La sevicia se enroscó alrededor del pueblo y se quedó cebada, dejándonos ceniza en los platos, hiel en las bocas, sangre en el silencio, mierda en los sueños.

 

Texto / Luis Carlos Ramírez Lascarro. Ilustraciones / Rafael Posso*

Desde que recuerdo mi padre ha sido mecánico de carros, mayoritariamente viejos. Se levanta a las 3 de la mañana desde que él es mi padre y yo soy su hija, invariablemente vestido con un overol que algún día fue azul y ahora no tiene color definido y trabaja en serio con su calva reluciendo entre pistones, balineras y el arco estridente de la soldadura compitiendo con la pulidora y el martillo.
Su primer amor fueron los tornillos y desde que recuerdo ronca como un tractor enorme al que se le están soltando todos los tornillos. La mecánica lo ha mantenido vivo a pesar de haber tenido que abandonar el pueblo después de la masacre y de que mi mamá dejó de ser su mujer cuando lo abandonó por un bueno para nada y me llevó consigo a quemarme en su mismo infierno.

Odiaba cuando padre me llamaba Topacio, como descubriendo el agua tibia: no era Grecia Colmenares ni un vulgar aceite de cocina. Era una carcajada trepidante recorriendo las calles arenosas, una gimnasta en potencia deambulando por los aires y las ramas de los mangos y lo matarratones: el sosiego y la esperanza de sus días de viudo con mujer viva.

Soy, ahora que él no está y ya no soy la de mis casi seis años, cuando mi madre dejó de serlo, un hada que a veces sufre de migraña y teje mochilas y sombreros en la blancura del horizonte, reposando el café matutino en el borde de su hamaca: el amor de un poeta de las orillas del Magdalena que en su reino de ciénagas tararea las letras de mi nombre como si orara a un dios desconocido, como si cantara un mantra, recitara un salmo o saboreara una jugosa guayaba.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Padre aprendió a repararse el alma frente al mar, en Cartagena, donde también sembraba tabaco y guardaba en un baulito las pocas cosas que me dejaron recoger cuando salimos corriendo a quién sabe dónde y hasta quién sabe cuándo.

Recogíamos tabaco cuando empezó  lo que no tiene nombre y allí permanecimos petrificados por el resplandor de los filos de los machetes y los disparos.

La sevicia se enroscó alrededor del pueblo y se quedó cebada, dejándonos ceniza en los platos, hiel en las bocas, sangre en el silencio, mierda en los sueños.

Cuando pasó todo, corrimos y caminamos y corrimos y caminamos hasta la carretera y luego al Carmen y luego a Cartagena. Nunca más volvimos al pueblo.

Padre flamea libélulas en el traspatio destartalado de la casa a donde hemos venido a parar huyendo de quién sabe quiénes, aferrados a una vida que jamás tendremos de nuevo, salpicados de odios y miedos. Pedazos de alma conservada en cloroformo desde ese instante en que sólo se escucha en El Salado el canto monótono de las moscas.

*Estas ilustraciones a lápiz son un ejercicio de memoria y sanación de Rafael Posso, víctima sobreviviente de la masacre paramilitar de Las Brisas, en San Juan Nepomuceno, Bolívar, donde fueron asesinados 12 campesinos señalados como auxiliadores de la guerrilla. El hecho ocurrió el 11 de marzo del 2000, 18 días después de la masacre de El Salado a manos del mismo grupo ilegal.