El Décimo Concurso Literario El Brasil de los sueños presentó su fallo el mes pasado. El jurado -compuesto por Juan Gustavo Cobo Borda, Carlos Castillo Cardona y Juan David Correa- le otorgó una mención de honor al presente relato del escritor Mauricio Peñaranda, seleccionado entre 410 cuentos enviados. Una narración que a partir de un hecho violento, uno de los miles que marcan la historia olvidada, sabe mostrarnos un panorama de una realidad que nos sigue acosando.

 

                             A Oriana, quien asegura que leer es mejor que ir a cine. 

 

Por: Mauricio Peñaranda

Emilia se rebeló con las guerras y las otras formas de crueldad de los seres humanos. (…) “Emilia es filósofa”, pensó el vizconde… Mariana detuvo la lectura en este punto. Oía el pregón inconfundible de la sirena que pronto se detendría ante la mole desolada del laboratorio.

-Más cadáveres -pensó.

Donde estaba parecían reproducirse más que los vivos.

Entre un arrume de huesos le sonreían cuatro calaveras con orificios de proyectil que resultaron ser una familia. Colocó los rótulos con los nombres en cada cráneo y se dispuso a detallar la foto donde aparecía el grupo completo durante una celebración: una pareja de adultos y tres niños, dos de ellos varones. La niña era la sobreviviente. En el reverso de la imagen decía: Familia Duarte Sandoval, Caño Hondo, Municipio de Arauquita.

La prueba de sangre la aportó Yazmín, la hija menor, salvada por no estar en la casa cuando se llevaron a los suyos. A Mariana le parecía verla escondida detrás de la abuela, los ojos magníficos y hostiles asomándose a uno y otro lado del cuerpo de la anciana.

-Lo del chuzoncito lo dejaremos para más tarde, si así lo deseas, Yazmín –le dijo Mariana, haciendo un guiño cómplice a la enfermera-. Por ahora te daré un bombón y leeremos un cuento.

En su morral andariego, más que enseres personales cargaba libros ilustrados.

Leerles era un lujo que podía permitirse cuando entregaba el turno y los encontraba fuera, sentados en banquitos de madera en espera del pinchazo. Diferenciaba las voces de los personajes en los diálogos y realizaba pantomimas que los hacían reír.

Timbraron y corrió a desplazar sobre los rieles la chirriante puerta metálica.

Martín y John Jairo sonreían adormilados tras las carretillas cargadas de cajas plásticas atiborradas de huesos humanos. La noche era de una negrura inescrutable. Podían distinguirla gracias a la cava iluminada del vehículo que exhalaba un aliento glacial.

-¿Regalos? –preguntó.

Acomodaron las cajas frente a las neveras en orden prioritario. El olor a cadaverina los maluqueaba. Pero en el termo les tenía café de calidad, café de Colombia, café de origen.

-Mejor que el que reparten en los velorios –aclaró sonriente mientras les entregaba los pocillos humeantes.

-¿Muchas exhumaciones?

-Uf, interminables, doc –ratificó Martín-, son el pan nuestro de cada día.

Mariana las eludía. Había logrado escabullirse temporalmente. Más que la descomposición, le asqueaba el comedimiento y la afable impunidad de los verdugos, vinculados al proceso de paz en el tema de localización de las fosas. Algunas dejaban al descubierto los estragos de las motosierras. Estudiar el terreno, manipular huesos, limpiarlos, armar las piezas dislocadas, reconstituir el esqueleto, era lo de menos. Lo duro era el sufrimiento de las madres y hermanos que terminaban resolviendo el enigma de las desapariciones al reconocer un tenis, el collar con el nombre grabado de un perro desaparecido que arrojaba una luz sobre los otros cadáveres; una camisa a cuadros, regalo de  cumpleaños, adherida a un costillar descarnado, un arete de fantasía, una zapatilla roja…

Firmó las hojas de recibido luego de confrontar los códigos de ingreso. Se apuró, pues los muchachos estaban a punto de colapsar por el olor. Los despidió y presenció la desaparición del vehículo en la noche cerrada.

Para la mañana estaba acordada la entrega de los restos a Yazmín y su abuela. Trabajó hasta el amanecer. Le habría gustado restaurar las calaveras con arcilla y pintura, devolverles la apariencia, pero sintió que el impacto emocional sería muy fuerte. Todo estaba en su punto: los certificados de defunción con la fecha tentativa de las muertes.

Sirvió más café. Pese a sentirse agotada retomó la lectura del libro de Monteiro Lobato sobre las peripecias de Emilia, la muñeca de trapo y sus amigos, desactivando la Segunda Guerra Mundial con sus recursos bondadosos. A Yazmín le fascinó. En cada pausa de la lectura interrumpía para preguntar si Emilia nunca iba a venir a Arauquita a derrotar a los malos y salvarla del miedo que sentía por la noche junto a la abuela.

Mariana no sabía cómo enfrentar el momento de la entrega.

-Debería haberme acostumbrado –se dijo, pero era inevitable imaginar el rostro de la pequeña y sentir deseos de llorar.

Se durmió pensando en la tragedia y soñó que el esqueleto de la madre, sin razón aparente, le regalaba una muñeca vestida como Emilia, pero con la cara inquisitiva de Yazmín.

El timbre taladrando el silencio la arrancó del sueño asustada.

-¡Voy, voy…!  -gritó, mientras corría al baño, se lavaba la cara y ponía en orden los detalles que podrían prestarle un rostro de emergencia.

Al abrir, estaban ahí, en efecto, Yazmín y la abuela. Frente al laboratorio ronroneaba un Jeep de carga repleto de pasajeros arracimados entre cajas de tomate, bultos de plátano y mazorca que contemplaban la escena con visible estupor.

Con la ayuda de dos voluntarios, depositaron las cajas en la parte trasera junto a la mercancía.

De inmediato se condensó un silencio que parecía sostenerse de los ojos de Yazmín.

-¿Son ellos? –preguntó, señalando las cajas.

Mariana asintió.

-Son los restos –dijo-, pero ellos son mucho más…

Ayudaron a subir a la abuela y a Yazmín. Las acomodaron sobre dos bultos sellados, una al lado de la otra.

El jeep se disponía a partir, pero Mariana rogó al conductor que esperara. Regresó al laboratorio y reapareció al instante con el libro.

-Es para ti –dijo, entregándoselo a Yazmín que se abrazó a él radiante de emoción.

Besó a la niña y permaneció inmóvil viendo cómo el viejo transporte desaparecía en la distancia entre una nube de polvo.

De vuelta al laboratorio, como para variar, alcanzó a oír el pregón inconfundible de otra sirena.