Su arte tiene una singularidad al desenlazar las

imágenes en su mente.

Hay una reconstrucción de rostros que proyectan su propia voz.

Paula Beltrán

 

Desnudo Febril

Desnudo Febril

Por: Andrés Felipe Yaya 

Un pincelazo de acuarelas es el mundo para Julietnys Rodríguez, una artista venezolana, que arde y nos devora. La realidad es más que realidad en sus creaciones: es una realidad creada con cosas de sus recónditos que extrae inventando colores y aplastando formas establecidas. Es una nueva realidad de lo pasado donde el tiempo fluye palpitante. Es pura música. Julietnys construye mundos de palabras con verbos chorreados de acrílicos, crea el desamparo de sus personajes con una mirada que se acerca, insomne, a los paisajes de lo vivido, a lo puramente solo, a lo inestablemente triste. Dibuja la vida con los colores que le regala la noche, desentierra lo que está en el olvido, narra lo muerto, traduce lo que  nos dice la lluvia cuando desfonda los cielos, escribe con lápices de rojo encendido el sueño de los hombres, derrite las sombras, nos despoja de la deformada apariencia de las cosas. Inventa grandes lienzos en el aire, traza seres de otros tiempos, otros mundos. Revuelca aquí y allá, saca cosas, descalabra recuerdos, crece en nosotros como un río derrotado que se venga. Sus personajes que nos traen una música cuyo eco tuerce metáforas, lenguajes, cantos, son a los lejos el espejismo de lo muerto. Cada trazo trae la insondable soledad y la soledad el insondable gesto de sentir la existencia. ¡Qué regocijo limpiar los ojos con aguadas formas de arte!

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¡Pero qué cosas traza del vacío! ¡Qué chorros de acuarelas los que se riegan por el papel, por las infinitas formas del corazón! Cada obra de Julietnys es un organismo que palpita bajo el caprichoso mar del arte, existe entre sus contemporáneos con una voz que retumba, con una voz de trueno que todo lo desfleca. Su obra me lleva a los caminos del artista Luís Scafati, a los paisajes azules de Marcia Schavartz, a los inviernos clásicos: a muchos Jan Van Eyck, a muchos Tapies, a muchos Degas, a muchos Matisse. Me dibuja las esplendorosas notas del jazz: a un saxofón rompiendo hielos, a un violonchelo empolvando las sombras de lo que pasó; a un conjunto de tambores rasgando las paredes del viento, resonando en los sótanos del mar y en mí: africanos que danzan dejándome polvo en la memoria. ¿Algo queda? Pavesas donde habitaron estrellas. Pájaros donde hubo notas musicales.

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Las pinturas de Julietnys nos hace enjuagar el corazón en las aguas del infierno. Nos sacude. Trazan el mapa de lo mitológico en la sangre. Nos ahoga en colores. Sobre nuestra geometría se construye las trampas donde, pacientes, cabizbajos, van llegando los dragones con sus bramidos a robar el sueño: el sueño de volver a nuestra inmunda realidad. No sueño volver: aquí existen criaturas que narran mis monólogos. Espero, ebrio de colores,  mis designios, mi despeñadero. ¡A quién se le ocurre escapar de un pincel que pinta la música en nuestros ojos! Ardo en el fuego de tus colores Julietnys.  

Metamorfosis (1)

Metamorfosis