Maradona, el D10S, fue la excepción a la regla porque él es, aún después de muerto, el milagro. Primera entrega de una serie de cinco artículos dedicados a la mítica figura del fútbol en su mes de cumpleaños.
Escribe / Wilmar Ospina Mondragón – Portada / Sputnik / Vitaly Podvitski
“Diego fue todo lo que era Nápoles”
Alejandro Millán Valencia.
Diego Maradona fue una estrella que no cayó en la tierra sino en el fango. Y esa fue, tal vez, su mayor virtud: refulgir desde lo más hondo de las tinieblas. Aunque parezca contradictorio, siempre será mejor brotar de lo subterráneo que desplomarse del cielo.
Diego, El Pelusa, El Barrilete Cósmico, D10S, Maradona, o como lo quieran llamar, nos permite comprender ese proceso hermoso, casi divino, de la gestación; el por qué una mujer da a luz. El asunto es sencillo: el nacimiento germina en plena oscuridad, dentro del útero, en esa caverna húmeda y lóbrega de la cual se alumbra, tiempo después, la vida. Aunque, al nacer, Diego se hizo a la luz y, Maradona, al inframundo.

Con el crack argentino hubo algo distinto. Él fue la semilla que irrumpió de abajo hacia arriba, del sótano hasta posicionarse en la superficie como una bella flor a la que todos deseaban agarrar, pero que sus espinas impedían alcanzar. Podrán decir que soy dramático; sin embargo, las plantas carnívoras son demasiado exóticas en un mundo en exceso carnívoro. Así era Diego Maradona: diferente en medio de lo común; distinto entre los distintos.
De forma analógica, las raíces de Diego ancladas bajo tierra prefiguran sus sueños, la fuerza vital con la que afrontará la existencia; en cambio su cuerpo es más movedizo, inquieto desde niño, se ilumina y parpadea con los placeres; se deja seducir por ese mundo desconocido que ansían sus ojos, por eso que todos añoran y muy pocos pueden conseguir. Él lo hará y lo sabe. Es un iluminado en su universo de tinieblas.
En Villa Fiorito, comuna vulnerable a los conflictos sociales en Buenos Aires (Argentina), el pibe que sueña ser el astro del universo tan solo tiene pilatunas en su cabeza y trucos magistrales con la pelota en sus pies. De alguna manera, esas condiciones de habilidad deportiva y de comportamientos pícaros prefiguran al héroe, al D10S que debe optar por la malicia cuando sea necesario sin descuidar las capacidades innatas que le legó un ancestro magnánimo. Maradona, desde muy chico, presentía el abismo de su gloria: el éxito era su condena; el placer de la carne, su derrota. En el fondo, anhelaba la eternidad para huir del abandono social.
Algo extraño se produjo en el niño de la villa que le permitió comprender que el centro no estaba afuera sino dentro de él. Quizás el cosmos ya sabía que ese futbolista sería su barrilete predilecto. Algún vínculo conspiratorio hizo que lo humano se conectara con lo divino, con ese universo que muchos ven pero que casi nadie reconoce.
Solo Diego entendía lo sensible que es el mundo en la tierra; en cambio Maradona desentrañaba los secretos más recónditos del multiverso que se revelaba a sus pies cuando tocaba un balón. En su mente cabía perfectamente la sensatez hacia lo humano, pero en sus piernas habitaba la fugacidad de las estrellas, lo seducía el encanto de lo efímero: ese monstruo que nos muerde sin darnos cuenta.
Palabras más, palabras menos, si el fútbol era un pecado capital porque de manera figurada ponía el ocio al alcance de los hombres, entonces había nacido el Mesías, el redentor que nos exculparía de las penas con sus jugadas extraordinarias y con sus goles antológicos. Ante nuestros ojos resplandecía la magia pura e inmaculada del hijo de un dios benigno al que amamos tanto como a un balón. Los milagros son, en verdad, más esotéricos que reales, propios de nuestros imaginarios y de una fe herrumbrosa que nos impide ver lo que realmente es; no obstante, Maradona, el D10S, fue la excepción a la regla porque él es, aún después de muerto, el milagro.
