita tomada del Libro de Job, es el título que la artista da a una exposición de 2006 para explorar otras representaciones y barbaridades del conflicto armado en Colombia. Conformada por las series de pinturas Piedad, Vistahermosa y Domingo de Resurrección, la artista vuelve su mirada a íconos artísticos y religiosos, presentes en las primeras décadas de su obra y en el nuevo siglo a través de la serie Verónica. Tomando como motivo pictórico el famoso cuadro Pietá de Giotto, González compone una serie de Piedades para expresar el dolor materno ante la muerte de tantos colombianos en esta guerra irregular. Los recortes de periódico sobre asesinatos y masacres, que González guarda celosamente, otra vez son la fuente de su trabajo. Vistahermosa y Domingo de Resurrección son, pues, otras fatales ironías que encuentra en sus indagaciones, en el primer caso dibujando sobre un lienzo pares de siluetas en blanco y negro que cargan cadáveres en sacos: sus referencias son la noticia del hallazgo de fosas comunes cerca de Medellín y un ataque de la guerrilla al municipio de Caldoso, en el departamento del Cauca. En la última serie dibuja, pinta y repite rostros, manos y los maderos de un carguero de procesión en domingo de pascua, partiendo de una fotografía tomada por un reportero que buscaba información sobre la masacre de Tarazá en el departamento de Antioquia.

 

   De la serie Piedad  2006 http://jozefpronek.livejournal.com/pics/catalog/1070/49974

De la serie Piedad
2006
http://jozefpronek.livejournal.com/pics/catalog/1070/49974

 

 

NOTAS

 

 

[1] Beatriz González, en María C. Laverde Toscano, “Desplazamientos, decisiones y tránsitos en la obra de Beatriz González, revista Nómadas, Bogotá, Universidad Central, Departamento de Investigaciones, p. 119.

[2] Claudia Steiner, “Un bandolero para el recuerdo: Efraín González también conocido como ‘El siete colores’”, enAntípoda. Revista de Antropología y Arqueología, No. 2, enero-junio, 2006, Bogotá, Universidad de los Andes, p. 229.

[3] Manuel Kalmanovitz, “Los suicidas del Sisga No. 1”, en Revista Arcadia.com, 23 de enero, 2014, http://www.revistaarcadia.com/impresa/especial-arcadia-100/articulo/arcadia-100-los-suicidas-del-sisga-n-1-beatriz-gonzalez/35052

[4] Beatriz González, en Humberto Junca, “El temperamento de Beatriz González”, Revista Arcadia.com,http://www.revistaarcadia.com/Imprimir.aspx?idItem=26655

[5] María C. Laverde Toscano, op. cit. p. 118.

[6] Beatriz González, en entrevista realizada por Rocío Londoño para el canal razonpublica.com, marzo de 2013, https://www.youtube.com/watch?v=gjjZL9p6tXo

[7] Beatriz González, en María C. Laverde Toscano, op. cit., p. 119.

[8] Marta Rodríguez, “Entre el humor y la muerte. Colombia en la pintura de Beatriz González”, Piedepágina, No. 6, diciembre, 2005, http://www.piedepagina.com/numero6/html/beatriz.htm

[9] Beatriz González, en entrevista realizada por Rocío Londoño para el canal razonpublica.com, marzo de 2013, https://www.youtube.com/watch?v=gjjZL9p6tXo

[10] María C. Laverde Toscano, op. cit. p. 121.

[11] Entre ellas la alocución del propio vicepresidente de entonces, Francisco Santos, en la 61 Sesión de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas en Ginebra. Cfr. Myriam Jimeno, Ángela Castillo y Daniel Varela, “A los siete años de la masacre del Naya: la perspectiva de las víctimas”, en http://www.humanas.unal.edu.co/colantropos/documentos/AnuarioAntropologicoJimenoVarela.pdf.