EN LOS TIEMPOS DEL ZEUX Y EL APOLO

Dentro de la gruta, el ángel me hizo el amor con instinto de animal,

con pasión de hombre y con furor de dios.

Laura Restrepo, Dulce compañía

A manera de prólogo

Querida Angélica: te remito a continuación los últimos papeles que estaban en la caja de Rubén correspondientes a la época universitaria 2007-2009. Les he dado un título que no remite necesariamente al tiempo antes del tiempo, ese en el que podríamos imaginar a Zeus y a Apolo jugando al ajedrez en el Olimpo. No. Te hablo del centro de la ciudad intermedia que era Pereira en esa entonces, en la que el centro comercial Ciudad Victoria, la plazoleta, el Lucy Tejada y el Éxito representaban un giro urbanístico sobre el enclave de la Galería y su mundo visceral.

Para esa época, Rubén se había aficionado a los cines porno que sobrevivían sobre la diez entre dieciocho y diecinueve (donde quedaba el Zeux) y, sobre la diecinueve entre diez y once (el Apolo). ¿Por qué les dieron estos nombres a esos lugares tan propicios al encuentro clandestino y libre? ¿Templos paganos donde libar a deidades menos castrantes que las del cristianismo?

Sobre su valor literario o su importancia testimonial, no me corresponde a mí el juzgar. Imagino que fue en los días en que salía con García, el pelao de Cartago que estaba estudiando en la Escuela de Policía en Manizales. Y también cuando salía con Jorge, el que había sido enfermero en algún batallón. Se me ocurre pensarlo por el hilo conductor con el cual busca definirse como sujeto político. Aquí apenas se intuye un debate sobre ciertas prácticas, cómo esos actos movilizan un tipo de conciencia. ¿Por qué sus personajes parecen milicianos? ¿Por qué están nutridos desde la militarización?

Es una suerte de relato construido a dos voces: la del cronista y la del informante. Lo transcribí por una frase escrita a lápiz en el borde de la primera página. “Kipito: Keep it: Guárdalo”. No creo que hubiese querido separar estas páginas de aquellas en las que se ocupa de la interpretación de su amado Wittgenstein.

El cronista

Me pregunto que hace aquí ese estudiante de medicina, el amigo de Ana. ¿En qué se fija? ¿En los primeros planos de coños y vergas? ¿En las sombras que se escabullen tras la pantalla gigante buscando los baños? ¿Estará haciendo trabajo de campo sobre ETS? Ojalá que no me reconozca. Qué boleta que nos veamos después, en la Universidad, con Ana. Mi hombre llega a las tres. Yo estoy media hora antes para pillarlo cuando entre. Quizá esté en el cuarto oscuro con los pantalones a la rodilla y el cipote enhiesto, listo para ordenarme: “Pórtate bien y te diré lo que quieres conocer”, con una voz grave que no admite replica. Yo me tendré que arrodillar y… ¡Carajo! ¡Ya se me puso tiesa!

El informante

El laberinto -o cuarto oscuro-, está como lo necesito: lleno. El placer entrecruza brazos y piernas. Así me confundiré en caso de que él me haya visto entrar. Los tipos están solos, en parejas, tríos y jaurías. Avanzo hasta la pared del fondo. Me quito el saco y me lo pongo en la cabeza a manera de pasamontañas, según el correo electrónico en el que quedamos, ese sería nuestro santo y seña. Caigo en cuenta que tengo al cuello la cadena que era de mi papá y la guardo en el bolsillo del jean, arrepintiéndome de no haberla dejado en casa. Cuerpos jadeantes se acercan al mío; los rechazo. Alguien se arrodilla y menea su rostro contra mi paquete. Lo pateo suavecito para que comprenda que no quiero que lo desempaque. Ojalá al pelao no le entre miedo de seguir adelante con el plan. ¡Que le entre ésta, mejor!

