CONCEPCIÓN

Cuando me mataron nadie supo el momento exacto, porque ya estaba muerta desde que empecé a hablar.

 

Por / Juan Camilo Peláez Peláez

Cuando me mataron nadie supo el momento exacto. Los ancianos aseguraban que ocurrió al caer la tarde y los más jóvenes murmuraban que fue al mediodía; ambos se equivocaron. Me asesinaron muy de mañana, después que cantara el gallo; pero no se crean, no tuvo que hacerlo tres veces, pues para negar mi existencia bastó un cacareo.

Nací en lo que mi abuela llamaba la sonrisa de la cordillera, una parábola de tierra en la que se asentaron mis ancestros y de los cuales heredé el derecho a protegerla. Y lo hice, aunque muchas veces quisieron arrebatarme ese privilegio. Y es que no nací únicamente en ese pedazo de montaña, sino en un país donde las cosas evidentes no se pueden nombrar ni los derechos reclamar. Sin embargo, no he servido para callarme nada. Mi madre solía decirme: “Concepción, trágate esa lengua”, mientras esta se alargaba como un sapo para pronunciar lo impronunciable. Muchos dicen que eso fue lo que me mató, pero yo no lo creo así.

Las flores de la vereda sufrieron la llegada del matador, pues dejaba tras de sí pétalos marchitos, como una alfombra fúnebre sobre la que después transitaría mi cuerpo muerto. Mi padre, campesino por herencia y vocación, solía adornar mi hirsuto cabello con las flores que encontraba camino a casa. Por ese entonces mi cabeza era un jardín en el que florecían ideas de igualdad y fraternidad que, como la rosa, me clavarían sus espinas hasta tintar mi frente de sangre.

En mi vereda el rocío no solo mojaba las plantas, sino que penetraba en el alma hasta hacerte llorar, tanto, que era común despertar con nuestros pómulos húmedos por las lágrimas. Sin embargo, ese día, el día de mi muerte, mis ojos estaban secos y mis pómulos fríos como la bala que contenía mi último respiro.

Cuando mi abuela falleció, recuerdo decirle a mi madre que quería morir así, con mis carnes llenas de esperanza y mi rostro alegre; ella solo sonrió y hoy comprendo lo que hizo con ese gesto: respetar la inocencia de una niña que aún no entendía nada de la vida. Pero esa mañana no había nadie que me hiciera sentir sabia ante la realidad y mis carnes estaban heridas por la tristeza, porque luchar en este país es como remar contracorriente en un río que crece y crece llevándose todo por su camino, mientras tú te aferras al madero del bote con la ilusión de que no te será arrebatado… Y no recuerdas nada, todo es negro, para después despertar con el agua dulce en tu cerebro, con las ideas revueltas y el pensamiento acabado.

El gallo cacareó y cuando me levanté de la cama la reja de mi jardín calló su presencia. No era la primera vez que sucedía. La tarde que mataron a mis padres, los perros también enmudecieron, quizás porque querían salvar sus vidas. Ese día me salvé, porque jugaba en la enramada hasta que escuché el sonido ensordecedor de dos disparos. Ahora que lo pienso, no me salvé y nunca estuve a salvo, pues desde esa calurosa tarde seguí hablando, más y más fuerte, para denunciar el asesinato de mis ancestros y el despojo de estas tierras, mientras la tercera bala que no sonó, solo aguardaba el mejor momento, sin importar que tuviera que esperar sesenta años para llegar hasta mí.

El tiempo se detuvo y la madrugada no avanzaba más. La puerta se abrió lentamente y las pisadas se confundían en el barro de mi casa. El hombre que me asesinó es una persona muy conocida, pero cuando mata su rostro adopta diferentes fisonomías para que nadie lo descubra. Sacó su arma y la bala ya estaba en mi cabeza, como el agua dulce del río, revolviéndolo todo y sacando mis pensamientos contra la pared de caña brava. Todo siguió en el mismo silencio con el que llegó; todos lo vieron partir, pero nadie lo recuerda. Cuando me mataron nadie supo el momento exacto, porque ya estaba muerta desde que empecé a hablar.