DETRÁS DE LOS RITUALES FUNERARIOS

Si se quitasen las vendas de la “occidentalidad”, quizá la incomprensión frente a algunos rituales funerarios de otras culturas podría ser erradicada o, por lo menos, reducida.

 

Por / Felipe Osorio Vergara

“Si preguntan: ¿qué es la muerte?, responde:

la verdadera muerte es la ignorancia.

¡Cuántos muertos entre los vivos!”

Pitágoras

“Oscura soledad estoy viviendo, la misma soledad de tu sepulcro…” con estas líneas de la canción “Amor eterno”, del cantante y compositor mexicano Juan Gabriel, se puede vislumbrar el sentimiento que rodea la pérdida de un ser querido. Pero, ¿por qué una situación universal que ha acompañado a la humanidad desde la Creación misma es tomada de forma tan diversa a lo largo y ancho del planeta?

El mundo ha sido dividido en dos grandes espacios socio-geográficos, el Occidente grecolatino y el Oriente. Esta división no es nueva y puede incluso rastrearse en fechas tan tempranas como la división del Imperio romano entre Oriente y Occidente en el 395 de nuestra era.

Estas dos regiones, hasta bien entrado el siglo XVI (llamado el Siglo de las colonias), tenían poco flujo de ideas y escaso contacto intelectual entre sí. La mayoría de sus lazos eran comerciales o bélicos. Aunque existen cartas de navegación de marineros, escritos con estrategias militares europeas, mapas de China o India y registros dejados por mercaderes cristianos que recorrieron la polvorienta Ruta de la Seda, el conocimiento o comprensión cultural del otro lado del mundo era poco y se limitaba a los diarios de los viajeros, como el del italiano Marco Polo. De hecho, los árabes, como punto medio, sirvieron como almohadilla entre los dos bloques, pues ayudaron a la difusión de los conocimientos de un lado y otro.

El aislamiento intelectual de un lado para con el otro configuró un pensamiento de poca comprensión frente a la diversidad cultural. Por ejemplo, muchos exploradores europeos adjetivaban a los grupos humanos más allá de los Urales y el Mar Negro como bárbaros. De hecho, este mismo estigma recayó en muchas poblaciones autóctonas de África y América. Pero quizá los rituales funerarios fueron los que mayor incomprensión y rechazo causaron a los europeos.

Inconcebible resultaría para una europea o americana el imaginar que una de sus falanges deba ser amputada a causa de la defunción de un familiar, situación que era común entre la tribu Dani de Nueva Guinea. Para dicho grupo, cada falange amputada representaba la pérdida de un pariente (el pulgar nunca se amputaba). Esta práctica solo aplicaba a las mujeres. Actualmente, está prohibida por el gobierno indonesio.

Asimismo, la cremación, tan extendida entre occidentales e hindúes sería impensable para los judíos y para algunas tribus polinesias que rechazan el fuego en sus rituales.

Por citar un último caso, el códice de conducta tan arraigado en América y Europa de vestir de negro a modo de cortesía y luto durante un sepelio, sería una infame afrenta en Japón y en los países budistas. En esa región de Asia visten de blanco a modo de luto porque creen que este color representa la palidez de la muerte y la asimilación con la naturaleza. Teniendo estos ejemplos, se reitera en la misma pregunta ¿qué hace que la muerte se tome tan diferente en el mundo?

Inicialmente, el poco contacto intelectual entre Occidente y Oriente puede ser un motivo, tal cual se expuso con anterioridad. Sin embargo, la cosmogonía, mitología, teleología y hasta el medio ambiente en el cual habita cierta comunidad determinan el modo de obrar ante situaciones como la muerte.

Ancestros de la familia de Mulán. En el cine y algunas series inspiradas en el Extremo Oriente es común hacer alusión a los ancestros. Muchas culturas de esta zona de Asia respetan su legado y les rinden tributo a sus antepasados, pues el honor sigue siendo central dentro de sociedades como la china, coreana y japonesa. Fotograma / Disney

Los rituales funerarios y el origen del mundo

En el Antiguo Egipto la construcción de las pirámides se relacionaba con su cosmogonía y su teoría sobre el origen del mundo. Consideraban que la vida provenía de una montaña sagrada de donde se había levantado el Sol, a quien identificaban con el dios Ra, que luego emprendió la creación. Las pirámides también simbolizaban la conexión de la tierra con el cielo, que era donde moraba Ra, por lo que su construcción era una especie de escalera que acercaba al faraón (hijo del Sol) con los dioses.

Los budistas enseñan la Rueda de la vida como un ciclo de nacimiento, vida, muerte y renacimiento, pero también profesan un equilibrio permanente de las fuerzas y los actos.

En el Tíbet profundo y en algunas partes de Mongolia se mantiene viva la tradición antigua del “funeral celestial”, que consiste en ofrecer los cadáveres a las aves de carroña. Esta honra fúnebre sigue la creencia budista de que el cuerpo es un mero recipiente para el alma, y que, al morir, esta deja el cuerpo. Los tibetanos y mongoles de las estepas consideran que alimentar a las aves con el occiso es un acto de generosidad con el ciclo de la vida y que los buitres, que son vistos como mensajeros del cielo, transportan el alma con su vuelo.

La mitología griega señalaba que las almas cuando llegaban al Hades debían pagar el pasaje al barquero Caronte. Si no tenían con qué pagar debían vagar por un siglo hasta que el barquero se compadeciera y los llevara gratis. Por esto, era tradicional que los griegos pusieran monedas cubriendo los ojos o bajo la lengua del difunto, para que así tuviera con qué pagarle a Caronte.