El cronista

Entraré. ¿Cómo lo reconoceré? ¿Seguirá en pie lo del pasamontañas? ¿Cómo sé que no es una trampa? Bueno y al dar con él, ¿qué? ¿me dirá lo que tiene para decirme ahí? ¿saldremos? ¿iremos a un motel? ¿Al hotel de enfrente? A ver, ¿qué es lo que necesito saber? Cuando le conté a Ana que necesitaba escribir sobre las infiltraciones en el paro estudiantil, ella me dijo que le preguntaría a alguien si quería hablarme. El tipo ya me había echado el ojo en la asamblea antes de que saliéramos a la marcha y me robaran el equipo, como él mismo me contó en uno de los correos que intercambiamos después.

Me citó aquí para concederme una entrevista. Me dijo que ya aquí hemos coincidido algún festivo a las seis de la tarde. ¿Será que Ana me emocionó y se estará burlando de mi ingenuidad? Dos hombres han puesto sus manos sobre mi pantalón. Les permito hurgar en el interior hasta que encuentran mi sexo despierto. Sus bocas detienen mi avance.

El informante

Está junto a mí. Siento el olor de su perfume. Se recuesta a la pared. Mis ojos ya acostumbrados a la oscuridad perciben que se cruza de brazos. En seguida suyo hay un tipo clavándose a otro. Lo empujan hacia mí. Se apoya en mi tórax para no resbalar en el suelo liso de semen y sudor. Palpa mi pecho. Aleja la mano. Vuelve a palparme, sube las manos al cuello y confirma mi cabeza encubierta.

“¿Quién es?”, pregunta. “Es Coba, Es Clavo, Es Tufa”, respondo. Me quito el saco que me tiene juagado. Mala idea la de camuflarme así. Parece sensual pero es una tontería. “¿Dónde hablamos?”, me interroga de nuevo. “Antes de…, le había dicho que el precio es alto. ¿Está listo?” “¿Usará condón, verdad?”

La crónica

Tu cuerpo será esclavo si sigue así:

¡lleva tanto tiempo subyugado!

Que al libro, al ordenador, al bus,

al celular, a la nota de un parcial.

Habrá que recordarle cómo se es autónomo,

estoy junto a ti para suscitar rebeldía.

 

Veo que las células de tu cuerpo

se necesitan renovar,

que tus poros están sedientos,

que a tus ojos les falta brillo.

Tienes adentro un acaparador

que empobrece tu juventud.

Mira, tu falo, tímido,

no se atreve…

Permíteme, con mi lengua le daré un abrazo fraternal,

como a peregrino que se espera

en casa hospitalaria.

En mi boca cicatrizaré las heridas

con que lo deja el sentirse una prótesis más.

¿Ves que fuerte se pone?

Necesitaba recuperar autoestima.

 

Beso tus huevos, juego con ellos.

Temen reventarse de risa, cuando mi lengua

juega con ellos al escondite.

¡Hacía tiempo que no se divertían como niños!

 

Suben mis labios a los tuyos para enseñarles

un léxico incendiario;

por eso me devoras la axila, el codo y el pezón.

Revoltoso recorres mi tórax

y armas cambuches con tus mordiscos en mi espalda.

Tus labios, confundidos, se prenden de mi capullo

exigiéndole el nombre del agitador.

Lo presionas tanto que suda pegajoso. Lo dejas reponerse.

Estás nervioso, algo parece salirse de tus manos.

No puedes reprimir tu cuerpo.

La cabeza no gobierna.

El poder se lo reparte tu piel en cada impulso

que se esparce desde tu espina dorsal.

¡Hasta tus tobillos se sienten partícipes en la nueva democracia!

Nos revolcamos en la cama, en el suelo.

Se cumplió la fase de adoctrinamiento.

 

Mi lengua hurga en el cañón de tus nalgas,

las murallas humedecidas ceden y dejan avanzar

hasta el tibio cráter que da cuenta de tus entrañas ardientes.

 

Mi ejército fatigado se retira.

 

Puedes someterme al gobierno que tu general planea,

estoy convencido que no me reprimirá,

que tratará con cuidado los campos

que se harán, con los suyos,

nación sin fronteras.