Algo de verdad deben tener los cristianos. Y mucho de equivocación, ya que permiten esas relaciones desiguales. Sobre Changó, el gran putas y su huella en Pereira.
Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra Stella Maris
Agua fresca
Al volver sobre Changó, el gran putas, la obra célebre de Manuel Zapata Olivella, homenajeado durante el 2020 por los cien años de su natalicio, encontré unas líneas que me han hecho pensar sobre el profesor de literatura, y también en quienes que me han acercado a su obra.
Contextualizo: Cartagena, siglo XVI. Las comunidades aborígenes han sido arrinconadas hasta el exterminio. Algunas etnias se han atrincherado en selvas y palenques contra secuestradores de dioses, asesinos despiadados. Europeos que detentan el poder destrozan, desmiembran comunidades africanas a las que embarcan lejos del mundo conocido hacia otro nuevo, con reglas y dioses distintos, donde sus abolengos y dignidad son pisoteados. La ubicación geoestratégica de Cartagena permite el infame comercio de esclavos.
Uno de ellos, Domingo Falupo, cifra su esperanza en el pequeño hijo de Pontenciana Biojó. El niño, llamado en la lengua de sus mayores Benkos, es educado por Pedro Claver para que sea su traductor en la tarea evangelizadora. Después de la difícil jornada, el niño acude para aliviarle el dolor con el relato de lo que aprende al lado del altivo, pálido y flacuchento jesuita. Domingo medita: “Nunca le dije no bebas de esa corriente. Sé que en una tinaja caben muchas aguas, pero la fresca se va al fondo mientras la inútil sube y se derrama”.
Domingo se aferra al recuerdo que tiene de los suyos. Tratemos de observarlo y ver en sus ojos apagados la nostalgia de unas tradiciones que el dolor va borrando, la necesidad de adaptarse a otros códigos va difuminando las propias oraciones. Tanto látigo, tanta lengua castellana o portuguesa, tanto menosprecio, logran que muchos olviden, es preferible no recordar la tierra abandonada para que no exista ese dolor interior insalvable de regresar al mundo propio, a las tradiciones.
No desprecia lo que cree Claver. Algo de cierto tiene ese evangelio que predica el adelgazado cura español, esclavo de los esclavos, como prefiere llamarse. Domingo no deja de ser crítico con esa fe en la que los bautizan. Algo de verdad deben tener los cristianos. Y mucho de equivocación, ya que permiten esas relaciones desiguales.
En una tinaja caben muchas aguas, pero la fresca se va al fondo mientras la inútil sube y se derrama. Me encanta esa expresión para pensar en el profesor, no limitando su papel a llenar cántaros, sino pensando en que de las muchas lecturas que se comparten con los estudiantes en el aula, las aguas frescas van al fondo y se quedan allí. Lo inútil sube y se derrama.
Del manantial contenido en la tinaja del mulato nacido en Lorica (Córdoba, 1920), a la primera persona que escuché dar cuenta, fue a la profesora Diana Muñoz, durante un curso de sociocrítica. El joven rebelde frente a la muralla construida por sus ancestros, tratando de esquivar esa otra barrera invisible de la discriminación me cautivó. A la mañana siguiente estuve en la Biblioteca del Banco de la República prestando Chambacú, corral de negros. En el pasaje en el que queman los libros de Máximo queriéndolo liberar de la rebeldía que las páginas le inspiran, sentí que ese podría ser mi propio destino.
La lectura de Zapata Olivella ha estado mediada desde entonces por el afecto. Al encanto con el que Diana nos lo presentó, sumé después la adquisición de dos libros obsequiados por amigos. Changó, que vino de las manos de Pablo Osorio y Chambacú, que vendría junto con la piel de JCarlos. Las fotos de la Negra Ana visitando el “santuario” de Domingo Vidal, me llevaron a devorar con avidez las páginas de En Chimá nace un santo. La pandemia me dejó con la maleta armada para ir a Cali y a Lorica para escuchar el tambor de los expertos en su obra. Sin embargo, distintos conversatorios y homenajes pude seguir de manera virtual. El estreno del documental Zapata, el gran putas por Señal Colombia fue una experiencia emotiva, compartida con un David que al mes me regalaría una preciosa libreta personalizada con el retrato de mi querido vagabundo.
¡Y ni qué decir de la alegría recibida cuando anunciaban una nueva obra para descarga! Disponible acá.
Manuel por Pereira
El recorrido por su obra me permite un atrevimiento. Considerar un título por encima de los demás: Pasión vagabunda. Esa fuerza del testimonio, esas regiones inéditas de nuestra América. Aventuras, encuentros, desencuentros, fraternidad, solidaridad, abandono, locura.
Muy al inicio del recorrido, Manuel da cuenta de su primer paso por Pereira: “Dejando atrás los páramos con sus navajazos de hielo; dejando atrás a los pueblos arrinconados; dejando atrás a los arrieros, el camión desembocó a mediodía en el panorama templado de Pereira. Por sus calles empedradas y limpias de un trajín de puerto, un espasmo de vida. Sol que se reflejaba en las vitrinas y en las caras embetunadas de los negros que poco a poco van conquistando el altiplano” (p. 51).
Este primer paso me hizo preguntarme si habría regresado después. Cecilia Caicedo me confirmó uno de ellos. Estudiante del Caro y Cuervo iba en búsqueda de las oficinas de Letras Nacionales, cuando de pronto, en el ascensor, un mulato alto y fortachón improvisó una charla sencilla sobre la ciudad y el clima. Su generosidad había empezado desde antes de saberse buscado. La sencillez y la amabilidad, fueron la primera impresión que Manuel dejó en Cecilia. Esa humanidad le permitió comprender la solidaridad profunda del autor de La calle 10, una obra urbana que la había golpeado en sus memorias de estudiante.
Manuel Zapata Olivella fue invitado a la Universidad Tecnológica de Pereira, a la que llegó para una conferencia sin un tema establecido. No necesitaba límites: Letras Nacionales, la revista que durante 20 años dirigió y que le permitió al país reconocer el oficio de los autores, le bastó para los derroteros que había impulsado desde allí. Un auditorio lleno, en horas de la tarde, pudo disfrutar de su memoria, su inteligencia para acercarse a la novela, desde lo social, lo poético, lo político, sin mayor ayuda didáctica que la de un buen conversador que entrega lo que el público anhela escuchar, una serie de “reflexiones sobre una literatura en la que sí creía, la colombiana”
De esa charla cuyo fin no se desea, también disfrutó la Sociedad de Amigos del Arte en la recepción que le dieron en la noche, presididos por Eduardo López Jaramillo. Resultaba encantador ese proyecto que borraba límites y distancias alrededor de un canon centralista.
Me pregunto por fotografías de aquellos eventos. Aunque no son necesarias para afirmar el eco de su voz en la ciudad, sería grato hallarlas y acariciar con la pupila su memoria en la ciudad. Pero mientras aparecen, cierro esta invitación a la lectura de Zapata Olivella con las líneas finales de un artículo de Valencia Solanilla, promotor entusiasta de Changó en el ámbito de la UTP: “Al indagar por las huellas remotas de la identidad cultural de su raza, Manuel Zapata Olivella ha revelado poéticamente también la complejidad de nuestro mestizaje y le ha conferido al discurso novelístico un sentido transgresor y al mismo tiempo fundacional en la literatura colombiana”.
@JaiberLadino


