“…el mayor error del ser humano es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón”
Mario Benedetti
Por: Nicolás Narval
No hace mucho tiempo que tomé la fría decisión de eliminarla por completo. Pensé, por ejemplo, en lanzarla al mar, pero ese lugar es demasiado bello para que la imaginara naufragando en semejante paraíso. Luego quise echarla al bote de la basura, pero el exquisito y hechizante recuerdo de su aroma, me impidió dejarla en medio de una gran variedad de olores nauseabundos y putrefactos. Más tarde -con el diablo en la cabeza-, se me ocurrió una maravillosa idea: permitir que el fuego de una improvisada hoguera convirtiera en cenizas al último pedacito que me quedaba de ella; pero el amor y pasión que guardo por las palabras, pronto descartaron la tentadora idea. ¿Qué si leía? Nooo, ella no era de esas. Recuerdo que en todo el tiempo que anduvimos juntos, María José nunca tuvo un verdadero acercamiento con la literatura; algo extraño para una mujer que vivió en compañía de un hombre obsesionado con el arte de imaginar. Eran grandes montañas y montañas de libros edificadas con toda clase de narraciones, versos, historia, geografía y muchísimo más. Libros y libros atiborrados por toda la casa como un batallón de militares; junticos los unos con los otros como una camada de leones; pegaditos todos con todos como un par de hermanitos muertos del susto. O apretujados como un par de enamorados de los que sólo se pueden ver en el trópico. Aquella amalgama de libros era ver cumplido el sueño de todo buen lector, de todo lector obsesionado, como el Quijote, por ejemplo, lector empedernido de los libros de caballería. Aunque, a decir verdad, a María José la logré ver leyendo algunas revistas de botánica que atesoraba debajo de su almohada, justamente antes de dormir, luego las dejaba allí, ocultas, como sus más valiosas riquezas. A veces pienso que María José las guardaba debajo de su almohada para ver si algún día lograba soñar con ese mundo que la volaba tanto, es decir, que hacia volar su imaginación tal y como la de los niños: sin ningún tipo de limitaciones. Sin embargo, al leer su carta de despedida me di cuenta que en lo más recóndito de su ser, Ella guardaba una valiosa y desapercibida amistad con Baudelaire, Beckett, Flaubert y hasta pude notar algunos rasgos sinfónicos de Chopin. Una escritura para sacarla del estadio con aquellas líneas en las que me dijo adiós. Algo con lo que, por cierto, me sentí profundamente agradecido. Pero, cuán equivocado estaba al pensar que eliminando ese pequeño trozo de papel, Ella desaparecería de mi memoria, de mi vida, de todo mí ser. ¿Qué si la olvidé? Olvidarla es una utopía, una batalla con mil diablos. De todos modos, desde que María José se fue, me las ingenié para no tener que vérmelas con sus fantasmas. No volví a caminar por las playas ni a divisar las bandadas de golondrinas que presentan un espectáculo en cada atardecer; pues su danza, aunque es un acto irremediablemente bello, siempre me traía sus imágenes: verla caminar con los pies descalzos por las playas de Santa Marta, cubierta con un hermoso vestido blanco que es atacado por los vientos, y viendo cómo su larga cabellera de color castaño parece querer ser raptada por la brisa…Pero qué va, a los recuerdos nos los engaña nadie, incluso ni después de muertos. Ellos nunca se van, siempre están a la espera; al asecho como una hambrienta jauría de hienas africanas. Aguardan y luego atacan como los tigres. Saltan de un lado a otro como si fueran pequeños saltamontes. Aparecen y desaparecen de la nada como lo hacen las entidades del Más Allá. Cuando le diga que sí, y más extraño todavía es descubrir que los recuerdos se refugian en dos partes. La primera es en la memoria, donde juegan al ajedrez.Y la segunda es en el corazón, donde pueden salvaguardar la dulzura de las imágenes o donde, sencillamente, las pueden convertir en un amargo veneno. A mí me sucedieron las dos últimas. ¡No encontraba manera de sacármela de la cabeza! Y como era de esperarse, no pude evadir a sus fantasmas durante mucho tiempo. Así que un día, después de escuchar el eco del repicar de las campanas, extrañamente, esa música que llegaba desde la catedral me iluminó la cabeza y elevó mi espíritu como si se tratara de un mensaje divino. Por esta razón, me incorporé –obstinadamente– en la poesía.Opté por aguzar mi visión en los versos del poeta uruguayo; ese que María José tanto detestaba que leyera en voz alta. Ella decía que sus versos no le eran de su agrado porque le parecían cursis, que la poesía de su interés era más profunda, mucho más sofisticada. Sin embargo, nunca le presté atención a la frialdad de sus comentarios. El caso es que no soportaba pasar un día más sin su presencia, sin poder ver su sonrisa en las mañanas y sin estremecerme con lo acaramelado de sus labios.Entonces, no le di más vueltas al asunto:en la noche más cálida de noviembre, una noche tan calurosa como nunca antes vista en Santa Marta, me apersoné de la fría decisión de eliminarla por completo… Tomé el revólver -que no era un revólver sino una hoja de papel- y sin pensarlo mucho,descargué una ráfaga de palabras que apuntaban directo a mi corazón.