Con este preámbulo pretendo argumentar que a veces es necesario el esfuerzo para aceptar el destino y construir la vida alrededor de esa creencia suspicaz o, por el contrario, estropear lo alcanzado porque nadie, sino uno mismo, puede destruir lo que ha forjado. Es extraño que la antesala de lo reconstruido sea la destrucción, que el paso previo a la transformación surja, precisamente, de las ruinas y de lo deformado. Por más raro que nos parezca, casi siempre es así en la vida de los héroes: agrietarse para redescubrirse.
De hecho, el destino es un camino en el que jugamos con el azar y, por ello, la existencia es una travesura azarosa. En otros términos, podríamos indicar que, así como Aquiles acepta el sendero trazado por su destino, de igual manera el astro argentino concibe el suyo: un atajo lleno de luces y de sombras, de flores y de fango, de paisajes verdes y de horizontes encapotados.

En ambos casos, el semidiós mitológico (Aquiles) y el hombre de carne y hueso que sería leyenda (Diego Maradona) son conscientes de que, al recorrer esa vía, y los riesgos que ella disponga, el triunfo llegará por los juegos truculentos de la diosa Fortuna; al mismo tiempo, reconocen que con cada paso plasmado en la tierra se mancha un poco la gloria y la eternidad, pues ninguna recompensa es posible sin el sacrificio humano que la antecede.
La inmortalidad no es el obsequio para los inmaculados; en muchas ocasiones solo se concede esta dádiva a las almas atormentadas, a los hombres que sobreviven a esa tensión perpetua del “bien” y del “mal” que se anida en medio de sus corazones. Y eso fue Diego: el “bien”, el hombre cauto, el ayudador de las causas humildes; pero eso también fue Maradona: el “mal”, el sujeto perdido en los fuegos del placer, el individuo al que la lujuria arrinconó contra las cuerdas de su propia megalomanía.
Aquiles sabe que morirá de un flechazo en su talón y, aunque intenta burlar lo predestinado, la agilidad de sus pies y la virtud de sus manos con la espada no pueden contra lo establecido. Cae en Troya y él vive para siempre en las páginas del tiempo. Su sangre es su destino; su muerte, la eternidad.
Maradona, el mago de la albiceleste, presiente que en esa saeta venenosa de la vida se encarnan simbólicamente los placeres, el desenfreno, la carne; el sujeto mundano no evita sus deseos; por el contrario, los ansía cada vez más, va por ellos y pone su corazón adrede para que sea la diana de la lujuria la que penetre en su espíritu dionisiaco. Maradona no bebe una copa, se atraganta con la botella entera. ¡Nada le importa, porque él es D10S! Juega perversamente con el hechizo de su pierna izquierda; es consciente de que él no es uno sino dos: el hombre que cae y se lacera la piel y, asimismo, es la divinidad que resucita y asciende, iluminada, al reino de los cielos.
A lo largo de la Historia, muchos estudiosos del fútbol que pertenecen a distintas áreas del saber arguyen que el dueño de la 10 es un ser dual en el que encajan, perfectamente, la luz y la oscuridad, el alba y el ocaso, la belleza y la fealdad.
Dicen, por un lado, que Diego es el humano, el sujeto que piensa, el que sufre por los demás, el tipo altruista que llora por la angustia ajena, por la tripa que satura de hambre la pobreza; a este Diego la indolencia y la barbarie hacia el otro lo conmueven, lo aquejan, le llenan el alma de grietas que no cierran, de cicatrices que no sanan. El otro que habita en el mismo cuerpo es Maradona, el hechicero del balón, el héroe que huye del pedestal a la tierra para engatusar a la plebe con sus gambetas truculentas, con sus pases de ensueño, con sus goles inmortales; es el D10S que se escapa hacia las noches bohemias y no regresa porque prefiere revolcarse entre las sábanas blancas de las camas de sus doncellas; no regresa porque es mejor el alcohol que el agua y porque prefiere el desenfreno alucinógeno a la monotonía de lo cuerdo, a la tranquilidad del sosiego. Diego es el hombre que siente; Maradona, la fiera que depreda.