Cementerio de Colleville-sur-Mer, en Normandía, Francia. En este cementerio reposan los restos de más de 9 mil soldados estadounidenses que perdieron la vida en el desembarco de Normandía durante la Segunda Guerra Mundial. Las tumbas apuntan al oeste (mirando a Estados Unidos). Fotografía / Encyclopaedia Britannica.

El funeral y el entorno

El medio ambiente contribuye a la difusión de ciertas prácticas funerarias. Por ejemplo, en zonas con pocos árboles, como los desiertos, no se acostumbra a la cremación debido a la escasez de leña. En su lugar, el enterramiento ha sido la práctica más extendida.

La relación que se tenga con el ambiente es fundamental para saber a cuál corriente se adhiere determinada cultura, lo cual es un elemento para comprender sus rituales.

Primero, si un grupo humano sigue la idea de que el hombre es superior a la naturaleza, la práctica funeraria que empleen tendrá fines netamente humanos: rendir honor al difunto o desearle mediante la religión una buena “partida” a la eternidad. Como ilustración de lo anterior, los occidentales entierran o creman los cuerpos, dado que las razones socio-religiosas estimulan la realización de honras fúnebres.

Segundo, en aquellas comunidades que simpatizan con la doctrina de que el hombre es igual a los demás seres vivientes, tendrán como motivos para el velorio no solo las razones humanas (honor y cumplimiento de códigos socio-religiosos), sino también motivos ambientales como devolver elementos al medio ambiente. Ejemplo de esto son los tibetanos y algunos polinesios que ofrecen los cuerpos a los buitres y al océano respectivamente.

Gran parte del ritual funerario está basado en las enseñanzas de la religión o la filosofía de vida a la que el fallecido o su familia se aferrasen. Los judíos, por ejemplo, lavan a sus muertos y si su enterramiento se realiza por fuera de Jerusalén, sus pies deben apuntar hacia esa ciudad. Los musulmanes, por su parte, acostumbran a bañar a sus muertos para purificarlos en su viaje a la eternidad y los entierran mirando a la Meca.

La creencia en la vida eterna es un factor que ata a la realización de un sepelio. Muchas veces no solo un velorio ayuda con el proceso del duelo, sino que también es un deber moral y social con el muerto. En muchas culturas, la llegada a la morada eterna está íntimamente ligada al correcto proceder del ceremonial funerario, de allí la importancia de su estricto cumplimiento.

Comparativo de urnas funerarias. A pesar de tener más de 600 años de diferencia, estos ceniceros comparten parecido. Su función es la misma y solo cambian los materiales, texturas o dibujos con que se decoran.

Factores externos

Cuando el boom demográfico excede la capacidad de los tradicionales sitios de enterramiento, se cambian, bien por orden gubernamental o bien por costo, los rituales funerarios. En agosto de 2019 fue anunciado en el portal de la BBC Mundo que, ante la falta de espacio en Jerusalén, el Gobierno israelí estaba construyendo un cementerio subterráneo con capacidad para albergar 22 mil cuerpos. En esta línea, en algunos países densamente poblados como Corea o China, el alto costo de una tumba en tierra ha llevado a muchos a optar por variedades más económicas como la cremación.

Al finalizar batallas o bombardeos, los velorios o rituales tradicionales que recibirían los difuntos individualmente no pueden llevarse a cabo. Muchas veces ni siquiera se logra identificar los soldados caídos, y en otros casos la cantidad de muertos impide que estos sean trasladados a sus lugares de origen, optando por ceremonias colectivas y enterramientos masivos. Las cruces de los cementerios militares de la Primera y Segunda Guerra Mundial son testigos fieles de esta práctica.

En tiempos de epidemias, como en la peste negra, la gripe española, el ébola o más recientemente la COVID-19, el temor al contagio, las medidas restrictivas de las autoridades para evitar aglomeraciones y en general la alta mortalidad en algunos focos llevan a la interrupción de las honras y homenajes fúnebres. En su lugar, la disposición de los cadáveres se hace lo más asépticamente posible y lejos de la población. Cuando los muertos por la enfermedad sobrepasan la capacidad de cementerios y servicios funerarios, se recurre a la cremación o a las fosas comunes para evitar que los cuerpos se conviertan en focos de infección y contagio de la enfermedad.

En casos de desastres naturales, cuando las muertes sobrepasan los servicios funerarios, también se ha recurrido a las fosas comunes.

Al mejor estilo de las pirámides egipcias, los ajuares funerarios de los líderes tribales amerindios o los barcos llenos de tesoros y víveres que los vikingos enterraban o incendiaban en el agua, hoy día también existen prácticas que permiten demostrar estatus y distinción incluso después de morir. Hasta ahora se conoce de dos empresas, una estadounidense y otra suiza, que convierten las cenizas de los difuntos en diamantes. Esta práctica, que puede llegar a costar hasta 30 mil dólares, emplea el carbono de las cenizas para tal fin.

 

Recapitulación

Las diferencias en los rituales y prácticas funerarias pueden rastrearse más allá de la mera concepción religiosa. Para comprenderlas a cabalidad se debe considerar: primero, la división de bloques Oriente-Occidente. Segundo, la cosmogonía y raíces mitológicas. Tercero, el medio ambiente. Cuarto, factores externos como la densidad de población o la aparición de epidemias, catástrofes naturales o guerras y, finalmente, la búsqueda de estatus después de morir.

Si se quitasen las vendas de la “occidentalidad”, quizá la incomprensión frente a algunos rituales funerarios de otras culturas podría ser erradicada o, por lo menos, reducida. No con esto se quiere decir que se deben aplicar a nuestra cultura estos ritos, pero sí aprender a respetarlos porque la diversidad cultural no es razón de horror, sino de admiración por cuán rica es la especie humana.

@felosove