Rosa atravesó el remolino de borrachos. Llegaron con el pretexto de su cumpleaños. Mentira. Venían a pedir limosnas a los grandes de Baja Mar. “Prenda perdida camarada”. Comienza la nueva canción y la vieja fritaba patacones, los invitados siempre tienen hambre. Seis mujeres esperan su turno para bailar con  los anfitriones. 

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Por: Felipe Chica

Tercer día de fiesta. El callejón hecho una caja de resonancia.  Salsa brava a toda máquina.  La quinceañera simuló irse a dormir a la madrugada. Cerró la puerta, colgó el vestido de tutú rosado que le había comprado la vieja. Abrió la ventana y se fue directo a los palafitos, allá,  su novio, listo y esperando y con su regalo entre el bolsillo. Se llama Rosa,  la envidia de otras niñas. Sus hermanos coronaron. Sí, coronaron, y regresaron justo para hacer del valse la séptima vichiza.

Cargamento de coca, entregado. La lancha, en el fondo del mar. Dólares, en el bolsillo. Todo listo. La  fachada de la casa cambió de inmediato. Un niño pasa enfrente, mira los espejos azules y se dice así mismo: coronaron mi vale.  

El mayor consideró la idea de irse del barrio. Algo más elegante, de clase, pero pensándolo bien, era mejor quedarse, demostrarle a la gente que había nuevos reyes en la cuadra de los pobres.

Luego de la fachada vino la camioneta. Enorme. Blanca. Rosa atravesó el remolino de borrachos. Llegaron con el pretexto de su cumpleaños. Mentira. Venían a pedir limosnas a los grandes de Baja Mar. “Prenda perdida, camarada”. Comienza la nueva canción y la vieja fritaba patacones, los invitados siempre tienen hambre. Seis mujeres esperan su turno para bailar con  los anfitriones. La más extravagante se lanza contra uno de ellos. “Te voy a dejar que en el suelo te coman las hormigas”, sentencian los Hermanos Lebrón. El menor cierra los ojos, mueve culito en círculos, aprieta su hembra.

Siempre lo supe, lo malo de coronar es el enjambre de pobretones que llegan como moscas cuando ven asomar la camioneta. Míralos, piden viche, cerveza, plata, lo quieren todo. Uno de ellos se sobrepasa orinando la fachada, “llega y llegará, llega y llegará, llega y llegará”, canta el sarnoso y riega su líquido por todos lados, hasta que plis, plos, plas, directo a la nuca. Hubo corrinche. Las botellas volaron y ni el máximo de volumen pudo opacar el alegato del que, para ser francos, no entendí ni nada. Total, no fue grave, en minutos la fiesta siguió y los dos enfrentados se besaron  los cachetes, lloraron juntos con babaza por la boca.

Rosa llegó al palafito. Su novio la esperaba ansioso. Lo sé. Tuvo que cruzar frente a la casa de la que ayer salían los gritos, allá de donde sacaron esas bolsas ensopadas que luego  tiraron al mar. Pero qué va, nadie se metería con ella. Con mi hermana, mejor dicho, la hermana de mis hermanos. Cuando Rosa llegó, el muy sucio sacó del bolsillo su enorme regalo. Un celular de pantalla táctil con internet y música incorporada. 

Rosa volvió en la tarde, cansada, sudorosa,  oliendo a marisco, caminó entre las botellas vacía de viche y cerveza,  directo al cuarto de ventanas azules que da a la calle.  La guarida de la princesa.  La música no dejó de sonar, aunque si algo hicieron bien mis  hermanos en esta vichiza, fue poner salsa, esa que oyen los negros de acá cuando coronan.