Si esta hipótesis es certera, entonces al ser humano lo modeló Dios a su imagen y semejanza; lo forjó del barro, le insufló el alma por medio de un soplo divino y le concedió un tesoro incalculable: la imperfección. Tal vez, por ello, Diego era así: un sujeto que padecía todo lo que Dios no había podido sufrir: ira, melancolía, tristeza, desazón, pero también era feliz, agradable, suspicaz, malicioso, inteligente. Diego caminaba sobre la cuerda floja en la que Dios era incapaz de hacer sus malabares.
Al titán de la pelota, a Maradona, en cambio, lo tallaron a fuego lento en la mismísima fragua de Vulcano para que al forjarse, martillazo tras martillazo, se hiciera invencible; inmortal en las palabras de los mortales; eterno en las evocaciones de la memoria. A Diego lo desdibuja el olvido, la indiferencia social de sus conciudadanos; a Maradona lo posee el recuerdo, el acto vil de sus andanzas porque estas correrán de boca en boca por los siglos de los siglos. La ausencia de uno será la presencia del otro. Eso es, en definitiva, la inmortalidad: vivir para siempre en las orillas enigmáticas de la muerte.
Considero que esta dualidad puede percibirse desde que el individuo del que hablamos apenas era un chiquillo. Al infante inquieto de Villa Fiorito no lo extrañan en la escuela, nadie hace nada para retenerlo en el salón de clases y educarlo, transformarlo; le cierran la puerta en su cara; no es necesaria su asistencia; expulsan al niño y crean, a semejanza de Frankenstein, al hombre, al monstruo, a un futbolista.

Al otro lado de la puerta del instituto, en las calles de su villa, al pibe embrujado y malicioso le supuran los caprichos, las pretensiones de SER más de lo que podría ser. Es pícaro y sagaz, sí, pero solo idolatra un arma: la pecosa, la redonda. No le interesa el destello de las navajas, de las pistolas, ni la codicia de los negocios censurables.
Maradona, como un algoritmo, revienta el código; crea su propio lenguaje: una gramática que utiliza los signos del balón para comunicarse con el universo. No necesita de su lengua vernácula para hacerse entender; simplemente exige que le pasen la pelota, que se la den a él, al que sabe, al ilusionista; todos lo comprenden; es pura magia. No hay Torre de Babel que el D10S no pueda conquistar con sus gestos técnicos, con su zurda divina, con esas trazas fantásticas que hacían del estadio el más impresionante de los espectáculos. El monstruo resopla en la arena y se ancla en la retina ansiosa del espectador; nadie espera mucho tiempo para volverlo a ver. Es el mejor remedo de un vicio, ya no quieren el fútbol sin él.
Algo extraño se revolvía en las entrañas de Diego Maradona. Por un lado, la cordura, la prudencia del hombre sabio que aprende a decidir; por el otro, la necesidad del riesgo, el encanto sin igual de caminar sobre la cuerda floja y no caer; esa adrenalina que nos exige la vida y que muchos encerramos en una burbuja de metal. Para nosotros y para Diego es fundamental la piel sana, tersa, mientras que para el D10S es vital la peladura y la cicatriz, la llaga y la memoria que subyace del acto inevitable de las heridas.
Diego, para mí, seguía los designios de la existencia como si leyera y cumpliera unos mandamientos escritos con tinta de sangre sobre una roca sagrada. No imagino sus peleas internas, el desespero de querer hacerlo bien y no poder; ser incapaz ante una entidad que lo sobrepasaba, ante un míster Hyde que lo dominaba.
Por eso mismo, Maradona era como un dios antojadizo al que un no le daba la fuerza suficiente para convertirlo en un sí; el D10S, al igual que Zeus, le importaba un carajo todo y, entonces, se convertía en lluvia de oro para revolcarse con su amante; ambos hacían del día una noche empalagosa para embriagarse y ponerse de ruana los confines de la bóveda celeste. Sus gritos de lujuria tronaban en el más allá y relampagueaban en el más acá. No tenían límites porque no comprendían la finitud sino la eternidad…


