DON C.

La muerte resulta ser una meta deseada en un mundo que produce insatisfacciones y la incapacidad de coincidir con los demás. Lo terrible es que, al igual que don C., buscamos -en ocasiones y sin saberlo- formas de inmolarnos ante el fracaso de la existencia.

 

Escribe/ Christian Camilo Galeano Benjumea – Ilustra / Stella Maris

Viajar por varias horas para llegar a un pueblo cercado por cultivos de uva, interrogarse ante lo que puede traer la experiencia docente en un lugar como este, atiborrarse de ansiedad para toparse con la cara de disgusto de la realidad. Al llegar a ese colegio donde trabajé por algunos años, don C. me recibió con la molestia de quien se entera que su pedido no era lo que se esperaba.

Aunque con los días descubrí que no solo yo le causaba sinsabores, los compañeros de trabajo, los padres de familia, casi todo le fastidiaba; aún así, trabajaba todos los días con la determinación de quien sabe que su trabajo no sirve para nada, pero es el escudo que le permite soportar la vida.

Se quedaba en el  colegio hasta altas horas de la noche, cuando solo lo acompañaba a lo lejos un vigilante, mientras él revisaba formatos, hacía cartas, preparaba reuniones, organizaba horarios, cuadraba el plan de trabajo del rector, definía qué se iba hacer – porque él debía hacerlo todo-, así su cuerpo se estuviera quebrando poco a poco. El trabajo era el madero que le permitía mantenerse a flote en un mar de insatisfacciones y represiones. Pero el trabajo mismo lo consumía, era el fármaco que, por exceso, se convierte en veneno.

El colegio era su refugio, esa cueva que lo protegía de las decepciones del mundo. Se sentía cómodo yendo por los pasillos, parándose a la entrada de los salones a juzgar la forma en que se daban las clases, mandando y ordenando, según su parecer. Ese era su pequeño reino donde podía gobernar con cierta libertad.

En una ocasión, algunos estudiantes se negaron a marcarse la Santa Cruz -símbolo católico que indica el inicio de una cuaresma-. Don C. explotó, juzgó a los jóvenes como si hubieran cometido crimen. Los docentes observamos esta escena guardando un silencio cómplice. Una carta de protesta llegó a una instancia superior, obligando al rector a excusarse por los excesos de don C., pero este nunca ofreció disculpas, ni mostró arrepentimiento. Siguió, como todo buen pequeño tirano, como si nada pasara.

Le gustaba hacer sufrir a personas que consideraba indefensas, ver cómo se quebraban delante de sus ojos le daba placer; una efímera seguridad de quien se sabe derrotado y solo el acto de ejercer el poder para humillar lo puede redimir por algunos momentos. Evoco las palabras del poeta José Manuel Arango mientras pienso en don C. “Hay gentes que llegan pisando duro/ que gritan y ordenan/ que se sienten en este mundo como en su casa/ Gentes que todo lo consideran suyo/ que quiebran y arrancan / que ni siquiera agradecen el aire / Y no les duele un hueso no dudan/ ni sienten un temor van erguidos/ y hasta se tutean con la muerte/ Yo no sé francamente cómo hacen / cómo no entienden”. Quizá don C. sí entendía que el trabajo lo acercaba más a la muerte, de ahí su obsesión por permanecer allí a pesar de los achaques del cuerpo; el trabajo era la soga con la que se quedaba poco a poco sin aire. Hasta que su cuerpo colapsó.

Años dedicados a la docencia y labores administrativas se disolvían en el aire, dejando tras de sí dos discursos plagados de lugares comunes, agradecimientos, anécdotas y un par de coronas de flores a la entrada del colegio. Después arribó el silencio y luego la normalidad. Tiempo después, un docente confesó: “la vida para él era un infierno, al final pudo descansar de tanto malestar”.

La muerte resulta ser una meta deseada en un mundo que produce insatisfacciones y la incapacidad de coincidir con los demás. Lo terrible es que, al igual que don C., buscamos -en ocasiones y sin saberlo- formas de inmolarnos ante el fracaso de la existencia.

ccgaleano@utp.edu.co

Twitter: @christian1090