RICARDO CARACOL

Publicamos algunos capítulos de la novela Ricardo Caracol, ganadora de mención de honor en el concurso de literatura infantil Enka 1995, Premio andino y Panamá, además de recomendación editorial.

 

Por / Jorge Triviño – Ilustraciones / Stella Maris

C A P Í T U L O   X X V I I: L A   V I D A

 

El oro de la tarde de un nuevo día tiñe la aguamarina de amplios pastizales que ondean agitados por cálidos vientos, y el aire fragante inunda el cuerpo enhiesto del gitano Caracol, quien, desde la cima de un risco, otea la explanada por donde, serpentineante, desciende agua clara y límpida de un río.

El color dorado se transforma en rosa claro, y se explaya por la bóveda celeste conformando surcos radiales en su avance lento, y aparecen tintes del color de la miosotis y del vino tinto, por los flancos del arco infinito del cielo sereno.

Sentidos de paz, armonía y efluvios de solaz, calma y bienestar invaden la comarca expandiéndose por el entorno hasta los confines lejanos de la cúpula celeste.

La noche adviene con innumerable cantidad de faroles encendidos y difunde tardía y monocroma soledad.

—¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! —. Corea una colonia de sapos desde su charca.

—Los sapos tienen loas vivas en sus corazones—. Plantea Ángela Badea a Cristina Salamandra.

—Son tan puras sus almas

como capullos de rosas,

diáfanas cual cristales

de nieve y de Bacarat.

Profundas como la mar,

fuertes como la Vida

y hermosas como arrecifes

de pólipos y de corales—.

Sostiene Eugenia Mimosa, sonrojándose al hablar…

—Y a cada noche de luna

brotan como susurros

sus serenatas de amor—.

Agrega María Coliflor, con su boca pequeña y pulida y continúa cantando:

—El carretón en la orilla

del río de berenjena,

cerca al valle de Benjuí

se sonroja de alegría

al escuchar los cantares,

a la hora del levante

y del poniente del sol.

Los botones de azucenas,

y capullos de alhelíes,

las zarzamoras y yuyos

tocados por esa magia

cantan esta canción:

La vida florece do quiera

haya remansos de amor

y haya la luz de una estrella

brillando en el interior.

—Y es una rosa la Vida,

nacida en la oscuridad.

Sus pétalos en el Cosmos

son cantos en la Seidad

que desde infinitos centros,

irradian como luceros

gracia y felicidad

a todos los corazones

amantes de la verdad—.

Puntualiza Marco Aurelio Olmo, agitando sus hojas al viento, mientras una nube de águilas revolotea rauda y vertiginosa por el cerúleo mar del cielo.

C A P Í T U L O   XXVIII: D E S P E R T A R

 

“Encerrado en el corazón

de una pequeña semilla

      el germen de un árbol bello

    en profunda paz dormía”

                                                            Anónimo

 

El sol, globo de oro, asoma su cuerpo tras nevadas cumbres y se eleva irradiando y abrazando, besando y acariciando a los seres de la tierra con su cálida luz y la niebla asciende desde los llanos, hasta la cúspide de azulinas montañas.

Las gotas de rocío cual naturales espejos, reflejan la luz del mayestático astro.

Ricardo, bajo la verde cúpula del bosque, remolca su concha con lisura, entre el campo poblado de limoncillos, amapolas, choroticos y bledos.

—Ah… Ah… Ummmmmmm…

Irrumpe una semilla de Urapán despertando de su prolongado letargo.

—¡Que delicia sentir el aliento de la Vida en mi corazón!

—Ummmmmmmmmm… Ah…ummmmmmmmmm… —Dice inspirando y expeliendo aire fresco y puro.

Ricardo la observó. Era el cuerpo de una semilla que empezaba a abrir dos primordios de hojas al anchuroso espacio.

El viento al verle, sonrió.

— ¡Bienvenida! —fue el saludo cordial.

—¡Bienvenida! —barboteó el manantial

—¡Bienvenida! —pronunció el sol, aljófar de oro desde el alminar del firmamento.

—¡Bienvenida! —dijo ululante Teodoro Búho.

—¡Bienvenida! ——le secreteó Francisco Girasol, oteando el valle calecido y hermoso que se veía con claridad en el horizonte levantino.

—¡Bienvenida! —repitió la Vida desde la almendra de su corazón.

 

C A P Í T U L O   XXIX: L A S    E S T R E L L A S

 

Anochece en el bosque, y miríadas de luces emergen del seno del oscurecido espacio, como yemas de un árbol gigantesco e inmenso.

“Ha florecido el cielo” —pensó Margarita Ortiga, enaltecida al contemplar la aparición pausada de rutilantes puntos en el firmamento.

—¡Cómo titilan! Semejan corazones palpitantes —le comentó Alba a Leonardo Anturio, que se mecía con gracia y donosura.

“¡Ah! El Universo es un crisol donde Dios gesta la Vida —dijo para sí Alcira María Orquídea, escudriñando el infinito desde un balcón en un exuberante y frondoso balso—, y en cada planeta, en cada cometa, en cada estrella, se desarrolla la Vida, El Alma y la Consciencia. Solo vemos los cuerpos. Las Almas permanecen ignoradas y mudas para aquellos que no han despertado dentro de sí mismos al Amor Infinito…”

“Las estrellas —meditó Ricardo Caracol—. Todos somos estrellas, cuerpos luminosos. Todos irradiamos lo que vive en nuestro corazón. Si amamos, brota amorosa luz, si hay bondad, la bondad aflora por los poros de nuestra piel. Si hay belleza, nuestros movimientos son armónicos y bellos y nuestros pensamientos estarán plenos de encanto.    Si hay finura, nuestras acciones serán delicadas y tiernas. Sí. Todos somos estrellas y brillamos con luz propia. ¿Cómo es que vivimos a oscuras, teniendo una antorcha divina en nuestro interior?…

Debemos sacar a relucir las cosas bellas, puras y nobles que duermen en la fuente infinita de nuestro ser. Debemos despertar a nuestra hada madrina —el Alma— con la mágica voz del corazón. Debemos abrir las compuertas para que salgan nuestras ansias eternas y dejarlas fluir y volar con libertad…”

Y después el aventurero Caracol, se durmió agradecido por la existencia en la tierra.

C A P Í T U L O   XXX: E L   A R C O   I R I S

 

Ingrávidas gotas de lluvia, bullen en el aire húmedo y fresco y se dispersan, y asperjan con delicadeza las montañas, los valles y los bosques.

El sol canicular asciende desde el horizonte, como hostia de oro fúlgida, produciendo lampos y haces dorados a su alrededor e iluminando con sobriedad a los seres que habitan bajo su corona real.

Un arco de luz violeta, se insinúa apenas desde un joven riachuelo gárrulo y cantarín y se eleva hacia el cenit hasta perderse tras una verdeante arboleda. Cerca, se halla Ricardo Caracol en compañía de Eva Alejandra Garza, quien luce esplendorosa con su plumaje blanco purísimo y juntos observan cómo aparece el arco iris, color por color, con invisibles tizas y mágicos trazos.

—¿Quién es el excelso y mágico pintor? —pregunta el ave.

— ¿De dónde emergen tan esplendorosos y bellos tonos? —. Indaga el gitano.

—Nunca hemos visto el rostro del pintor. Jamás hemos visto sus manos, no hemos conocido sus pinceles, sin embargo, adivinamos que, tras las cosas bellas, existen seres bellos que imaginan, planean y ejecutan las cosas; lo que vemos proviene, sin duda alguna de lo invisible. Las causas permanecen ignoradas y desconocidas…

¿Cuál es el ser que mueve al viento? ¿Quién guía a las criaturas en busca de alimentos? ¡Ah! en cada cosa está escondido un espíritu al que no| vemos, y sin embargo, nuestra Alma sensitiva presiente, y es que lo invisible nos roza con la suavidad del agua, nos besa con la suavidad de un copo de algodón, nos traspasa como aroma de rosas y alhelíes, nos penetra como un pensamiento y nos baña como un torrente de luz.

El mundo invisible con su saeta espiritual, nos atraviesa como el sonido misterioso de un címbalo tocado por un ángel, como el susurro del viento al pasar, como el canto sublime de los pájaros y como matutina brisa…

El mundo invisible permanece secreto y ajeno a nuestros ordinarios sentidos, y sin embargo, es la causa de nuestros íntimos anhelos y desvelos.

La garza, retrasada para volver a su nido emprende el vuelo hacia el valle aún iluminado.